Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/04/07 00:00

El clóset

En esta simpática comedia francesa, un paréntesis a los terribles dramas de la cartelera de hoy, un hombre finge ser homosexual para no perder su trabajo.

La primera imagen, de nuevo, nos advierte qué debemos esperar de esta divertida película francesa: el melancólico Francois Pignon, un tipo gris, ejemplo perfecto de lo que llaman "bajo perfil", no consigue aparecer -porque no alcanza a entrar en el cuadro- en la foto oficial de la fábrica de condones para la que ha trabajado durante los últimos 20 años. La verdad es que ese, el no hacer parte de nada ni de nadie, podría ser el triste resumen de su vida: su ex esposa no le pasa al teléfono, su hijo le inventa mentiras para no verlo, sus compañeros de trabajo se ríen de él a sus espaldas. Y, como si no bastara, en los próximos días también se quedará sin trabajo: se hará el recorte de personal de siempre y él, que llega todas las mañanas a la misma hora y pronuncia las mismas frases mecánicas desde hace mucho, mucho tiempo, parece ser el más prescindible de los empleados. El que no cabe en la foto.

Lo más probable es, por supuesto, que a nadie le importe su aparatoso intento de suicidio. Pero su nuevo vecino, el señor Belone, lo ve a punto de lanzarse desde el balcón de al lado y alcanza a convencerlo de que no lo haga. Le da, además, una brillante idea para no perder su empleo: si fingiera salir del clóset, si las mujeres y los hombres de la fábrica pensaran que él, Pignon, es un homosexual, echarlo a la calle no resultaría políticamente correcto. Y los principales personajes de El clóset se verían, cada uno desde su experiencia -de ex esposa, de hijo, de macho, de jefe, de compañera de trabajo-, en la penosa situación de simular cierta sofisticación y disimular lamentables instintos homofóbicos (advierto, de una vez, que hasta este punto no han pasado los hechos principales de la comedia: estas reseñas sólo cuentan lo que los guionistas llaman el primer acto del relato, aunque para quienes no hayan visto la película pueda ser difícil imaginarlo).

El autor de la sátira, el parisiense Francis Veber, que en La cena de los idiotas, Los fugitivos y Los compadres ya había narrado amistades conmovedoras entre seres opuestos, y que desde que adaptó La jaula de las locas para el cine parece tener un don para idear excelentes puntos de partida, una vez más consigue ponernos en el lugar de sus héroes y conducirnos, al lado de ellos, a una serie de terribles situaciones sin salida. Sí, es cierto que El clóset es un único chiste uno muy bueno- que se prolonga hasta el final y poco a poco pierde fuerza, pero también es verdad que para eso, para reírnos de una absurda cadena de sucesos que en últimas podrían ocurrirle a cualquiera de nosotros, hemos ido a ver sus anteriores películas. Si no se esperan obras maestras ni miradas cínicas al mundo de los hombres comunes y corrientes, y si se quiere hacer un paréntesis a las brillantes pero terribles producciones de la cartelera de estos días, El clóset es una gran alternativa.

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