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| 12/7/2002 12:00:00 AM

El cubano universal

Este 8 de diciembre se conmemora el centenario del nacimiento del pintor cubano Wilfredo Lam, considerado uno de los grandes artistas latinoamericanos del siglo XX.

Wilfredo Lam podría ser recordado como un gran surrealista. Pero fue mucho más que eso. Tan pronto conoció en París a Andre Breton, a Picasso y a otros intelectuales fue aceptado como nuevo miembro del grupo. En ese entonces, finales de los años 30, su obra ya daba mucho de qué hablar en el Viejo Continente. Sin embargo lo mejor estaba por venir y por eso a Lam no sólo vale la pena recordarlo como a un surrealista. Fue en el momento en que regresó a Cuba, en 1942, después de 18 años de ausencia, cuando se encontró con el principal interés que marcaría su obra: la cultura afrocubana. Mejor dicho, en el momento en que Lam se reencontró con ese mundo que había vivido en su infancia pero al que también había visto representado en algunos museos de Europa, como en el del Hombre de París, obviamente bajo la óptica de los europeos. Allí Lam ya se había interesado por mirar cuidadosamente las tradiciones africanas, sus costumbres y su ritos pero sólo cuando llegó a Cuba se distanció de esa mirada e impuso un punto de vista desde este lado, lejos de la percepción europea, una visión propia de la cultura africana del Caribe.

La conjunción de todo lo que había absorbido de Europa con la cultura antillana fue lo que dio origen a un legado artístico invaluable. Por eso Lam fue más que un surrealista. El apropió técnicas del movimiento pero fue más allá sin revolucionar la forma pero sí el sentido del arte. Su amistad con el poeta Michel Leiris en Francia, más tarde con el también poeta Aimé Césaire en Martinica, y con la folclorista afrocubana Lydia Cabrera y el escritor Alejo Carpentier en Cuba sería determinante para estudiar a fondo esta cultura. Como también lo fue el viaje que hizo a Haiti en 1945 al lado de André Breton.

Su pintura La jungla (1943), que hoy reposa en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, instaló en el arte, de repente -y de allí el escándalo que produjo-, las manifestaciones de la naturaleza, los ritos africanos del Caribe dándole una fuerza que, probablemente, Lam no había percibido en Europa. La santería, el vudú, los símbolos, los temas sociales de la cultura negra, las figuras que gravitan y que generan confusión, las caras largas, las máscaras, son elementos que caracterizaron su obra.

Después de los años 50 su trabajo lentamente fue dando paso a figuras más aplanadas. Siempre buscó un lenguaje propio de sus raíces. También realizó esculturas en bronce, cerámica, grabado y murales como el que llevó a cabo en el palacio presidencial de La Habana en 1966. Sí, Lam no fue un surrealista más y por eso durante este año la Unesco, el Centro Georges Pompidou y, por supuesto, el mismo Centro Wilfredo Lam de La Habana, entre otras instituciones, han celebrado el centenario de su nacimiento, que se conmemora exactamente este 8 de diciembre. Hace 100 años nació en Saguay La Grande y murió en París hace 20, apenas un motivo para recordar lo grande que fue.
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