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| 10/12/2013 2:00:00 AM

Alice Munro, el encanto de la brevedad

La escritora canadiense Alice Munro es la mujer número 13 que recibe el premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca destacó su gran aporte al género del cuento.

Esta vez no habrá que preguntarle a un erudito quién es o esperar pacientemente a que alguna editorial se anime a traducir sus libros. No: Alice Munro, la escritora canadiense galardonada el jueves pasado con el premio Nobel de Literatura 2013, es ampliamente conocida en el ámbito literario y diez de sus libros –los más importantes– se encuentran disponibles en español. En un reciente ensayo, Jonathan Franzen dijo sobre ella: “Es la mejor escritora viva de América del Norte”.

Munro nació en 1931 en Wingham, provincia de Ontario, zona rural en la que se desarrollan muchas de sus narraciones. Su padre era granjero y su madre maestra, descendientes de puritanos escoceses que leían la Biblia y trabajaban duramente la tierra. En su obra Mi vida querida, Munro recuerda cómo fue crecer en una granja al oeste de Ontario poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial. La sencillez de su carácter y de su estilo literario, sin duda, fueron influidas por la austeridad de esa vida rural. 

En una entrevista con Juana Libendinsky, a propósito de su libro La vista desde Castle Rock, dijo: “Mis parientes eran muy diferentes de los estadounidenses porque no eran ambiciosos, eso estaba muy mal visto. Había una fuerte ética del trabajo pero no para hacer dinero, considerado vulgar, sino como parte de un puritanismo. Era una cuestión de honor vivir en una casa vieja, pero nunca tener que pedirle nada a nadie. 

En mi familia no eran fundamentalistas religiosos, pero cualquier cosa que llamase la atención hacia uno mismo era considerada un pecado terrible”. En el relato autobiográfico Finale, Munro habla –sin lamentaciones ni rencores– de una madre autoritaria y de un padre que le pegaba: “Esto no es un cuento, tan solo es vida”. 

Al terminar la secundaria comenzó a estudiar Periodismo e Inglés en la Universidad Western Ontario, pero dejó de hacerlo al casarse en 1951, cuando se fue a vivir a Victoria, en Columbia Británica, al otro extremo de Canadá. Con tres hijos y sin ayuda doméstica –como Virginia Woolf– empezó a escribir cuentos porque solo contaba con el tiempo que le dejaba la siesta de los niños.

Terminó por acostumbrarse y sacarle gusto a esa elección que le impuso su vida. Aunque desde comienzos de la década de los cincuenta, revistas reconocidas como The New Yorker o Atlantic Monthly, aceptaban sus relatos, solo publicó su primer libro, Dance of the Happy Shades, a los 37 años. Y alcanzó el reconocimiento literario con El amor de una mujer generosa (1998) con el cual obtuvo el National Book Critics Circle estadounidense.
 
Ella es fundamentalmente una cuentista, pues de los 14 libros que ha escrito 12 son de ese género, y así lo reconoció la Academia Sueca al declarar en su fallo que estaba premiando a “una maestra del relato contemporáneo”. 

El escritor colombiano Julio Paredes, quien la ha traducido al español, le dijo a SEMANA sobre la importancia de su cuentística y su literatura: “El aporte para mí es doble: por un lado, ha enriquecido el género del cuento al proponer, en gran parte de su producción, un tipo de relato largo que transforma la lectura clásica del cuento en una experiencia múltiple, donde la anécdota central se bifurca en varias historias paralelas. 

Por otro, y quizás el aspecto más importante, un manejo extraordinario del lenguaje, de una transparencia, belleza y sencillez fuera de  lo común que, como se ha dicho muchas veces, la emparenta con una voz como la de Anton Chéjov, que no es cualquier hazaña y explica cualquier premio, como un Nobel”.

“Ahora es verdad. Ya tengo ochenta y un años. Se me olvidan con cada vez más frecuencia nombres y palabras, así que...?”, dijo Alice Munro a comienzos de 2013. Luego de ser candidata en los últimos años, recibió finalmente el premio Nobel cuando se había retirado. Sin embargo, en 2006 también había anunciado su retiro pero regresó y escribió tres libros más porque “ya no sirvo para una vida normal: he escrito tantos años que no sé hacer nada más”. Los escritores nunca se jubilan.
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