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| 9/26/1988 12:00:00 AM

EL COCO DE LA COCA

Narcotráfico, mucha acción y mucho humor, han hecho de "Cocodrilo Dundee II" la cinta más taquillera del año.

Las preguntas que todos se hacen, observando las peripecias de este hombre rubio, sonriente y fornido, siempre armado con una navaja descomunal son estas: ¿Por qué una historia que es simple y hasta ingenua, que apela a la ignorancia de un campesino australiano que termina por no entender los misterios de Nueva York, se ha convertido en la más taquillera del año en Estados Unidos y Canadá? ¿Cómo es posible que una película protagonizada por un personaje tonto, a quien todos quieren engañar, que mira el mundo desde la perspectiva ancha que el desierto le ha proporcionado, logre ganarle a otras mejor elaboradas, con mejor guión y con estrellas más conocidas? ¿Cómo ha podido pasar ampliamente la barrera de los 100 millones de dólares a las pocas semanas de exhibición y convertirse en la ganadora absoluta de la competencia más difícil de todas, las exhibiciones durante el verano, cuando la gente supuestamente, en esos países, se marcha a la playa y da la espalda al cine? El mismo protagonista de esta aventura, "Cocodrilo Dundee II", tiene una explicación: "Es que la gente, la gente común y corriente que sufre con la suegra y los impuestos, la que ahorra para irse de vacaciones a la montaña y el mar, se siente sublimada con este personaje porque no es un héroe dentro de los términos tradicionales. No es un bravucón y sólo pelea cuando lo buscan, tiene un concepto muy simplista de la vida, no se afana. Todavía es humano, no ha sido contaminado por la violencia y la corrupción de la supuesta civilización. En fin, tiene una enorme capacidad de ternura, y aun así es capaz de ruborizarse cuando lo sorprenden".
Paul Hogan, un actor de comerciales de televisión y series de acción en Australia, a quien los colombianos vieron hace poco en la miniserie "Anzacs", saltó a la fama con la primera "Cocodrilo Dundee", que tomó por sorpresa a millones de espectadores en todo el mundo. Es que hasta ese momento, el cine australiano iba de un extremo al otro, de la violencia desaforada de George Miller y sus Mad Max, a las películas intimistas y clásicas de Bruce Beresford. Pero, este hombre que se dejaba sonsacar de su retiro salvaje en Australia (el personaje ha sido calcado de un modelo real, que existe, que se rie porque sus aventuras son más espectaculares que las de su imitador) por una reportera que quiere escribir su historia en periódicos norteamericanos y se lo lleva de la mano a Nueva York (con aquella famosa escena de la bañera, cuando él se moja y se enjabona con el sombrero, las botas y el puro puestos), se enfrenta a ese infierno que no se parece en nada al desierto y las plantaciones llenas de canguros. Ese personaje se robó el corazón, primero de los norteamericanos y después del mundo entero, cautivado por el tono de ingenuidad, inocencia, pureza absoluta, carencia de maldad y sobre todo, la sensación de estar asistiendo al nacimiento de un héroe que no era perverso como Rambo ni destructor como Mad Max -ni siquiera valiente como los demás personajes interpretados por Eastwood, Bronson y McQueen. Cocodrilo sólo se parecia a él mismo y el actor Paul Hogan, coautor del guión, quien puso su propia personalidad en un arquetipo que fácilmente puede prolongarse a cinco o seis películas más, pero Hogan ya está cansado. Dijo que no quiere seguir con Cocodrilo y que su próxima aparición en el cine será con algo opuesto, que nada tenga que ver con estas aventuras.
Lo que nadie podía anticipar es que el triunfo arrollador de la primera "Cocodrilo" se repitiera estruendosamente con la segunda, cuyo guión es más débil y las situaciones repetitivas, pero logra conservar el espíritu del personaje quien, en esta ocasión tiene que enfrentarse a quienes desde hace varios años se han convertido en los enemigos más peligrosos del héroe tradicional en el cine, los narcotraficantes colombianos. Le secuestran la amiga porque, presuntamente, tiene un rollo de fotos tomadas en plena selva colombiana a un grupo de mafiosos y éstos, vengativos y sudorosos, no saben que están despertando la ira de un hombre pacífico que protagoniza, entre otras cosas, escenas divertidas, una pelea en el metro, con dos japoneses como testigos. Otro momento muy divertido se produce cuando el salvaje australiano se topa con un entusiasta suicida; cómo resuelve esa situación, a su manera, sirve para conocer mejor el personaje alocado. Quizás después de mirar la película, algunos puedan comprender mejor por qué es la más taquillera de los últimos meses.








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