Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/07/02 00:00

El color del paraíso

Majid Majidi ha filmado la historia de un niño ciego y de un padre que lo odia.

El color del paraíso

Director: Majid Majidi
Protagonistas: Mohines Ramezani, Hossein Mahjub, Salime Feizi, Elham Sharim, Farahnaz Safari, Mohammad Rahmaney

En la primera escena está contenida toda la película: Mohammad, un niño ciego tocado por Dios, espera a que su padre lo recoja en la puerta de entrada del colegio. Van a comenzar las vacaciones y los demás estudiantes ya se han ido a sus casas. Y él, solo en una banca, rodeado por los asombrosos sonidos de un pequeño bosque, comienza a sospechar toda la verdad: su papá no quiere verlo, no quiere oír hablar de él, le reclama a quien le corresponda —al injusto dios que sea— el haber tenido que soportar, en una sola vida, la muerte de una esposa y la ceguera de uno de sus hijos.

Cuando finalmente aparece el padre, un tipo amargado y egocéntrico, le ruega al director del colegio que se quede con su hijo pero el profesor, que es un hombre sensato, le recuerda de qué se trata la paternidad y lo obliga a llevarse al niño de vuelta. En la casa, una finca a unas horas de Teherán, Mohammad será recibido como un héroe, en medio de los campos de trigo y los árboles gigantes, por su abuela y por sus dos hermanas. Ellas sí lo quieren y admiran su nobleza, su generosidad y su amor por la naturaleza, y sí sonríen con afecto cuando son testigos de su necesidad de conocer, a pesar de su ceguera, los más pequeños fenómenos del mundo.

El color del paraíso está dedicada “a la gloria de Dios”. Y así, con esa dedicatoria en la cabeza, deben ser enfrentados sus delicados encuadres, su maravillada atención a los detalles del paisaje, su fascinación con los gestos de sus personajes y su valiente descripción del terrible drama de una familia a punto de destruirse. No es otro melodrama chantajista sino una parábola iraní sobre la forma como Dios interviene en la vida, o, mejor, sobre el momento cuando se descubre que Dios es el mundo, todo, y se comprende que cada hijo debe darle la vida a su propio padre. No es, quizás, una película para cínicos: hay que ser compasivo para viajar con Mohammad en el caballo, para entender la mirada del papá y aceptar el gesto final de la abuela.

Majid Majidi, el director de Los niños del cielo, tiende a filmar películas religiosas: creamos o no en dioses o en demonios, sus relatos son simples y bienintencionados y tratan de ponernos en contacto, como a Mohammad, con todo eso que no vemos, con cosas como, por ejemplo, el color del paraíso. Por supuesto que no son sermones o propagandas disfrazados de historias. Son obras honestas que, gracias a una narración puramente cinematográfica, logran convertirnos, por lo menos por un momento, mientras llega al final del relato, en seres profundamente religiosos. Es cierto que cuando termina El color del paraíso la realidad vuelve a parecernos infernal y notamos que algunas escenas se pasan de bondadosas, pero también es verdad que descubrimos que no será fácil deshacerse de las imágenes de la playa, del río y de los bosques.

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