Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/07/03 00:00

El duro de Oaxaca

El 8 de junio el MAM inaugura la retrospectiva de un grande del arte de América Latina.

El duro de Oaxaca

Es un hecho. Tamayo se estrelló contra los muros —con la fuerza de un meteorito—, y salió ileso, sin un solo rasguño. El muralismo, como propuesta estética, artística, cultural, era la piel verdadera —y casi única— de México.

‘Los tres grandes’, Orozco, Rivera y Siqueiros, no tenían rivales; eran invencibles y su palabra era palabra de dioses. Sin embargo, por allá en 1936, decidieron que ya no querían ser tres. Querían un cuarto y el elegido fue Rufino Tamayo. De los cuatro era el más joven, y el más rebelde. Y él, fiel a su filosofía, les dijo que no, que no quería figurar junto a ellos; no soportaba el tinte político que le imprimían los tres a cada obra, le molestaba en los ojos, y un color mal puesto podía dañar su propio colorido. La inmortalidad y el mito estaban cerca. Todavía en toda América se discute si realmente no fue el más grande de todos los artistas mexicanos del siglo XX y, a lo mejor, el más poderoso de todo el continente. Para la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, Gloria Zea, lo es y no tiene duda. Tamayo es el dios verdadero.

El dios que dejó sus huellas en papel y óleo y que desde el jueves tendrá llenas las paredes del museo. Para Gloria la exposición tiene un significado simbólico. A sus 18 años estaba casada con Fernando Botero, de 22, quien acababa de regresar de Florencia invadido por la gracia del Quattrocento italiano. Y necesitaba América, necesitaba su color y su forma. Quería ver a Tamayo y los dos —sin un solo peso, “cuando éramos pobres y felices”, como diría Hemingway— partieron a México en busca de su obra. Ahora ella la trae de vuelta y está feliz. Con razón. Porque Tamayo es mito desde cada una de sus pinceladas hasta el último de sus suspiros. Y el mito empieza desde su cuna. Porque Tamayo es mexicano de sangre, sus padres eran indígenas de Oaxaca y él siempre se empeñó en recordárselo a todo el mundo.

Era indígena pero no indigenista. Era universal. La leyenda dice que Tamayo empezó a dibujar copiando postales que reproducían grandes obras del arte de todos los tiempos. Dice que tomó el colorido del puesto de frutas que tenían sus padres y que nunca lo pudo abandonar. Dice que huérfano y sin trabajo, en el corazón del D.F., terminó como jefe del Departamento Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología y que allí, día tras día, tuvo la misión de reproducir en papel todo el patrimonio arqueológico. Y que eso se le quedó en la cabeza. Tamayo, como dice el escritor mexicano Juan García Ponce, tenía que “integrarse a la tradición universal con un inevitable rostro propio”. Porque en él no sólo están las formas de sus antepasados, sino que Cezanne y Braque también están presentes, y a su manera; en un mundo tan raro, tan particular, que ni siquiera Octavio Paz logró definirlo y se limitó a un “¿Qué mundo es este?”. Un mundo en el que los hombres parecen objetos de piedra, el cielo puede ser rojo y el paisaje un vacío desértico; un mundo raro.



No al panfleto

Con su negativa a los muralistas, Tamayo no sólo marcó un punto más en su leyenda sino que señaló un derrotero en su país. Acabó con la idea del ‘Arte Nacional’ y la pretensión de una escuela y le dejó el camino libre al resto de jóvenes artistas para que vieran el arte como una aventura personal. El, después de todo, siempre fue un solitario que nunca precisó de asistentes.

La muestra que trae el MAM, con la colaboración del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a través del Instituto Nacional del Bellas Artes y el Museo de Arte Rufino Tamayo de México, consta de 31 óleos, 31 dibujos y 30 obras gráficas; entre estas últimas hay varias mixografías, una técnica que nació gracias a su colaboración con Luis Remba, director en 1970 del Taller de Gráfica Mexicana y fiel amigo de Tamayo. En esa época Tamayo ya contaba con 71 años y necesitaba una motivación. Remba empezó una serie de experimentos que finalizó con este descubrimiento técnico que, a través de planchas de cera y cobre, lograba darle una textura rugosa, espacial, a cada obra y la despojaba de su formato plano. El descubrimiento emocionó tanto al hábil artesano y al genial artista que terminaron produciendo el grabado más grande de todos los tiempos: Dos personajes atacados por perros, de 250 por 150 centímetros. Habrá que ver todo para descubrir la magia y sentir uno de esos impulsos cleptómanos. Tamayo se lo merece.

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