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| 6/1/1998 12:00:00 AM

EL CUARTO PODER

Un cuestionamiento moralista sobre la fuerza de los medios de comunicación y su incidencia en la sociedad.

Los medios de comunicación, excepción hecha de la película sobre el caso Nixon Todos los hombres del presidente, suelen quedar muy maltrechos a la luz del cinematógrafo. Carroñeros, inescrupulosos, insensibles, ambiciosos, sensacionalistas, la visión que se acostumbra tener de los periodistas en la pantalla grande es casi siempre inmisericorde.
El director Costa Gavras no ha escapado a esta especie de estigmatización por el oficio y en su más reciente película, El cuarto poder, se ha ido lanza en ristre contra los comunicadores.
Sin piedad alguna con la profesión, Gavras narra la historia de un fracasado periodista de televisión (Dustin Hoffman) que intenta, desde una pequeña estación local, aprovechar un caso fortuito para relanzar su carrera. Luego de su despido, un celador de un pequeño museo (John Travolta) termina amenazando con una escopeta a la directora para que le otorgue cinco minutos de atención, incidente que es manipulado por el periodista _quien por accidente se encuentra presente_ para inventar un secuestro, con el consecuente despliegue sensacionalista de la noticia.
La ingenuidad del celador, que nunca quiso secuestrar a nadie, es utilizada por el periodista para armar la nota con la que espera recuperar la fama. Y, por supuesto, los diferentes medios se encargarán de provocar un drama en el interior del museo _que, a propósito, está colmado de niños_ y el escándalo correspondiente en la pantalla chica.
A pesar del interés que suscita en el espectador, la cinta va cayendo en cierta modorra en la medida en que transcurren los minutos. Sin embargo, lo que en realidad debilita su planteamiento es ese implacable afán por juzgar y condenar a una profesión en la que, según la visión del director, nadie se salva.
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