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| 8/2/2014 2:00:00 PM

Wes Anderson, ¿de dónde salió?

Cuando en la pantalla todo se parece cada vez más, el mundo de fantasía de Wes Anderson marca una diferencia con su humor y estética inconfundible.

Si en la historia hay locura y varios pasajes de melancolía, si se destacan los colores brillantes, si las imágenes parecieran un cuento que se abre, si también se oye algo de pop y de rock, si los niños parecen grandes y los grandes parecen niños, no hay duda: es una película de Wes Anderson.

Cuando el cine empezaba a sentir la ausencia de grandes realizadores, como Lynch y Sodenbergh, surgió de la nada, sin levantar grandes sospechas, un hombre peculiar. Ataviado con trajes hechos a mano, de tonos grises o azules, de camisas a cuadros, de finas botas, rubio y de perfecto peinado, es un dandi. Un personaje único, como su cine.

Y aunque ya suma ocho largometrajes, el público colombiano empieza a saber de él con El gran hotel Budapest (2014), una película alabada mundialmente, que se dio el lujo de abrir este año el Festival de Berlín. En ella Anderson redondea y define como ninguna de sus obras su universo, un mundo construido con películas de bajo presupuesto que comenzó, con muy pocos espectadores, con Ladrón que roba a ladrón (1996) y que consolidó cuadro a cuadro con Rushmore (1998), Los excéntricos Tenenbaums (2001), Vida acuática (2004), Viaje a Darjeeling (2007), Fantástico Sr. Fox (2009) y Moonrise Kingdom (2012). Muchos consideran a esta su mejor trabajo y a la vez su cinta más taquillera. Porque Anderson cada vez llega a más gente y sus fans crecen alrededor del mundo.

Wesley Wales Anderson, nacido el 1 de mayo de 1969 en Houston, y filósofo de la Universidad de Texas –lugar donde conoció al actor Owen Wilson y con quien comenzó su aventura cinematográfica haciendo guiones–, ya logró, a sus 45 años, lo que muy pocos directores alcanzan. Hacer un cine reconocible, fotogramas con huella indeleble, una característica que solo pueden exhibir realizadores como Tim Burton, Woody Allen, David Fincher, David Cronenberg y Jacques Tati, entre otros.

Es tal la admiración que despierta, que incluso algunos críticos no toman distancia a la hora de desmigajar sus películas. No solo le hacen elogios sino homenajes, como la analista española Andrea Gutiérrez Bermejo, de la revista Cinemanía, quien en Twitter se llama @margotenenbaumm (en alusión el personaje que interpreta Gwyneth Paltrow en Los excéntricos Tenenbaums).

Ella, como muchos de los seguidores de Anderson, se deja persuadir por sus personajes: niños prodigio y adultos asustados, como si fueran creados por Salinger (El guardián entre el centeno). Gutiérrez explica su fascinación: “Las historias que protagonizan transitan entre lo infantil, la crueldad y el absurdo de la vida. Es como si su universo hubiese nacido roto y en cada película Wes Anderson se esforzase en reconstruirlo un poco más”.

Si bien sus películas tienen amores imposibles, madres desnaturalizadas, hermanos que se pelean y padres que

subestiman a sus hijos, ninguna, aunque lo sea, parece un drama. La forma de lograrlo, como lo señala @margotenenbaumm, se debe a su estilo cálido, colorido, sus tomas simétricas, sus zooms, sus cámaras lentas, sus tipografías amarillas, el vestuario de los personajes, el preciosismo en los detalles y sus desplazamientos de cámara.

Y a esto habría que sumarle otra seña inconfundible: Wes Anderson casi siempre trabaja con el mismo reparto. Juan Carlos González, director de la revista Kinetoscopio y crítico de Arcadia y El Tiempo, dice que es como si se tratara de una compañía teatral permanente, “y eso, sin duda, le da unidad a cada cinta suya”.

Todo este ajuste de piezas se ve en El gran hotel Budapest, una historia basada en un libro de Stefan Zweig sobre el robo de una obra de arte y la relación que nace entre un conserje y un botones en la época de entreguerras. ¿Es lo mejor de Anderson? Difícil decirlo. Para el director colombiano Andy Baiz es Los excéntricos Tenenbaums; los críticos Samuel Castro y Pedro Adrián Zuluaga se quedan con Moonrise Kingdom, y otro analista, Jaime E. Manrique, de Laboratorios Black Velvet, prefiere Rushmore o Los excéntricos Tenenbaums.

Solo Oswaldo Osorio, periodista de El Colombiano y Cinéfagos, elige a la que está en cartelera porque cree que el estilo del director llega a su máximo refinamiento, a tal punto que es difícil pensar cómo podrá superarlo. Incluso esto despierta un temor: que su siguiente cinta sea una repetición o una ruptura. Si es lo segundo, no es tan grave, porque ya lo hizo bien con El fantástico señor Fox, animada en stop-motion.

Pero así como lo adulan –ya muchos lo ponen al nivel de grandes autores del cine norteamericano contemporáneo–, hay reparos. Dicen, como Zuluaga, que a veces cae en las mismas fórmulas y que por momentos “resulta frío e intelectualizado”. Otros vaticinan que su cine difícilmente será influyente para su generación o los nuevos directores. Osorio es implacable: cree que dentro de 20 años sus cintas no parecerán esas ingeniosas y vistosas piezas de ahora, sino unos relatos algo cursis y hasta incoherentes.

Por ahora, mientras la historia decide si solo es un producto de moda, Wes Anderson sigue siendo visto con extrañeza, como el tipo que rompió el molde. Como lo define Manrique: “El hombre que apareció cuando todo se parece a todo y nada tiene sabor a algo. Su mirada es una solución para los espectadores que están agotados de tanta basura en el cine”.


‘Siempre Bill Murray’

Wes Anderson pertenece a esa generación que creció viendo al actor Bill Murray en Los cazafantasmas. En cuanto tuvo presupuesto, lo contrató para que participara en Rushmore. Y, desde entonces, ha participado en cada una de las películas del texano. La crítica considera que es perfecto para el tipo de personajes que escribe Anderson por su humor sutil y por su aspecto desaliñado y despistado. Ya es una de las relaciones artísticas más duraderas y felices del cine.
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