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| 8/20/2011 12:00:00 AM

El ciudadano Kane vive

Cumple 70 años la que ha sido llamada "la mejor película de la historia del cine". Su retrato del primer rey de los diarios sensacionalistas resulta hoy, en pleno escándalo de Rupert Murdoch, particularmente relevante.

William Randolph Hearst, el magnate de la prensa norteamericana que llegó a estar en todas partes, como Dios, pendiente de cada historia del mundo, se revuelca en su tumba cada vez que alguien dice que Ciudadano Kane es la mejor película de la historia. El clásico que deja sin palabras, la genial ópera prima de Orson Welles, cumple setenta años de poner en evidencia las posibilidades del lenguaje cinematográfico, de revelar las reglas del planeta en la era de los medios de comunicación y de probar que los multimillonarios de nuestros tiempos son una parodia de los grandes emperadores. Pero el día de su estreno en Nueva York, el jueves primero de mayo de 1941, no era más ni menos que "ese retrato cobarde e infame de William Randolph Hearst": la biografía no autorizada de un intocable.

Y como Hollywood les temía tanto a los maquiavélicos columnistas de Hearst, igual que los pueblos de antes temían a los castigos de Dios o las naciones de hoy hasta hace poco temieron a los periódicos sensacionalistas de Rupert Murdoch, muy pocos teatros se atrevieron a presentar el largometraje.

Ciudadano Kane fue aplaudida por los críticos, desde el principio, por medio de las sentencias más abrumadoras que puedan imaginarse. Bosley Crowther escribió, en The New York Times, que merecía "el título del principal film hecho en Hollywood". Otis Ferguson dejó escapar, en The New Republic, la frase "es la producción más valiente que se haya filmado desde tiempos de Griffith". John O'Hara la llamó, en Newsweek, "la mejor película que he visto". Pero gracias a las gestiones de los peores alfiles de Hearst, que se encargaron de amenazar a los exhibidores con sacarles los trapos sucios en cualquiera de los diarios de la organización, se convirtió muy pronto en un notorio fracaso de taquilla -perdió 160.000 dólares de hace setenta años- que hirió profundamente la carrera de Orson Welles cuando apenas comenzaba.

Welles, un teatrero de 24 años que se había convertido en estrella gracias a sus arriesgadas interpretaciones radiales (su adaptación de La guerra de los mundos hizo creer a miles de personas que los extraterrestres acababan de tomarse la Tierra), había conseguido lo impensable en Hollywood: un contrato por dos años para escribir, dirigir e interpretar películas para un gran estudio, la RKO, que de paso le garantizaba el control de los montajes finales. Seis meses después de firmar, sin embargo, no conseguía dar con una buena idea. Y, cuando finalmente se sentó a escribir un guion llamado John Citizen USA, se dio cuenta de que no tenía la experiencia para hacerlo. Y se enteró de que el brillante escritor Herman J. Mankiewicz, con quien había trabajado en radio, tenía tiempo de sobra porque acababa de partirse una pierna.

Fue Mankiewicz quien le sugirió a Welles robarse la vida de William Randolph Hearst para la trama de su primera película. Fue Mankiewicz, expulsado para siempre de las fiestas de Hearst por sus pésimos tragos, quien se encerró en una casa en el desierto a escribir el guion como si se tratara de una venganza despiadada.

Welles, que conocía a fondo el poder de los medios y sabía a ciencia cierta el lío en el que se estaba metiendo, juró que la película que filmaba a puerta cerrada no era más que una puesta al día del mito de Fausto. El primer ensayo para periodistas, el sábado 3 de enero de 1941, probó que los rumores eran ciertos: que el megalómano Charles Foster Kane de la película -encarnado por Welles- era una parodia brutal de William Randolph Hearst. Había gestos de Howard Hughes, de Samuel Insull y del propio Orson Welles en el personaje. Pero todo lo demás era la vida de Hearst: las mañas que lo llevaron a inventar el periodismo amarillista, la ambición desmedida, los discursos de su fallida carrera política, los días absurdos en aquella mansión repleta de antigüedades, San Simeon, que George Bernard Shaw llamó "la propiedad que habría comprado Dios de haber tenido el dinero", y el momento, entre muchos otros, en el que le grita "¡usted haga las fotografías que yo me encargo de la guerra!" a un reportero que reniega de las pocas fotos de batalla que ha conseguido.

Welles, cegado por su propia brillantez, pensó que podría salirse con la suya: que su talento sería suficiente, al final, para ganarle la partida al monstruo. Pronto, cuando los espectadores captaron con quién se había metido, cuando nadie más le creyó que su película era "ficción pura", vivió en carne propia la ira desatada de Hearst: pronto estuvo claro que su ópera prima se convertiría en un fracaso comercial que lo enterraría vivo. Hizo lo que pudo para calmar los ánimos: llegó a quitarle a Ciudadano Kane el par de minutos que podrían ofender más al magnate. Era tarde. Estaba en marcha, para ese momento, una histérica campaña de desprestigio que lo convertiría en un paria de Hollywood durante los siguientes veinticinco años: un artista imposible, un traidor, un comunista que odiaba a los Estados Unidos de América.

Los productores pioneros de Hollywood, liderados por Louis B. Meyer, en vano le ofrecieron 800.000 dólares a la RKO para quemar el negativo de Ciudadano Kane antes de su estreno: necesitaban a Hearst, patriota enfermizo en tiempos de listas negras, completamente de su lado. Los pocos exhibidores que habían decidido proyectarla empezaron a recibir amenazas. Y una noche de la accidentada semana de estreno, cuando volvía a su hotel en Los Ángeles, Welles recibió la siguiente advertencia de un policía arrepentido: "No entre a su habitación si no quiere encontrarse a una menor de edad desnuda que han puesto en su cama para tenderle una trampa". El jueves 26 de febrero de 1942, en la ceremonia de entrega de los Óscar, el largometraje fue abucheado cada vez que fue leída alguna de las nueve nominaciones que recibió a pesar de todo.

Hearst siempre lo tuvo claro: "Preferí publicar periódicos a producir películas", dijo al final de su vida, "porque la prensa sí puede arruinar a una persona".

Pero el tiempo trajo la justicia. Al principio pareció todo lo contrario: que William Randolph Hearst se saldría con la suya. Murió diez años más tarde, a los 88, sin que el mundo lo hubiera puesto en su sitio como sí puso en su lugar -hace apenas unas semanas- a su sucesor en el reino de los diarios amarillistas: ese "rey sol" australiano, Rupert Murdoch, que se ha visto obligado a dar la cara por el escándalo de las interceptaciones hechas por su diario News of the World. Una generación después, sin embargo, Ciudadano Kane recibió el reconocimiento de los críticos de la nueva ola francesa, de los cinéfilos que notaron la grandeza de sus descubrimientos, de los especialistas que comenzaron a ponerla una y otra vez en el primer lugar de las listas de "las cien películas de la historia".

Hearst le ganó el pulso a Welles, pero perdió la batalla con Ciudadano Kane. Con el paso de los documentales, las ficciones y los 'detrás de cámaras' de la película, que tienden a narrar la lucha de un joven cineasta contra un poderoso con ínfulas de monarca, quedó reducido al papel del villano de la historia: ese escalofriante multimillonario capaz de cualquier cosa. No cabe duda de que se ha hecho justicia con el paso de los años: su nombre solo ha sobrevivido al olvido porque ha quedado ligado para siempre al largometraje. Y el largometraje ha seguido siendo, setenta años más tarde, una obra maestra de Orson Welles.
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