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| 2/14/2015 10:00:00 PM

El epílogo de Pink Floyd

Inesperadamente, una de las bandas de ‘rock’ más importantes de la historia publicó su primer disco en 20 años. Y al parecer, el último.

Entre las imágenes históricas del rock hay que empezar a contar la fotografía tomada el 2 de julio de 2005, en el festival Live 8, de la que sería la última presentación de la banda británica Pink Floyd. Allí están sus cuatro integrantes: David Gilmour, Roger Waters, Nick Mason, Richard Wright, sonriendo satisfechos y unidos en un abrazo que parecía imposible por las rencillas legales que los habían enredado años atrás.

Entonces, ¿no es la misma formación que acaba de lanzar el álbum The Endless River? No realmente. Sin negar que mucho del espíritu está ahí presente —y eso lo hace un documento entrañable—, recordemos que Waters no hace parte oficial del grupo desde 1985, y que Wright falleció hace seis años. La ausencia del tecladista se solventó gracias a la tecnología: una buena parte del disco se sostiene en acordes de piano y extensas armonías de sintetizadores que estaban grabadas y archivadas. La ausencia del letrista se solucionó, también, de forma inteligente: el disco es instrumental.



De modo que aquí tenemos un Pink Floyd del siglo XXI que, a pesar de moverse entre fantasmas y ausencias, logra emocionarnos porque sigue sonando a eso que el periodista español Jordi Sierra llamó en los años setenta “un viaje al sonido”: una música que puede partir de una sola nota (o del tic tac de un reloj, o del eco de una gota de agua) y que va complejizándose sin afanes hasta que de pronto nos sorprendemos inmersos en un mundo vibratorio tan impensable como ese mar de nubes de la portada.

En la excelente entrevista que le hizo Andrés Elasmar de la emisora Radiónica al productor del disco, Phil Manzanera, queda clara la manera como se armó la obra a partir de fragmentos preexistentes: “Saqué mi cuaderno y durante seis semanas fui escuchando y juntando todas las cosas que me iban gustando como fan de toda la vida de Pink Floyd”, confiesa. El resultado es una amalgama muy coherente donde van emergiendo remembranzas de álbumes como Wish You Were Here, Meddle, A Saucerful of Secrets… casi podría decirse que el triunfo del disco consiste en jugar con nuestra memoria, construyendo algo nuevo a partir de lo familiar.

Funciona como sinfonía. No una sinfonía en el sentido más clásico (aunque está estructurada en cuatro movimientos), sino recordando aquella definición que daba Gustav Mahler de “un mundo que ha de contenerlo todo”. En este caso, el mundo es el que ellos construyeron disco a disco, en su larga carrera. La sinfonía ‘pinkfloydiana’.

Y funciona, sobre todo, como epílogo. No nos engañemos: más que ‘lo nuevo’ de Pink Floyd, esto es un generoso regalo para los seguidores de la banda; una pesquisa de retratos sonoros que permanecían inéditos y que valía la pena sacar a la luz porque eran de primera calidad. El propio guitarrista David Gilmour aparece en un video promocional anunciando, con la voz a punto de quebrarse: “Creo que con esto ya usamos todo lo de valor que teníamos, y también es hora de decir adiós”.

Y en ese adiós, por instantes, se echan de menos las letras de Roger Waters. ¡Para qué lo vamos a negar! No una diatriba antibélica como las del disco The Wall, pero sí algunos de sus inspirados versos sobre la respiración o sobre el tiempo habrían quedado muy bien con esta música. Acaso como explicación o como disculpa, el disco se cierra con esta frase de la escritora inglesa Polly Samson: “Lo que llamamos alma está ahí, con un pulso más fuerte que las palabras”.
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