Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1997/11/24 00:00

EL ELEFANTE Y LA BICICLETA

La más reciente película del director de 'Fresa y chocolate' propone al cine como vehículo revolucionario.

EL ELEFANTE Y LA BICICLETA

A medida que el cinematógrafo fue llegando a cada pueblo del orbe también fue cambiando la vida de sus habitantes. Así sucedió en París hace más de 100 años, y así en Barranquilla y Buenos Aires. El cinematógrafo se convirtió en cada puerto en la ventana donde asomaban sueños que ni la literatura ni el teatro eran capaces de evocar. Lo mismo, por supuesto, sucedió en Cuba, allí donde el director Juan Carlos Tabío ha decidido rendirle un homenaje al cine con una película esencialmente romántica e idealista. Se trata de El elefante y la bicicleta, su sexta realización en una carrera que lo ha visto coronar el éxito internacional con Fresa y chocolate y Guantanamera. La cinta es la historia del pueblo de La Fe, un diminuto islote que bien podría ser cualquier pueblo latinoamericano. Sus pobres pero trabajadores habitantes viven bajo el yugo del tirano de ocasión con la esperanza efímera del cambio milagroso. Su rutina los ha llevado a la resignación, sólo que un buen día llega un hombre con un cinematógrafo a cuestas. Por medio de una parábola más idealista que eficaz, Tabío narra la historia de este humilde soñador cinematográfico, quien vuelve a la isla luego de cinco años de prisión dispuesto a recoger con el cine la plata suficiente para casarse con su novia. Sin embargo, es el cine el protagonista verdadero. A través de una única película, el pueblo entero cambiará su resignación en esperanza. Tabío juega con la ilusión de que los propios pobladores se vean reflejados en la primitiva pantalla de campo como protagonistas del filme que están viendo, y así va tejiendo historias paralelas con los mismos personajes hasta confundir la realidad con la fantasía y viceversa. Pero aunque el intento es, por demás, hermoso, lo cierto es que la película resulta confundiéndose a sí misma, confundiendo su guión y confundiendo, de paso, al espectador. Vale la pena verla más de una vez para intentar develar el misterio en su sentido pleno.

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