Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1988/04/18 00:00

EL COLOR DE LA TIERRA

La reciente producción de María Teresa Vieco, un viaje hacia lo precolombino.

EL COLOR DE LA TIERRA

De las "Selvas" de 1986 a las "Tierras" de 1988 hay una continuidad, pero sobre todo una ruptura en la pintura de María Teresa Vieco. Continuidad de figuras, aves, animales, en una visión de caos cósmico en la atmósfera. Ruptura en el mundo violento, salvaje, arcaico, alcanzado con fuertes pinceladas y colores rotundos, que se ha transfigurado ahora en un mundo en donde cierto orden convocado, viene a apaciguar la atmósfera, parcelando las dimensiones del cuadro. Y aunque también es un mundo arcaico, éste parece tener una más fuerte justificación temática en las referencias rituales del viaje hacia la oscuridad presente en las culturas precolombinas. De tal manera, el espacio recorrido por el cuadro es un tiempo representado. Sincretismo de las culturas, espacios que se cortan, líneas que cumplen una función mitológica y otra estética: sus colores definen la vehemencia de su contenido. Allí hay una multitud de observaciones dispersas, sobre el lienzo observaciones acerca de la pre-historia y la historia individual y general; obsesiones petrificadas, hombres momificados, que con colores terrosos se metamorfosean en el paisaje de una edad geológica. Algunos personajes deambulan por el lienzo como en un largo desfile que le presta transitoriedad a su presencia y, de pronto, un trazo rompe la posible narratividad de la composición. Es un signo, una marca de otro posible narrativo en que su pintura puede inscribirse. Juego apasionante de dos planos, no siempre presente entre la pura representación simbólica o no, y el hecho de representarla. Es el hecho pictórico, allí presente.
No hay duda que una enorme carga de subjetividad es lo que da soporte al tratamiento de la pintura de María Teresa Vieco. Pero es un subjetivismo de las grandes dimensiones y no la mirada puntual sobre un objeto, y estas dimensiones están representadas por vastas zonas que se usurpan mutuamente delimitando forzosamente, primero sus espacios y luego las fuerzas primigenias que conviven en el espacio del cuadro. Eros y Tanatos, civilización y barbarie, el fuego y la noche, los colores se van componiendo los unos con los otros, desplazándose, redefiniendo, personificando y despersonificando, como la naturaleza en sus infinitas combinaciones. Permutabilidad y cambio, pero también quietud terrestre. Lo anónimo del mundo hace allí su balance, en la violenta ebriedad de los colores. Esta serie de cuadros que conforman sus "Tierras" muestra a una artista que ha alcanzado la madurez y que, aclarando sus conceptos, ha entrado a ejercer con pleno dominio las determinaciones de su estética. De la postura "expresionista" de ayer, que corría el riesgo de naufragar en la materia incontrolada, María Teresa Vieco ha pasado a configurar una pintura muy personal, algo esotérica y terriblemente exhuberante en su vitalidad, más allá de lo puramente gestual que antes la definía.



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