Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1999/12/13 00:00

EL DINERO CREA MELANCOLIA

El escritor Günter Grass habla acerca de su más reciente novela, 'Mi siglo', y del compromiso de <BR>los escritores con la sociedad.

EL DINERO CREA MELANCOLIA

Juan Cruz, director editorial del Grupo Santillana en España, habló con Günter Grass, actual
Premio Nobel de Literatura, sobre Mi siglo, "una novela hecha de pequeños relatos sobre cada una de las
décadas de la presente centuria, a las que acude un personaje que transmite comprensión y rabia por lo que
ha hecho la historia con Europa".
SEMANA reproduce extractos de la entrevista.
Juan Cruz: ¿Cómo han recibido la novela sus paisanos?
Günter Grass: La acogida de los lectores ha sido muy buena, pero en mi país siempre me pasa eso: los
lectores reaccionan muy bien y los críticos me ponen muy mal. Ya estoy acostumbrado.
J.C.: Les hace usted volver a la historia, siempre...
G.G.: Es mi oficio, y mi obligación intelectual: la memoria de la guerra, la unificación de Alemania, esos son
asuntos que me conmueven y me hacen escribir.
J.C.: ¿Quién le influía cuando escribió El tambor...?
G.G.:Entonces yo leía a Unamuno, a Bernanos, eran escritores católicos, pero con mucha personalidad civil.
También estaba influido por las teorías marxistas de la historia, pero pronto llegué a estar más de acuerdo con
Albert Camus que con Jean Paul Sartre.
J.C.: ¿Qué estimaba de Camus?
G.G.: El valor moral de la duda; era un escritor comprometido en un tiempo en que su compromiso no
parecía estar homologado con el criterio general del compromiso.
J.C.: Siguiendo con Camus, ¿cree usted que es posible que los intelectuales influyan hoy como entonces?
G.G.: Yo creo que los intelectuales tienen que afectar a los que hacen la política, esa es su
responsabilidad. Tiene que haber escritores, intelectuales, y ellos han de advertir sobre los riesgos que corre
el ser humano.
J.C.: ¿Puede nombrar un riesgo?
G.G.: Ahora estoy preocupado por la educación de los niños: quién se ocupa de ella, son los padres
conscientes de cómo han de ser educados sus hijos, quién ha de hacerlo.
J.C.: ¿Es usted pesimista?
G.G.: No, soy escéptico, pero no pesimista. Vivir sin esperanza me protege del cinismo. Me veo como Sísifo:
muevo la piedra, pero nunca llegará la piedra al final de la montaña. Y yo soy feliz con mi piedra. Además, si
la piedra no se moviera sería muy aburrido.
J.C.: El mundo parece haber cambiado mucho. Usted lo describe en su último libro.
G.G.: Sí, he querido que un personaje que parezco yo pasee por los pasillos del siglo y vea, un poco como
Oskar, el protagonista de El tambor de hojalata, lo que está pasando como si ocurriera en ese instante.
J.C.: Un siglo en el que ya el capitalismo no tiene enemigo.
G.G.: Sí lo tiene; ahora el capitalismo es su propio enemigo; yo lo digo en Diario de un caracol.
J.C.: Otra de sus advertencias fue contra la unificación de Alemania.
G.G.: Contra el modo de hacerla: se abrió de pronto un gran mercado a gente que no podía comprar, y la
crisis está a la vista. Ahora es tarde, pero no demasiado tarde para arreglarlo.
J.C.: ¿Qué le produce hoy melancolía?
G.G.: El dinero. El dinero no crea ideas, sino melancolía.

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