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| 8/4/2007 12:00:00 AM

El día en que el cine murió

Michelangelo Antonioni e Ingmar Bergman le enseñaron al mundo a ver y hacer cine de una manera diferente. Ambos mostraron de manera descarnada la soledad y la incomunicación del hombre contemporáneo.

Lo más impresionante de las muertes de los cineastas Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, aparte de que hayan sucedido el mismo lunes 30 de julio, es que semejantes artistas hayan vivido al mismo tiempo. El sueco Bergman, que murió a los 89 años en su casa en la isla del Faro, se había vuelto un recluso tras sacar a la luz (en libros de memorias, novelas, guiones para cineastas cercanos y películas para televisión propias) sus últimos recuerdos dolorosos. El italiano Antonioni, que dejó de respirar a los 94 bajo la mirada de su esposa, llevaba unos 20 años de retiro (no obstante su participación en un par de películas desconcertantes), por cuenta de una apoplejía que sufrió a comienzos de los años 80. El siglo XX fue, gracias a la mirada de los dos, y a la de maestros como Federico Fellini, Akira Kurosawa y François Truffaut, el siglo del cine. Y, con su fallecimiento, la tentación de decir que el siglo ha terminado resulta inevitable. SEMANA, por lo pronto, ha querido explicar la importancia de estos dos maestros para la cultura a través de algunas de sus películas.

Ingmar Bergman

Había sobrevivido a la enseñanza estricta de la religión, a una infancia llena de castigos y a una adolescencia tentada por el nazismo. Venía del teatro. Pero fundó en el cine "un lenguaje espiritual que escapa al control del intelecto", una forma de ver el mundo. Se asomó, por medio de narraciones autobiográficas, a la desesperación del hombre y a la soledad de las mujeres. Y se quedó allí, en la incapacidad para encontrar el amor, en la torpeza a la hora de hacer las paces con el pasado y en el fracaso en la búsqueda de una identidad, con una valentía que convierte a los narradores en grandes artistas. Fue Woody Allen, su admirador más evidente, quien lo dijo: "Bergman fue el más grande de los artistas desde la invención de la cámara".

El séptimo sello (1957). Aunque era considerado en ese momento un importante hombre de teatro y ya había filmado Un verano con Mónica y Sonrisas de una noche de verano, fue esta película, que sigue el espeluznante juego de ajedrez entre la muerte personificada y un caballero que ha regresado de las cruzadas para encontrar su tierra devastada por la peste, la que convirtió a Bergman en una figura del cine del mundo. Comenzó a reunir al elenco que lo acompañaría de película en película: Max von Sydow, Bibi Andersson, Gunnar Björnstrand... Con ella ganó el primero de los más de 50 premios internacionales que recibió en vida. Ese mismo año filmaría otra obra maestra: la imitada e inimitable Fresas salvajes.

Persona, (1966). "Siento que con 'Person 'fui tan lejos como podía ir", escribió Bergman en sus diarios. "Toqué secretos mudos que sólo el cine puede tocar". Y, como dijo en alguna entrevista, hacer el largometraje salvó su vida: si no la hubiera hecho, pensaba, se habría quedado sin ideas. Por primera vez no se preocupó de los resultados de taquilla. Contó la historia (o mejor: se acercó a las veleidades mentales) de una actriz enmudecida que pasa los días bajo el cuidado de una enfermera. Sus extraordinarios primeros planos de Liv Ullman y Bibi Andersson, diseñados junto a su incondicional cinematógrafo Sven Nykvist, trasformaron el lenguaje de las películas desde el día del estreno. El crítico Roger Ebert la llamó "una genialidad frustrante". La ensayista Susan Sontag la declaró "una obra maestra".

Gritos y susurros (1973). El director de fotografía de siempre, Nykvist, logró traducir la idea central de Bergman por medio de una sobrecogedora composición de colores: tres hermanas tratan de llevar la posible muerte de una de ellas en una casona saturada de rojos. "Es una exploración del alma", admitió Bergman años después de filmarla. "Y siempre, desde la niñez, he pensando que el alma es una membrana húmeda de varios tonos de rojo". El resultado: un drama abrumador que aparecerá, de tanto en tanto, en esas listas de las diez mejores películas de la historia.

Fanny y Alexander (1984). Bergman se casó cinco veces y tuvo nueve hijos. Pero, desde el estreno de Fanny y Alexander, la última película que hizo para las pantallas de cine, se dedicó a pensar en la relación de sus padres, en su infancia, en un par de historias de amor que estuvieron a punto de destruirlo. "Incluso yo pienso que mis películas son deprimentes", aclaró alguna vez. Y sin embargo, quien ve esta hermosa saga familiar, ganadora de cuatro premios Óscar, queda con la sensación de que la esperanza se abría paso, de vez en cuando, en el universo oscuro que se les venía encima a sus personajes. Woody Allen encogió los hombros ante la noticia de la muerte de Bergman. "Alguna vez me dijo que temía morir un día muy soleado, reveló, y yo sólo espero que se haya ido en el clima que esperaba".

Michelangelo Antonioni

Fue economista. Fue crítico de películas de Il Corriere Padano, un periódico de Ferrara, su ciudad natal. Trabajó en la revista de cine del hijo de Benito Mussolini. Pero a los 30 años, después de ser echado de la publicación del delfín fascista, se dedicó a escribir, a asistir, a producir largometrajes al lado de cineastas de la talla de Roberto Rossellini, Marcel Carné y Enrico Fulchignoni. Pronto se dedicó a dirigir. Y, tras una temporada en la estética del neorrealismo y tras unos años en los que denunció la alienación social, se convirtió en Michelangelo Antonioni: el artista cinematográfico que, a través de obras inconexas, puramente visuales, llenas de largos planos que se trasformaban en sofisticados movimientos de cámara, le buscó al hombre un alivio en un mundo moderno que era en realidad una lluvia de accidentes. David Ansen lo dice en Newsweek: "su ojo refinado redefinió la manera como vemos el mundo".

La aventura (1960). Con esta película en blanco y negro Antonioni se convirtió en uno de los puntos de mira del cine mundial. Su proyección provocó una gran controversia en el festival de Cannes de 1960, donde hubo todo tipo de cometarios: unos la odiaron y otros la amaron. Al final no sólo ganó el premio del jurado, sino que Antonioni obtuvo para siempre el respeto de sus colegas. Por muchos años La aventura, donde aparece por primera vez Monica Vitti (ver recuadro), fue considerada una de las grandes de la historia, casi a la misma altura de El ciudadano Kane, una percepción que se desdibujó a partir de los años 80. En esta película Antonioni definió un estilo basado en diálogos muy breves, secuencias largas, que utilizó para mostrar la gran dificultad de los hombres para comunicarse. Por algo fue llamado el autor de la incomunicación.

La noche (1961). Filmada en 1961, esta película, también en blanco y negro, muestra de manera descarnada el tema de la alineación y la pérdida de valores de las clases acomodadas (un rasgo que comparte con La dolce vita del otro gran director del cine post neorrealista italiano Federico Fellini). Los personajes encarnados por Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau parecen apenas soportarse y son incapaces de interrelacionarse. Ambos asisten a una fiesta y allí Mastroianni se encuentra con Monica Vitti, con quien intenta entablar una relación, que también fracasa. Al final, Mastroianni intenta recuperar el amor de Jeanne Moreau: "Busquemos un vínculo", le propone. Pero ella le dice que ya no es posible porque el amor ha desaparecido. Esta etapa introspectiva de Antonioni hace parte de una trilogía que empezó con La aventura y terminó con El eclipse (1962), también en blanco y negro.

Blowup (1966). Filmada en Londres en 1966 y con una excelente banda sonora a cargo de Herbie Hancock, Antonioni utiliza una idea del cuento Las babas del diablo, de Julio Cortázar, para adentrarse en el llamado Swinging London, el de los Beatles, Mary Quant y Carnaby Street. Pero no lo hace de manera festiva sino a través de un despótico fotógrafo que sigue a una pareja clandestina en un parque y, al ampliar una foto varias veces, cree encontrar las claves de un asesinato. Gracias a esta película Antonioni entró al mercado de Estados Unidos, se convirtió en un director de fama mundial. Este hecho lo aprovechó el director Carlo Ponti, quien le financió a Antonioni Zabriskie Point (1970), filmada en Estados Unidos, en la que ofreció su mirada particular a la contracultura y la protesta estudiantil cuando los ecos del 'poder de las flores' y del 'verano mágico de 1967' ya eran cosa del pasado.

El pasajero (1975). Jack Nicholson y Antonioni sentían una mutua admiración que quedó plasmada en El pasajero. Después de un receso de cinco años, Antonioni hizo su reaparición en el mundo cinematográfico con está película en la que intervino Maria Schneider, quien se había hecho famosa gracias a El último tango en París, de Bernardo Bertolucci. Considerada como la última gran película de Antonioni, El pasajero comienza en África, donde Nicholson, un reportero, por una razón que no se conoce, asume la identidad de un bandido que encuentra muerto en el cuarto de su hotel. Schneider representa a su vez a una mujer que se cruza en a vida del protagonista y que está igual de perdida que él.

Woody Allen, también admirador de Antonioni, tuvo palabras para él. "Lo conocí de manera superficial y pasé algún tiempo con él. Era flaco como un alambre, y atlético, enérgico y con la mente siempre alerta. Era un excelente jugador de ping pong. Jugué con él y siempre me ganó porque tenía un gran alcance en los brazos. Esa era su táctica", le dijo a la revista Time.
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