Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1994/12/12 00:00

EL DESTAPE DE OBREGON

El monumental mural del Banco Popular de Barranquilla, pintado por el maestro en 1956, vuelve a la vida esta semana después de un minucioso trabajo de restauración.

EL DESTAPE DE OBREGON

EN 1956 UN JOVEN pintor en Barranquilla se pasó muchos meses pintando de noche una superficie de seis metros de alto. Lo hacía en las horas en que no había nadie para evitarse los gritos de los transeúntes que, por pura costumbre de mamar gallo, le gritaban al pasar: "americano pendejo". Así nació el monumental mural del Banco Popular que, en el lenguaje todavía cubista de Alejandro Obregón, reunió la esencia de la ciudad bajo el título de Simbología de Barranquilla. Allí aparecieron un pájaro junto a un avión de chorro, una cartilla, un toro con la violencia y la alegría del carnaval en sus cachos, una gran hembra tropical y, como para estar acorde con el espíritu de los tiempos, la fórmula de E=mc2.

Esta sinfonía de colores y figuras sintió sobre su superficie el paso del tiempo, los cambios de la ciudad y la entrada de la violencia.

En 1976 una huelga del Banco dejó estampados airados grafitis de los sindicalistas sobre las épicas figuras. Luego lo invadieron carteles de políticos, hasta que se llegó al descaro de cubrirlo con una gruesa capa de pintura aplicada con brocha gorda. Durante los últimos años pasó a ser un anónimo muro alto, sin pasado, sin memoria, que si mucho causaba vergüenza a los habitantes que todavía recordaban su antiguo esplendor.

Finalmente, este año, cuando las esperanzas parecían perdidas, una campaña, liderada por el gobernador Gustavo Bell Lemus, decidió salvar de la decadencia una de las obras más importantes del espacio público de la ciudad. Con una inversión de más de 30 millones de pesos, el restaurador mexicano Rodolfo Vallin puso manos a la obra para devolverle su aspecto original. Durante cuatro meses la expedición al olvido se armó de recursos tecnológicos y exprimió la memoria de todos. No había muchas pistas, sin embargo. Gracias a un aviso en el periódico en el que se solicitaba a las personas cualquier tipo de información al respecto, apareció una fotografía del maestro Nereo, quien en aquella época de rumba y de arte era casi que el fotógrafo oficial del grupo de 'La Cueva'. Esta imagen, aunque en blanco y negro, ayudó a completar el rompecabezas.

El proceso de restauración se convirtió en toda una fiesta para la ciudad. El muro fue partido para poder trasladarlo del paseo Bolívar al edificio de la Aduana, contiguo a la estación Montoya. Cada color que aparecía, cada forma que por fin se insinuaba, era paladeada y analizada por un grupo de estudiantes de arquitectura y especialistas, quienes conformaron todo un taller de restauración que ahora prestará sus servicios al rescate de otras obras de la ciudad. Por fin esta semana se entregará al público una obra que pertenece al patrimonio artístico del país.

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