Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1993/11/08 00:00

EL DIARIO DEL ARTISTA

Al lado de la obra de los últimos 10 años, Manuel Hernández exhibe, por primera vez, sus bocetos de trabajo, en una gigante exposición en el Museo de Arte Moderno, de Bogotá.

EL DIARIO DEL ARTISTA

ALGUNA VEZ, EN la inauguración de una de sus exposiciones, alguien se acercó a Manuel Hernández y se atrevió a decirle: "Perdone, maestro, pero parece que usted siempre pintara lo mismo". Lejos de sorprenderse, Hernández no hizo sino reafirmar lo dicho por aquel furtivo crítico: "Tiene razón: parece", comentó, antes de que su interlocutor asintiera con la cabeza al decir, entiendo, y resolviera recorrer de nuevo la exposición.
Y es que para observar la pintura de Manuel Hernández hace falta desprenderse de toda prevención, para no ver sólo lo que sus figuras representan en la realidad, sino también esos otros ámbitos que pertenecen únicamente a la imaginación del espectador. Entre otras cosas porque sus figuras no pretenden representar la realidad. Ni siquiera parten de ella. Son más bien sugerencias atmosféricas y cromáticas a las que el espectador debe acercarse sin un mínimo de objetividad que opere el milagro. "Es cierto que frecuento siempre las mismas figuras. Pero sucede que una sola figura puede ser una vez roca y otra, nube o qué sé yo... todo depende del entorno, de los colores, de la ubicación en el espacio", dice el pintor bogotano, cuya obra se presenta durante un mes en el Museo de Arte Moderno, de Bogotá.
La exposición, titulada "Taller y Signos", comprende más de 80 cuadros elaborados por el artista en los últimos 10 años; y, además una serie de bocetos que jamás se habían exhibido al público y que determinan la evolución de la pintura de Hernández en sus más de 30 años de trabajo en las artes plásticas, desde que decidió romper definitivamente con la figuración, en 1960, hasta ahora, cuando en el terreno abstracto ha llegado a la elaboración de obras monumentales y colmadas de intenso colorido. Exponer sus dibujos es para Manuel Hernández algo así como desnudarse delante del espectador. "Es como si un escritor decidiera de pronto publicar su diario íntimo", comenta. Y, en realidad, así parece. Ellos delatan el trabajo cotidiano, la búsqueda presistente, con sus errores y aciertos. No son borradores, como muchos imaginan, pues ninguno de sus bocetos se ha trasladado al acrílico, el material con el que se siente más cómodo. Son el resultado del proceso previo a la creación definitiva, el camino trazado para llegar a nuevos descubrimientos. Mientras en la obra terminada el problema está resuelto, en los bocetos se refleja a un Hernández en plena efervescencia. Como el diario del escritor, los dibujos, son el lado desconocido del artista. Así, con la exhibición de sus bocetos, el público se encuentra con un Manuel Hernández al desnudo.
Por el contrario, en la serie de acrílicos elaborados durante estos últimos 10 años, el espectador se enfrenta a la obra de un artista maduro, cada vez más comprometido con su idea de explorar hasta el más ínfimo detalle de las formas, los colores y los espacios, para sacarles el máximo provecho. De los primeros cuadros abstractos, de contornos definidos, óvalos precisos y figuras que parecían más bien un abecedario, Hernández ha pasado a darle más fuerza al color y a la atmósfera de sus cuadros, a pesar de conservar el mismo tema. Son variaciones, pero cada una con su propia manera de expresarse, cada una con su propio guiño secreto para el espectador.
Y en eso continúa Manuel Hernández, con sus figuras inquietantes, cada vez más monumentales y profundas, y con la idea de explorar en el futuro nuevos materiales y de que su obra se salga de una vez del lienzo para convertirse, quizás, en un mural o, por qué no, en escultura. Al fin y al cabo está dando rienda suelta a su mayor rebeldía: la permanente exploración.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.