Martes, 24 de enero de 2017

| 2006/05/20 00:00

El Código Da Vinci

Ron Howard ha hecho la película menos tonta que se podía hacer con la célebre novela de Dan Brown.

El profesor Robert Langdon (Tom Hanks) y la criptóloga Sophie Neveu (Audrey Tautou) están a punto de conocer un secreto “que podría estremecer los cimientos de la humanidad”

Título original: The Da Vinci Code.
Año de producción: 2006.
Dirección: Ron Howard.
Actores: Tom Hanks, Audrey Tautou, Ian McKellen, Paul Bettany, Jean Reno, Alfred Molina, Jürgen Prochnow.

Dejen afuera los prejuicios. Olvídense de los silbidos de los críticos en el arrogante Festival de Cannes. No les hagan caso a las torpes campañas orquestadas por ciertos energúmenos asociados a la Iglesia Católica (por Dios: es sólo una ficción) que aún no se dan cuenta de que sus quejas siguen siendo la mejor estrategia comercial que se consigue en el mercado. Díganse: "voy a ver la traducción al cine de un libro que no por nada ha vendido más de 60 millones de copias en el mundo". Y prepárense para disfrutar de una absorbente producción de aventuras (no esperen más: esas son las reglas del juego) que no sólo conseguirá sacarlos de la rutina igual que un best seller que no se puede soltar hasta llegar a la última palabra, sino que, en medio de sus acertijos pomposos, sus diálogos de radionovela y su cursilería a propósito, los invitará a jugar a un mundo probable en el que "la más grande conspiración en la historia de la humanidad" fue ideada por un cristianismo malévolo para doblegar a las mujeres.

Aprendimos en el colegio que Cristo murió sin haber cedido a la tentación de la carne, que María Magdalena fue una prostituta apedreada por poco y que el Santo Grial guardó en la última cena la divinidad de aquel hombre que dio la vida por nosotros. Pero de la mano de los fascinantes protagonistas de la versión cinematográfica de El Código Da Vinci, de la mano de las investigaciones del claustrofóbico profesor Robert Langdon, la desconcertada criptóloga Sophie Neveu, el obstinado inspector Bezu Fache, el encantador catedrático Leigh Teabing y el escalofriante monje Silas, estaremos a punto de creer que fuimos vilmente engañados cuando niños. Nos enteraremos, en los pasillos del Museo del Louvre, en la tumba de Isaac Newton, en las obras inagotables de Leonardo da Vinci, de un secreto "que podría estremecer los cimientos de la humanidad". Y por un momento (sólo por un momento) querremos que nos devuelvan todos los padrenuestros que hemos rezado para enmendar pecados que no existen.

¿Por qué la tramposa novela de Dan Brown ha conquistado tantos lectores del planeta? Porque, aparte de construir una trama envolvente que no nos deja en paz hasta ser recorrida del todo, aparte de manipular con gracia una serie de personajes, eventos y lugares históricos, consigue hacernos relevantes los mitos de siempre (el del héroe, el del salvador) sin temerles a los lugares comunes. ¿Por qué esta fiel adaptación divertirá a los espectadores que no se la tomen tan a pecho? Porque, aparte de aprovechar bien el elenco, los escenarios y los efectos visuales con que cuenta, aparte de preservar la sensación de placer culposo que produce el libro (resulta maravilloso que sea Forrest Gump quien le revele a Amélie el gran enigma), nos invita a reconocer que hemos vivido siempre a punta de ficciones: que lance la primera piedra el que no quiera aceptarlo.

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