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| 2/12/2011 12:00:00 AM

El día que yo me muera

David Sánchez Juliao, un prolífico autor que innovó en muchos géneros, popularizó la literatura y defendió la identidad de la cultura caribe.

Fue un hombre que disfrutó la palabra. Porque venía de una cultura en la que la palabra es fundamental: en la costa, el que no habla no existe. Una periodista del Miami Herald lo llamó una vez "el brujo de la palabra". Pero él negó el mote y dijo que simplemente había nacido en una familia que se reunía a contar todo, a criticar todo, a hacer la crónica de todo, en forma oral y acompañada del lenguaje gestual: "Haber nacido en un entorno tal de una alta presencia de mestizaje y de una confluencia de almas nos permite expresar todas esas almas: la india, la negra, la blanca y la árabe, en un lenguaje del conquistador".

Inventó la literatura-casete, dijo un crítico. "Convirtió la literatura en sonido", precisa Juan Gossaín, uno de sus mejores amigos. Lo cierto es que hablar de David Sánchez Juliao es hablar de oralidad. Y de cultura popular caribe: "El Caribe es una tierra en donde al propio papa de Roma se le saludaba de esta manera, cuando baja del avión; 'Ajá, y cómo está tú, tu santidad'. Tal vez, lo que tenía era un gran oído para captar el habla y las historias de su pueblo y devolvérselas a través de sus obras escritas y sonoras para que se viera reflejado en ellas. Un espejo. Y una identidad. A lo largo de su vida siempre luchó por la autoestima, el sentido de pertenencia y la conciencia de ser cultos. Culto es el que tiene una cultura propia.

En el Flecha y el Pachanga, sus grandes personajes, hay un ánimo de crítica social. Son seres golpeados por el sistema, lastimados, que sobreviven y se reivindican gracias al humor. Sin esas dosis exactas de humor, sus vidas serían insoportables. "Pienso que no hay momento más propicio para escribir sobre personajes risueños que los momentos tristes. Es una manera que me he ingeniado para que mis propios personajes me salven de la tragedia de vivir en este Valle de Lágrimas y de 32.000 muertes violentas al año...y de tanta corrupción". 

Sus audiolibros y la novela Pero sigo siendo el rey lo convirtieron en un escritor reconocido. Esta última aportó la novedad de integrar al relato las narrativas y los personajes de las canciones rancheras mexicanas. Obtuvo el Premio Plaza y Janés y tuvo una exitosa adaptación a la televisión. Ese hallazgo les abrió las puertas a las telenovelas con arraigo en la cultura popular y regional. Hace unos años, en una entrevista que le concedió al periodista Ricardo Rondón, mostraba su desencanto ante el rumbo que había tomado la televisión colombiana: "No todo es malo en la tele colombiana. Los comerciales son excelentes. Yo diría que, en el concepto de los canales, un programa de televisión es la basura que va entre comercial y comercial. Nada más les interesa". 

Tuvo siempre una sonrisa a flor de labios y una voz magnífica, de locutor. "Era un hombre cálido, efusivo, con momentos de gran ternura", dice Joe Broderick, otro de sus tantos amigos, quien destaca la musicalidad de su prosa. La música, toda la música es el hilo conductor de su trabajo creativo: "Me gusta ser leído por los oídos", decía. Admiraba a Mozart y a Beethoven. Una visita a Viena, en busca de la casa del "sordo genial", fue el tema de una deliciosa crónica. Porque el periodismo fue otra de sus pasiones. Hasta el último momento, estuvo alentando nuevos proyectos en El Heraldo de Barranquilla. Inventó "las heráldicas", una novedosa forma de contar los hechos. "Por supuesto que me duele la muerte del amigo del alma, pero también me va a hacer mucha falta la partida del gran innovador", dijo Ernesto McCausland. También, para ser justos, habría que agregar: tuvo la vanidad de la fama y la peligrosa tentación de la política y la diplomacia.

El "viejo David" ya no podrá, como le gustaba al Flecha, "chocar esos cinco gusanos del extremo de la extremidad derecha", en español, darnos la mano.
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