Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/04/09 00:00

El contrabajo

“Tan sencillo como que es el mejor contrabajista vivo del mundo”, dicen de Edgar Meyer a raíz de su grabación con ‘Suites’ de Bach.

El contrabajo

Como si se tratara de la lucha entre Montescos y Capuletos la pugna entre la familia de las violas y la de los violines fue una guerra a muerte. Ya muy entrado el siglo XVIII, la de las violas fue desterrada y la de los violines no solo se quedó sino que se convirtió en el corazón de la orquesta moderna.

Cuando aparecieron los violines se los hizo de lado y se los confinó a acompañar las fiestas populares, por su volumen alto, directo y penetrante, que fue después su gran capital. Los miembros más distinguidos de los violines son, naturalmente, el violín, la viola, el violonchelo y el contrabajo; pero no los únicos, porque están la pochette (el violín pequeñísimo que usaban los maestros de baile en Francia), el violino piccolo (prácticamente el mismo que usan los niños para aprender), la viola da spalla y otros tres o cuatro parientes cercanos.

Curiosamente de ellos sólo uno tiene un importante parentesco con las violas: el contrabajo. Que por lo mismo fue el que más demoró para entrar en la orquesta. Eso es evidente en la forma alargada de la parte superior de su cuerpo, en la manera como los contrabajistas toman el arco en la mano, y sobre todo por la misteriosa dulzura de su sonido, que recuerda a las violas. Hay poquísima música para contrabajo, y se entiende, pues hay poquísimos contrabajistas con la categoría como para poder abandonar las huestes de la orquesta.

El norteamericano Edgar Meyer no sólo es uno de ellos sino que la crítica internacional lo considera sencillamente como el primero del mundo. Compositor respetadísimo, ha resuelto interpretar en su instrumento tres de las magistrales seis Suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach, la Nº1 en sol mayor, Nº2 en re menor y la Nº5 en do menor. “La música que Bach creaba trasciende la particularidad de un instrumento”, y argumenta cómo convirtió su Concierto Nº2 para violín en mi mayor en el Nº3 para clavecín en re mayor.

El resultado es este disco de la Sony Classical, que bien vale la pena escudriñar desde varios puntos de vista. El primero tiene que ver, en cierta medida, con lo anecdótico, pues hijo de contrabajista, Edgar Meyer tuvo contacto con estas Suites desde los 5 años cuando inició sus estudios en Nashville con su padre. Por otro lado vale pensar en su legendaria dificultad técnica: “En el violonchelo esta música cabe bajo la mano, pero eso no ocurre con el contrabajo por su tamaño... la mano sencillamente no alcanza a abarcar las notas”, por eso se vio forzado a cambiar la digitación y buscar la misma nota en otra cuerda del instrumento.

El tercero tiene que ver con lo que es importante, la música. Más allá de las anécdotas está el deslumbrante resultado. Efectivamente, se trata de un trabajo asombroso. Las dificultades del contrabajo parecen no generar ninguna limitación y recorre las suites más que con solvencia con increíble facilidad y perfecta limpieza e impecable estilo. Resulta asombroso que las fuertes cuerdas del instrumento, un Johan Baptiste Gabrielli de 1769, se dobleguen con tanta ligereza y elegancia, aun en los pasajes de más intrincado virtuosismo. La nota reveladora tiene que ver con el sonido porque el timbre y color más oscuro y vibrante del contrabajo bañan de una nueva dimensión en términos de calidez a estas obras, que por instantes hasta alcanzan la solemnidad sonora del órgano, que era el instrumento favorito de Bach.

Naturalmente en el fondo del asunto está su convencimiento íntimo cuando asegura “La música de Bach es absolutamente central en lo que yo soy”. Y el instrumento, claro, en una nueva dimensión, más allá de la inefable personalidad que le atribuyó Patrick Suskind cuando lo hizo protagonizar su exitosa novela: El contrabajo.

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