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| 5/9/2009 12:00:00 AM

El encierro

Una lamentable puesta en escena del que fue llamado “el peor crimen perpetrado contra un individuo en la historia de Indiana”.

Título original: An American Crime.
Año de estreno: 2007.
Dirección: Tommy O’Haver.
Actores: Catherine Keener, Ellen Page, Hayley McFarland, Nick Searcy, Romy Rosemont, Ari Graynor, Scout Taylor-Compton.

Todo indicaba que este engendro llegaría al mundo en DVD. Pero ha comenzado a ser estrenado en ciertas salas de cine, en los países menos combativos del planeta, para capitalizar la fama reciente de aquella Ellen Page que encarnó con tanta compasión a Juno, para explotar la pasión del público por esos casos escabrosos, tipo “el monstruo de Amstetten”, que se pasean ahora mismo por los medios de comunicación, y para cautivar a algunos de los espectadores que hace poco convirtieron a El sustituto en un modesto éxito de taquilla. ¿Por qué lo digo? Porque El encierro, que en inglés ha sido llamado Un crimen norteamericano, no es más que un thriller inepto que trivializa, a punta de efectismos, un espeluznante caso de la vida real que merecía respeto. Y si fuera sólo por su calidad, tan discutible, seguramente no habría llegado a los teatros.

Sin duda era difícil hacer una película sobre aquel escándalo de 1966 que desde entonces fue llamado “el peor crimen perpetrado contra un individuo en la historia de Indiana”. Se necesitaba talento narrativo, sensibilidad y sutileza para convertir semejante noticia sensacionalista en una obra de arte.

No había que inventarle nada a lo ocurrido. Bastaba relatar que en julio de 1965 los esposos Lester y Betty Likens, que se ganaban la vida trabajando en un carnaval ambulante, le pidieron a la señora Gertrude Baniszewski que se hiciera cargo de sus dos hijas adolescentes por 20 dólares a la semana. La señora Baniszewski, madre desesperada de seis hijos, fue perdiendo la cabeza con el paso de los cheques. Un buen día de agosto decidió someter a la mayor de las Likens, Sylvia, a una larga tortura en la que participaron todos los niños que visitaban esa casa. El horror terminó a finales de octubre con la muerte de la víctima. En fin. La historia estaba clara. Había que dejarla así. Los productores de El encierro sabían, como lo advierten antes de que llegue la primera secuencia, que las transcripciones del juicio tenían que ser el guión del largometraje.

Las preguntas eran: ¿cómo mostrar la tarde en la que Sylvia es obligada a introducir una botella de Coca-Cola en su vagina o la mañana en la que la señora Baniszewski quema la frase “soy una prostituta orgullosa de serlo” en el vientre de su huésped?, ¿cómo, por qué, para qué filmar una tortura?

El encierro responde de la peor manera. Pretende que la valiente actuación de Catherine Keener la salve de la falta de ideas. Pero no hay nada por hacer. Reduce los dramas de todos los involucrados en la tragedia (la verdugo, la mártir, las familias, la comunidad, los medios) a una anécdota de aquellas. Tiene el descaro de insinuar que existe la posibilidad de un final feliz. Y ni siquiera propone una puesta en escena que justifique la operación. ¿Qué más puedo decir? Que a este tipo de producciones se refieren cuando hablan de basura
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