Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/05/05 00:00

El chelista de la resistencia

Mstislav Rostropovich, quien murió en Moscú el 27 de abril, fue uno de los grandes músicos del siglo XX y un luchador por la libertad.

El chelista de la resistencia

Cuando Rostropovich vino a Bogotá en 1975 su concierto del Auditorio León de Greiff fue suspendido porque unas bombas advirtieron lo riesgoso de su presentación: paralela con su imagen de “el más grande violonchelista del mundo” corría la de detractor de la Urss.

La defensa de su amigo el escritor disidente Alexander Solshenitzin, Nobel de Literatura 1970, le dio la vuelta al mundo en una carta abierta, censurada por Pravda, el periódico oficial del régimen soviético.

“Todos los seres humanos deben tener el derecho de pensar por sí mismos y expresar su opinión sin miedo”, escribió. Vino la retaliación: sus salidas al exterior se suspendieron y se le programó una extensa gira por teatros destartalados en Siberia.

Rostropovich obedeció pero empezó a beber vodka. Según su esposa, estaba casi alcoholizado. Entonces (1974) por intermediación del senador norteamericano Edward Kennedy, se le concedió permiso para residir dos años, junto con su familia, en el extranjero. Cuatro años más tarde, por la televisión se enteró de que “por sus actividades sistemáticas para desprestigiar el Estado soviético” le habían retirado la nacionalidad.

Su dimensión musical, aunada a la de paria, hacían de sus presentaciones algo único: el público acudía a ver al exiliado, al gran chelista y a su Stradivarius Dupport Visconti Da Madrona de 1711, el más perfecto instrumento del mundo en su género.

Rostropovich no defraudaba. Era de una calidez legendaria, se decía que era imposible estar unos minutos con él sin recibir un abrazo. Pero nunca dejó de ser un animal político: en noviembre de 1989 millones de personas siguieron por la televisión su interpretación de una Suite de Bach mientras a sus espaldas era demolido el muro de Berlín. Dos años más tarde regresó a Moscú para mostrar su apoyo a las reformas de Mijail Gorbachov, quien le restituyó la ciudadanía.Fue un hombre comprometido desde su juventud: no ajustaba 21 años cuando defendió públicamente a su amigo y maestro Dimitri Shostakovich, a quien acusaban de “formalista”.

La leyenda de Rostropovich podría quedar enredada en los aspectos glamorosos de su vida pública: amigo de reyes, magnates, artistas y jefes de Estado, recibió más de 150 condecoraciones y medio centenar de doctorados honoris causa.

Pero, para la posteridad, su legado será su enorme discografía y su sincera preocupación por ampliar el repertorio del violonchelo, por los permanentes encargos a los más grandes creadores del siglo XX: Prokoviev, Shostakovich, Britten, Bersntein, Schnitke, Khachaturiam, Piazzolla, Penderecki, Messiaen, que incorporó a su repertorio y llevó al disco.

Los suyos parecieron funerales de Estado. Murió a los 80 años el 27 de abril y al día siguiente sus restos se instalaron en la Sala Grande del Conservatorio de Moscú donde terminó sus estudios de director, chelista y pianista en el tiempo récord de tres años. Esa noche el féretro fue trasladado a la Catedral Ortodoxa de Cristo Salvador, donde sus admiradores lo visitaron durante toda la noche. El domingo, el arzobispo Alexly de Orejovo ofició la misa, y luego fue trasladado al Cementerio del Monasterio de Novodievichie donde están sus maestros y amigos Shostakovich y Prokofiev, el escritor Antón Chejov y donde cuatro días antes fue sepultado su amigo Boris Yeltsin.

Estuvieron presentes el presidente de Rusia, Vladimir Putin; la reina Sofía de España, Irene de Grecia; Bernardette Chirac, esposa del Presidente de Francia; Ilham Aliev, presidente de Azerbaiyan (donde nació en 1927 en Baku); el Alcalde de Moscú; su viuda, la gran soprano Galina Vishnevskaya; sus hijas Olga y Yelena, y, sobre todo, sus admiradores, que a la salida de la Catedral aplaudieron y gritaban “¡Bravo!” y “¡Slava!”, el diminutivo de su nombre, que en ruso también significa “¡Gloria!”.
 

 

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