Viernes, 20 de enero de 2017

| 2000/09/11 00:00

El color ante todo

La obra de Delcy Morelos no necesita escudarse en ningún discurso . Su valor, ante todo, es estético.

El color ante todo

Llega tarde a la cita, se disculpa, “¿una foto?”. No lo duda, Morelos se quita los zapatos, busca un butaco y se acomoda junto a la última gama de color de una de sus pinturas, pega la mejilla al acrílico y dice con algo de orgullo: “Este es el tono exacto de mi piel”. La base oscura, la última exposición de Delcy Morelos en la Galería Carlos Alberto González, en el centro de Bogotá, gira alrededor de ese tema: el color y la discriminación, las peleas y el racismo, el mestizaje, una pirámide social basada en los tonos de piel. En fin. Morelos maneja un discurso sorprendentemente maduro. Sorprendentemente simple. No recurre a citas ajenas y eso ya es un alivio.

En los últimos años, uno de los grandes problemas del arte contemporáneo es la división de bandos: no de buenos ni de malos, sino una especie de clasificación intermedia: decorativos y charlatanes. Los primeros se conforman con desarrollar cierta habilidad técnica, ciertos trucos visuales que les dan una marca particular y con eso sobreviven eternamente: son especialistas en decorar casas y apartamentos de clase media alta. Los charlatanes, en cambio, son torpes. No distinguen entre el acrílico y el óleo. Son expertos en el video arte y a duras penas saben dónde está el botón de la pausa en una cámara de videos casera. Son un desastre, un fracaso, sin embargo su discurso suele amparar todos sus mamarrachos. Citan a Vattimo, a Bartes y a Lyotard, y hablan de la posmodernidad y los problemas del hombre contemporáneo. Insisten en que su obra es incomprendida porque el público —siempre tan ignorante, tan poco ‘intuitivo’, tan poco ‘sutil’— todavía no ha estrenado el cerebro. Basura. La obra de Delcy Morelos prueba que ninguno de los extremos es saludable. Su obra siempre tiene algo que decir. Sus pinturas de mediados de los 90 manejaban un discurso alrededor de la violencia que era totalmente efectivo, pero su base, como ahora, no se sustentaba en una teoría sociológica sino en el color. Morelos dejaba en sus obras explosiones de rojo. No se necesitaba ser un genio para intuir la sangre, pero tampoco se necesitaba ser un erudito en asuntos artísticos para complacer el ojo con sus pinturas. Para complacerlo varias veces. Porque Morelos se repite. Repite la misma obra seis o siete veces. Las repite por placer.

Las repite para sorprenderse con pequeñas sutilezas. Las repite para demostrarse que ya domina la técnica y que puede repetirlas con los ojos cerrados. Las repite como un monje budista que repite su ommmm varias veces sin tener muy en cuenta el sentido de la oración. Pero también las repite para crear un ambiente. A primera vista el encuentro del color de estas pinturas con el piso y las puertas de madera de la galería son un encuentro afortunado. Una casualidad. Pero nada de eso. Morelos insiste en la importancia del lugar en que se desenvuelve su obra. El tamaño de las pinturas es el mismo de las puertas de la galería. Algunos tonos cafés, que corresponden al color de piel de un mestizo, también corresponden al de la madera del piso. Suena y se ve bien, pero ¿afuera de la galería? Hay que echarle una mirada solitaria a cada pintura, una mirada que no tenga que ver con el color de la piel o con el juego cromático del lugar y lo que hay es una buena pintura. Pinturas que crean la sensación de volumen, esos cubos, esos hexaedros, o como se llamen, tienen una presencia material impresionante. Y tienen peso.

Por otro lado, el manejo de color de Morelos merece un aplauso. Con un solo color da más riqueza visual que con toda la gama del arco iris. Y lo hace, además, con un color poco llamativo. Corre todos los riesgos. Con el rojo de sus series anteriores no había mucho problema. El efecto estaba casi asegurado. En cambio con este, el café, ¡a quién se le ocurre! Por suerte se le ocurrió a ella y funciona. Y funciona bien. Funciona tanto que se puede afirmar, sin miedo, que Morelos no es una charlatana ni una decoradora, o es ambas cosas: el Guernica ‘adorna’ de maravilla el Reina Sofía y, por si fuera poco, se convirtió en un símbolo de la infamia. Morelos, por supuesto, todavía no alcanza, y a lo mejor nunca alcanza ese nivel destinado sólo a los genios, pero vamos, hace sus mejores esfuerzos. Y eso hay que apreciarlo.

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