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| 9/26/1994 12:00:00 AM

EL DESCUADRE

Polémica en los medios culturales por traslado de obras expuestas al público en los museos Nacional y Colonial, a la Casa de Nariño.

EN LA MAÑANA DEL LUNES 22 DE AGOSto, en su espacio cultural del Noticiero RCN, el periodista Ciro Roldán hizo pública una 'chiva' con visos de escándalo. Según él, una delegación encabezada por Gloria Zea, había sacado del Museo Nacional el viernes 19, varias obras del maestro del período colonial Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos, y algunos retratos del Libertador, para llevarlos a Palacio con el fin de redecorar la habitación privada de la recién llegada pareja presidencial. Según Roldán, el abuso cometido en el sentido de privar a los colombianos de un patrimonio que les pertenece y estaba expuesto al público, en aras de adornar un salón al que sólo tienen acceso el Presidente, su esposa y sus hijos, había sido corregido por la propia primera dama, Jacquin Strouss de Samper, con una orden del mismo viernes en horas de la tarde para el retorno inmediato de las obras a su lugar de origen.

El hecho era tan insólito que, momentos después de divulgada la noticia, los demás medios quisieron confirmar la versión. En un principio, la única respuesta que recibían los comunicadores de las fuentes vinculadas al Museo, era un lacónico "aquí no ha pasado nada". A partir de entonces circularon versiones adicionales sobre el suceso que no hicieron sino aumentar la intriga acerca de la verdad sobre los cuadros de Palacio. En el medio artístico no faltó el agudo comentarista que dijo: "Qué tal el escándalo en Francia si a Mitterrand le da por trasladar la Monna Lisa del Louvre al Palacio del Elíseo". Pero más allá de estas puyas, ¿qué había pasado en realidad?

Diversas fuentes allegadas al Museo Nacional, que quisieron mantener su nombre en reserva, y el propio Juan Luis Mejía, director de Colcultura, aclararon a SEMANA que, en efecto, la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Gloria Zea, en calidad de colaboradora personal de la primera dama, había visitado el Museo Nacional el jueves 18 de agosto, en busca de algunas obras que sirvieran para redecorar la Casa de Nariño. Luego de recorrer las distintas salas del antiguo panóptico, la ex directora de Colcultura apartó dos cuadros: un retrato de Santander del maestro García Hevia y un Bolívar de autor anónimo que reposaba en el depósito.

A la mañana siguiente, Gloria Zea volvió por ellos. Juan Luis Mejía se encontraba en el Museo en ese momento y decidió que él mismo llevaría los cuadros al Palacio. El voluminoso tamaño del Bolívar hizo imposible su traslado. Así, el único cuadro que en realidad salió del Museo fue el retrato de Santander. Una vez en la Casa de Nariño, éste fue paseado por diferentes salones en busca de un sitio adecuado, pero finalmente, al final de la tarde, la primera dama dio la orden de devolverlo. En su concepto, en el inventario de Palacio había varios y mejores retratos del prócer como para colgar otro traído del Museo.

Pero la búsqueda de obras para decorar el Palacio no pareció limitarse al Museo Nacional. Del Museo de Arte Colonial también fueron trasladadas obras rumbo a la Presidencia. A Palacio llegaron tres cuadros, incluido un crucifijo de autor anónimo del siglo XVII, considerado como una de las principales joyas expuestas en el Colonial. Fue escogido por la primera dama para una de las paredes del despacho presidencial.

Si en el caso del Museo Nacional la sola intención de trasladar unos cuadros del patrimonio público a la Casa de Nariño había generado comentarios adversos, el crucifijo para la oficina del Presidente suscitó una gran polémica, que desató rumores sobre una actitud poco delicada de la pareja presidencial recién mudada.

El hecho de utilizar obras patrimoniales para fines diferentes del de su exposición permanente y accesible a todos los visitantes colombianos y extranjeros, como lo es el simple adorno de una habitación o una sala privadas del Palacio, hacía pensar que se podría estar incurriendo en el delito de peculado por uso indebido de los bienes del Estado. En efecto, aunque los cuadros no dejaban de estar bajo la órbita del Estado, al quedar colgados en paredes del Palacio que no son de acceso público, el gobierno cambiaba su destinación original. Para muchos, era lo mismo que si una partida presupuestal con destino específico termina siendo utilizada para diferente fin.

Pero más allá de esta interpretación jurídica un tanto severa para las circunstancias, había un problema de presentación. En un país donde el patrimonio artístico no es abundante y donde por ende, el público tiene poco acceso a él, no parecía tener sentido privar a la gente de la exhibición de algunas de estas joyas, para complacer el interés -por demás también válido- de hacer de los despachos y habitaciones privadas de la casa presidencial lugares agradables.

Sin embargo, en defensa de los nuevos inquilinos del Palacio hay que decir que no es esta la primera vez que algo así sucede. El caso más conocido se presentó bajo la administración del presidente Belisario Betancur, cuando el cuadro Las playas de Macuto, del pintor colombiano Andrés de Santamaría, se escogió para adornar uno de los salones principales de la casa privada del Palacio. Diez años después, la obra no ha regresado al Museo.
En iguales circunstancias se encuentran tres obras más, también del Museo Nacional. Una de Jeneroso Jaspe, Vista panorámica de Cartagena; otra de Ricardo Gómez Campuzano, Atardecer en la mañana; y una más de Eugenio Zerda, titulada En el parque. Estos dos últimos cuadros ni siquiera están colgados en Palacio, sino archivados en sus bodegas.

Aunque todos estos préstamos, incluido el del crucifijo que hoy adorna el despacho del presidente Samper, fueron hechos -entre otras cosas para evitar el escándalo- mediante comodatos entre el Museo y la Presidencia, para muchos el acto sigue siendo discutible. Al fin y al cabo, según las normas que rigen estos temas una obra que es considerada patrimonio Público no puede ser sacada de su sitio habitual de exposición, a no ser que sea solicitada para otra exposición, como está contemplado en la resolución 2536 de octubre 2 de 1992.

Está claro que la Casa de Nariño no es un Museo, pero aún así, las diferentes administraciones que han realizado préstamos en comodato han utilizado el argumento según el cual, por la imagen que representa ante el país y ante la comunidad internacional, el Palacio es igualmente un excelente lugar de exposición de los bienes culturales de la Nación.

Curiosamente, de todo el debatido asunto ha quedado algo bueno. En medio de las reacciones adversas en algunos círculos culturales, la primera dama está preparando la firma de un convenio con Colcultura con el ánimo de que esta institución se haga cargo, de manera permanente, de la curaduría de la Casa de Nariño y se encargue al mismo tiempo de hacer intercambios permanentes con los museos de Colcultura. "Este convenio servirá, entre otras cosas, para que los colombianos queden tranquilos en relación con los préstamos de obras a la casa presidencial -dijo a SEMANA Jacquin de Samper-. Con él, Colcultura queda en libertad para disponer de las obras que están en Palacio, de la manera que considere conveniente. Esta es la mejor garantía de que las obras no se queden para siempre en la Casa de Nariño".

Esta actitud es plausible, por cuanto le pone orden a un asunto que hasta el viernes 19 de agosto, cuando se dieron los discutidos traslados que originaron el debate, había sido manejado por los distintos gobiernos de manera más bien alegre. Sin embargo, aún persisten muchas dudas pues la tradición ha sido la de que las obras de arte que son trasladadas de los museos públicos a la Casa de Nariño, se quedan allí para siempre y no vuelven nunca a deleitar el ojo de la gente.
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