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| 7/12/2009 12:00:00 AM

El culebrón de los Marx

Melodrama, incesto, e hijo bastardo: en clave de melodrama esta novela cuenta la vida de la hija menor de Carlos Marx.

Ibsen Martínez
El señor Marx no está en casa
Norma, 2009
269 páginas

A todas las novelas históricas -a unas más que otras- se les ve el fingimiento de época, el estuco. Por eso prefiero las que, conscientes de su impostura, ponen en evidencia el artificio. Como si dijeran de entrada: "yo me imagino que fue así", en vez del falso: "esto fue así". En el primer caso, el narrador renuncia a la mímesis: está en el presente, lo vemos actuar en el presente y no escondido entre gobelinos. Y aun más: lo acompañamos en su proceso de investigación y él nos cuenta, entretanto, qué le pasa en su vida cotidiana, cuáles son sus rollos sentimentales y demás. Una actitud bastante honesta que, a la larga, tiene su recompensa: el lector termina sumergido en el pasado. Y acaso, de una manera más profunda y menos escéptica, toda vez que de entrada dieron por sentadas sus sospechas o, mejor dicho, le minaron sus defensas.

Con un pie en el pasado y otro en el presente, así es El señor Marx no está en casa. Guillermo, un cincuentón venezolano que se gana la vida haciendo guiones para telenovelas, pero que en realidad es un apasionado del teatro, lleva muchos años tratando de escribir una obra sobre Eleanor, la hija menor de Carlos Marx, una suicida al igual que su hermana Laura. De una parte, el dramaturgo frustrado tratando de escribir el drama que lo justifique; de la otra, el melodrama real de la familia Marxiana: don Carlos, el padre fundador del comunismo científico, no sólo tuvo un hijo con su empleada de servicio -al tiempo que embarazaba a Jenny, su aristócrata mujer- sino, cómo no, relaciones sexuales con Eleanor, su hija menor y devota secretaria, cuando ella tenía 16 años. Vale decir, un vulgar caso de abuso sexual y violencia intrafamiliar detrás del mito. Y una novela que quiere recrear el melodrama y sus protagonistas dejando ver la trasescena, las costuras, la foto sin retoques que muestra en contrapunto la cocina literaria y el producto final. Una suerte de work in progress.

Es necesario aclarar. La desmitificación per se no es el objetivo principal de esta novela. Ese trabajo ya lo hicieron biografías como las de Francis Wheen, que nos mostró a un Marx de carne y hueso. Claro, la hipótesis del incesto es novedosa y causa gran revuelo, pero no es la sustancia del libro, así la contracarátula quiera exaltarlo con fines previsibles. Se trata, más bien, de un impulso narrativo. Gloria, una sicóloga experta en el tema y amante de Guillermo, le da la pista que pone en marcha la obra teatral, hasta entonces un difuso y enredado proyecto. Resucitar del polvo de la historia a la querible y malograda Eleanor y a su canalla concubino, Edward Aveling, hacerlos vivir de nuevo ante nuestros ojos, tanto como al esforzado dramaturgo, es la apuesta mayor de Ibsen Martínez, el demiurgo de esta creación. Desde luego, los actores necesitan mobiliario: el erudito contexto político, familiar y cultural -esa Londres finisecular, del todo creíble- es también un mérito accesorio del autor. Y para un lector más especializado y con cierto bagaje de izquierdista trascendental, hay quizás el valor agregado de ver correr el velo de la sagrada familia marxiana y constatar que, con la óptica adecuada, siempre brilla irresistible el culebrón. Lo cual no es para avergonzarse, queridos marxistas.

Sólo dos objeciones. Primera: la alternancia de las dos historias no es la mejor. A veces se alarga mucho una en perjuicio de la otra. O demasiada bruma londinense o demasiado sol tropical. Nunca en las proporciones adecuadas, el contrapunto con el ritmo perfecto al que nos acostumbró William Faulkner en Palmeras Salvajes y que Mario Vargas Llosa, su alumno aventajado, ha desarrollado tan bien. Segunda: excesivas digresiones y repeticiones inútiles de los hechos decisivos que distraen de las dos tramas centrales. Y bueno, eso no puede pasar. No en un melodrama escrito por un experto en melodramas que conoce la regla de oro en este género: el zapping no perdona.
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