Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2000/07/31 00:00

El corazón de la sangre

‘Políptico sobre piel y madera’, inspirada en la obra de Luis Caballero, logra sumegirse en la figura del pintor desafiante. Por Gilberto Bello.

El corazón de la sangre

Luis Caballero, peso pesado de la pintura colombiana, reunió en su obra los secretos de una sensibilidad instintiva y emocional tan personal y tan brutal que estremece. Nadie sabe si un artista es el encargado de gol-pear las malformaciones del ser o un ser que comunica la oscuridad, la belleza y la contradicción de su vida.

El caso de Luis Caballero es el de un artista descomunal que con todas sus fuerzas dibujó —maestro en este difícil oficio— la plasticidad de los cuerpos entregados a la satisfacción y al dolor. Fuerza poética que resume muchas historias de la pintura, influencias y una técnica que se mueve entre el misticismo, la desolación, el placer y la significación de todo lo oculto de nuestra armadura hecha de carne y deseo.

Humberto Canessa, artista de la danza, se enfrentó al movimiento del plano para crear un homenaje a Luis Caballero. De su reflexión brotó Políptico sobre piel y madera, síntesis apretada de un pintor engendrado en los infiernos de sus virtudes y un talento capaz de interpelar el color y la narrativa pictórica sin detenerse, no había para qué, en los esquematismos académicos: la vida era vivir y experimentar lo vivido en la existencia y frente al lienzo.

Canessa, acompañado de cinco bailarines entregados a su oficio, y en ello superan sus propias limitaciones, crea un cuadro en 14 miradas que abarca el universo interior de un creador que hizo arte de sus instintos y tocó la esencia del cuerpo hasta increpar el éxtasis, la violencia, el repudio y la muerte.

Canessa capta el espíritu del pintor mas no su complejidad. Sin embargo atisba la hondura que esconden los cuerpos sepias y recios del pintor. Sale al encuentro de los significados y pone a prueba sobre el escenario un experimento que produce efectos inmediatos en el público. También busca la expresión en la fuerza de los contactos, en la violencia de los encuentros, en los balbuceos de los instantes en los que la carne se estremece sin control. Es la ceremonia de la mística que esconde todo buscador de límites y la violencia de las acciones que al despojarse de los convencionalismos alcanza el territorio interior de lo imposible humano.

Canessa y su grupo logran sumergirse en las aguas de un pintor desafiante, irónico y equipado con la moral de los que no engañan la vida para habitar en la frialdad de sus esperanzas. El director de la obra trabaja sobre sensaciones, trazos agresivos que constituyen la aspiración magistral de un homenaje en el que la definición no es la mecánica de los elementos sino la particularidad de las búsquedas y de las expresiones.

Al fin y al cabo hay artistas que se juntan en las sombras de las pesadillas de la realidad para conversar con la agresividad propia de los que tienen ideas personales y no copias al carbón de opiniones generalizadas por la impotencia. Piel y madera puede ser conversación estética, caleidoscopios sincopados de retornos y gestos en los que el cuerpo es principio y fin de “las tensiones dramáticas del ser humano”.

De esta manera la danza no imita la pintura aunque la conversación, corta y explícita, flota sobre el escenario enarbolando la bandera del eros, la violencia y la entrega en un rictus de danza delirante. Dolor y deseo brutal que cruza por el amplio mundo de la sangre, los músculos, los nervios y las contradicciones peculiares que algunos artistas logran penetrar en sus estados más viscerales, transgresores y agónicos.

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