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| 1/17/1983 12:00:00 AM

EL EDITORIAL ES EL MENSAJE

¿Quienes escriben los editoriales de los tres grandes diarios nacionales?

A las dos de la tarde de todos los días, el corrector Carlos Yusti se dirige al terminal del computador situado en el "corral" femenino de la redacción de "El Espectador" y marca la clave QSEDIT en el teclado. Segundos más tarde, tras unos cuantos gruñidos electrónicos, aparecen en la pantalla las suaves letras azules del editorial del día. Aunque no pueda introducir modificaciones, como los viejos correctores académicos del pasado, Yusti lo corrige detenidamente, original en mano. Luego, aprieta una tecla de mando y el editorial desaparece, tragado por el cerebro electrónico que lo escupirá cien metros más lejos en la reveladora, convertido en galera listo para ser montado.
A la misma hora, un mensajero sube a zancadas por las escaleras blancas y polvorientas de "El Siglo", desde los sótanos hasta la oficina de la dirección, en el cuarto piso. Lleva en su mano una galera de prueba con el editorial del día. Hasta el 26 de noviembre llegaba a manos de Alvaro Gómez Hurtado, quien la corregía minuciosamente. Pero desde su elección como designado, la tira llega al escritorio de Juan Diego Jaramillo, porque es él quien ahora se encarga de las editoriales.
Casi simultáneamente, a quince kilómetros de allí, en la sala de computadores de "El Tiempo" el editorial del día ha pasado ya a la memoria del computador. Al día siguiente, estos tres escritos (al igual que los de El Colombiano, El Heraldo, El Mundo, El Pueblo, El País y otros diarios de provincia) levantarán ampolla, orientarán a los lectores o causarán comezón en las conciencias de algunos funcionarios públicos. Todo, gracias a la magia multiplicadora de las rotativas.
Los editoriales de prensa son los artículos más difíciles de escribir y los únicos que de ninguna manera pueden faltar. Diariamente, el editorialista se sienta solitario ante su máquina de escribir, en el silencio de su oficina, y mira el desolador panorama de la cuartilla en blanco. Sobre sus hombros cae la responsabilidad de fijar la posición del periódico. Y sabe que lo que diga puede desatar las más encendidas polémicas y los más contradictorios comentarios.
EL PULSO DE EL TIEMPO
Durante largos años, el editorial más importante del país, el de El Tiempo, fue diariamente consultado, a manera de evangelio, en las más altas esferas de la política. El doctor Alberto Lleras Camargo era, principalmente, el artífice de la leída columna.
Tampoco faltaban editoriales de Abdón Espinosa y Germán Arciniegas. Cuando el editorial estaba escrito en el florido y cuidadoso estilo de la España del 98, se sabía que la pluma de don Roberto García-Peña estaba detrás. Sin embargo, más recientemente, se han presentado cambios que muchos interpretan como una revolución en la columna editorial de ese periódico. Desde que los bluyines de Daniel Samper y Enrique Santos Calderón entraron a formar parte de un Consejo Editorial, la mencionada columna se produce en forma diferente. Ya no hay discusiones entre rígidos hombres de chaleco y leontina, en bibliotecas enchapadas en madera, atestadas de libros empastados en cuero y con títulos dorados. Ahora hay tres consejos editoriales a la semana encabezados por el director Hernando Santos, a los cuales asisten, además de Enrique Santos Calderón y Daniel Samper, otros periodistas menos informales pero igualmente jóvenes: Roberto Posada y Rafael Santos. En ellos se proponen los temas y se designa a las personas que deben escribirlos y, además, se fijan tentativamente las fechas de publicación.
Generalmente, los editoriales se preparan con dos o tres días de anticipación, sobre la base de alguna pista informativa dada por el mismo periódico o cualquier otra publicación. El 70% de los editoriales los escribe el propio director; Enrique Santos habitualmente escribe aquellos que atañen a temas de política internacional; Daniel Samper los que tienen que ver con problemas del consumidor; Roberto Posada algunos relativos a política local, y Rafael Santos, uno que otro sobre asuntos que competen a Bogotá o a aspectos específicos de los departamentos.
El editorial de El Tiempo es corto, se necesitan sólo dos cuartillas a doble espacio y ocupa toda la columna aunque generalmente va dividido en dos secciones. Es uno de los primeros materiales del día en llegar al taller de fotocomposición. Pero siempre, siempre, tienen que pasar la prueba ácida del director.
LA OPINION DEL EL ESPECTADOR
Las cosas suceden muy diferentemente dos kilómetros más al sur del diario de los Santos, en la sede de El Espectador. El muchas veces combativo y polémico editorial de los Cano comienza a nacer a las siete de la mañana. Es a esa hora cuando se cruzan llamadas telefónicas entre las residencias de Guillermo Cano, el director, y sus editorialistas Fabio Lozano Simonelli y Jaime Pinzón López, quien dejara de escribir desde el momento mismo cuando fue nombrado ministro de Trabajo de la administración Betancur. Ausente Lucio Duzán desde 1976, la labor recae ahora por completo en manos del director y de Lozano Simonelli.
La llamada de marras definía, al menos en tiempo de Lucio Duzán, el tema del editorial, de acuerdo con lo que dijeran los demás medios de información, el acontecimiento político del día o el suceso internacional más espinoso. Religiosamente, cuando el turno le corresponde a Fabio Lozano, él se sienta en su casa, frente a una máquina de escribir de cinta desgastada, a producir en tres amarillentas cuartillas, impecablemente mecanografiadas, el editorial que se publicará al día siguiente. Ocasionalmente, por lo general en casos de emergencia, mete mano Jose Salgar, el subdirector del periódico, en esa columna sagrada.
Fue el caso del día cuando un petardo estalló en las oficinas del Grupo Grancolombiano. Coincidencialmente, Guillermo Cano no estaba. Salgar, entonces, se sentó a escribir el sencillo pero enfático editorial que condenaba el atentado, perpetrado durante uno de los momentos más candentes del enfrentamiento entre el diario y la entidad financiera.
Los domingos, la situación es diferente. Por decisión de la Junta Directiva, se resolvió reemplazar el tradicional editorial del domingo por la columna "Libreta de apuntes", escrita por el director. La columna, iniciada durante los últimos días de vida de don Gabriel Cano, doblaba y hacía prácticamente inoficioso el editorial.
LAS NOCHES DE ALVAREZ
En El Siglo también las cosas suceden en forma diferente. Hasta el pasado 26 de noviembre, el editorial por lo general, era escrito por Alvaro Gómez Hurtado, director y propietario del matutino. En la paz de su casa, lejos del ruido de teléfonos y del tráfago de la sala de redacción y de su oficina durante la noche, redactaba el editorial que, al día siguiente muy temprano en la mañana, un mensajero recogía para llevarlo a la sede del periódico. Sin embargo, desde la noche anterior a su elección como Designado, Gómez Hurtado no volvió a escribir una sola línea de la columna editorial, ni a participar en la dirección del periódico. La tarea se la dejó al antiguo subdirector, el joven concejal Juan Diego Jaramillo, quien discretamente lo llama telefónicamente todos los días.
Los editoriales de El Siglo habitualmente calificados como excelentes no sólo por su pulida redacción, sino especialmente por su estilo incisivo y sus posiciones definidas, no han sido siempre escritos por Gómez Hurtado. Muchas veces no sólo interviene Gabriel Melo Guevara, exministro y actual subdirector del diario, sino también Gregorio Jaramillo, parlamentario y exministro y, últimamente, un brillante estudiante de Derecho de la Universidad del Rosario, Daniel Jaramillo. La opinión de El Siglo, que ahora es más cuidadosamente analizada que antes, porque el periódico es del mismo partido que el gobierno, es meditada y sopesada escrupulosamente en la oficina de Juan Diego Jaramillo y consultada con estos cuatro "hombres fuertes" del periódico.
Diariamente, a todo lo largo y ancho del país, se escriben casi una veintena de editoriales en igual número de periódicos. Desde los sesudos y reposados de Juan Zuleta Ferrer en El Colombiano, hasta los controversiales de Pacho Posada de la Peña en el Diario del Caribe, sin olvidar los que escriben Juan B. Fernández y Alfonso Fuenmayor en el El Heraldo, ni los que salen de la pluma de los Ospina en La República.
Así, la magia multiplicadora de las rotativas lleva hasta el último rincón del territorio colombiano, el pensamiento de los periodistas políticos o de los políticos periodistas que, muchas veces y en cierta forma, ejercen el cogobierno cuando el partido de su preferencia está en el poder.
Al parecer, durante el gobierno de Betancur, se ha acentuado como nunca antes en los últimos cuatro años la importancia de la prensa. Los vientos de libertad que corren y la beligerancia que Betancur le ha dado a los medios de comunicación han determinado que, en muchas ocasiones, como pidiendo la lección, el presidente interrogue a sus ministros sobre informaciones aparecidas en la prensa del día. No pocas veces, los editoriales de los periódicos determinan un viraje del rumbo del matinal Consejo de Ministros. Betancur, quien también fue editorialista, sabe perfectamente lo que significa el olor de la tinta fresca en el periódico doblado de la mañana y el rumor sordo de la rotativa funcionando en el frío de la madrugada.
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