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| 8/27/2011 12:00:00 AM

El escritor oculto

La nueva novela de Tomás González apunta a ser la consagración definitiva de un autor considerado el secreto mejor guardado de la literatura colombiana.

Desde hace varios meses, los conocedores del mundo literario colombiano sostienen sotto voce que el nuevo libro del novelista antioqueño Tomás González, La luz difícil, es una obra maestra. Trata de un pintor a punto de quedarse ciego que relata en retrospectiva el día en que uno de sus hijos, que sufre intensos dolores, enfrenta la decisión de pedir que le practiquen la eutanasia. Y sin haber llegado a las librerías, los comentarios están llenos de superlativos. La revista Arcadia le dedicó la portada de su edición más reciente y calificó la obra como "una de las más hermosas de la literatura colombiana". Como antesala a su lanzamiento, la revista El Malpensante trae una entrevista de 18 páginas con González, un autor que hasta ahora había preferido que su obra hablara por él.

González era casi un absoluto desconocido hasta 1987, cuando ganó el Premio Nacional de Novela Plaza y Janés, con Para antes del olvido. Ya había publicado en un círculo muy reducido su primera obra, Primero estaba el mar, editada en 1983 con apoyo de sus amigos de El Goce Pagano, legendario bar salsero de Bogotá. Su nombre solo volvió a las novedades de las librerías en 1997, al publicar La historia de Horacio. "Cuando salió esta novela fue como si apareciera un escritor nuevo, pero él tenía ya 50 años. Había publicado además en 1994 'El rey del Honka-Monka', un libro de cuentos que no tuvo mayor distribución", recuerda Moisés Melo, su editor en esa época.

Nació en Envigado, donde creció en un ambiente campestre. Poco después de terminar el bachillerato, llegó a Bogotá para estudiar Filosofía en la Universidad Nacional, pero se aburrió tras un semestre. Comenzó a trabajar como cantinero en el bar de sus amigos. "Mi trabajo en El Goce me sirvió para ambientar el cuento 'El rey del Honka-Monka' y para acercarme a la humanidad", recuerda. Fue una etapa importante, pero superada. "En estos ambientes de rumba a las personas, a mí entre ellas, por supuesto, les aparecen rasgos, a veces agradables, a veces no tanto, que en el mundo diurno no son visibles. Entre mis días en El Goce Pagano y mis cuatro o cinco primeros años en Nueva York cumplí a fondo mis obligaciones en cuanto a rumba nocturna se refiere. Quedó 'chuliado' así lo pertinente a amanecidas, y ahora me puedo acostar a las siete y media de la noche sin sentir remordimientos".

Tras estos años de agite y sin haber publicado aún su opera prima, Primero estaba el mar, partió con su esposa y su hijo a Miami, de donde salieron tres años después para Nueva York. En Estados Unidos escribió Para antes del olvido (1987), La historia de Horacio (2000) y Los caballitos del diablo (2003). "Me fui con mi familia porque en Estados Unidos podía ganarme la vida y también escribir. Durante muchos años escribí por las mañanas y trabajé por las tardes. Eso no lo hubiera podido hacer en Colombia. Pasamos por todo lo que pasan los inmigrantes. Me tomó unos seis años lograr un trabajo como periodista y traductor". Antes, hizo inventarios de mercancía, ensambló ruedas de bicicleta, limpió oficinas, templó lienzos para artistas. También fue ayudante de cocina, periodista, traductor y obrero de imprenta.

Regresó a Colombia en 2002, motivado por la enfermedad de su esposa, drama que se asoma en La luz difícil. Se estableció en una finca en Chía y luego en Cachipay, donde vive hoy en un paisaje verde, montañoso y lleno de agua, que se parece mucho al escenario de muchas de sus historias. "Escribo por la mañana, desde muy temprano, en mi escritorio, al frente de una ventana grande en la que aparecen palmas, cafetos, pájaros, ardillas, y, al fondo, la exuberante montaña del Oso". Así escribió Los caballitos del diablo (2003) y Abraham entre bandidos (2010).

En su finca también practica el Zazen, forma de meditación a la que recurre con frecuencia cuando necesita inspirarse. No solo se dedica a sus novelas -cada una le toma alrededor de tres años-, pues también es profesor de la maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y subtitula películas para el canal HBO. Y escribe poesía. Es autor de un poemario, Manglares, del que han circulado dos ediciones. Su intención es que siga creciendo, publicar nuevas versiones. Quiere que permanezca inconcluso mientras viva.

En los últimos años su obra ha ganado reconocimiento en Colombia y en el exterior. Elfriede Jelinek, ganadora del Nobel de Literatura en 2004, dijo que González es "un escritor de mucha pureza; alguien con el potencial de convertirse en un clásico de la literatura latinoamericana", mientras el autor alemán Hans Christoph Buch lo llamó "un narrador de rango universal". Cinco títulos ya fueron traducidos al alemán y dos al francés, y en México y España también se han editado sus libros. Por su talento y sobre todo por su discreción, fue catalogado "el secreto mejor guardado de la literatura colombiana". Una etiqueta que ha reforzado ese halo de misterio que si bien ha llevado a muchos a leer sus novelas, también ha alimentado su estereotipo de escritor huraño.

"Odia la exposición mediática. Tomás recibe su fuerza de la soledad, del contacto con la naturaleza y de la meditación. Pero no es un ser solitario. Cuando le tiene confianza a uno, se abre. Nunca dice una palabra irrelevante, o estúpida, o fea", afirma Peter Schultze-Kraft, quien ha traducido su obra al alemán. "Este oficio es exigente y preferí dedicarle toda la energía a escribir más que a la promoción. Tal vez sea por eso que me han llamado huraño, lo cual no me molesta —responde González y añade­—: Últimamente he tenido más tiempo para hacer presentaciones y estar en contacto con los lectores, pero sigo sin entender por qué los escritores tienen que ser personajes públicos". Cree que las obras literarias bien podrían ser anónimas, por lo que pregunta: "¿Qué necesidad hemos tenido de saber quién escribió 'El lazarillo de Tormes'? Que el escritor sea su propio divulgador cultural me parece una idea más razonable, pues su trabajo no sería el de agrandar su presencia hasta límites insoportables para la humanidad, sino asegurarse de que sus libros lleguen a los lectores".

Algunos de los temas recurrentes en su obra son la tensión entre la vida y la muerte, la familia, el dolor, la violencia y la cultura antioqueña. "Siempre he sido consciente de que mi sensibilidad es la de una persona de Antioquia. Nací entre montañas y mi modo de mirar el mundo se desarrolló entre ellas. Con esos ojos he mirado siempre todo y de eso no tengo escape, suponiendo que quisiera escapar", explica.

También tiene un fuerte ingrediente autobiográfico. En casi todas sus historias se las arregla para estar presente en alguno de los personajes. Pero sobre todo se destaca por su estilo conciso, sin grandilocuencia. Su escritura está anclada en el mundo real. Este rasgo es, para los que conocen su obra, una herencia de su tío Fernando González, el filósofo de Otraparte.

Para el crítico literario Luis Fernando Afanador, su gran virtud radica en que escribe historias muy sencillas pero muy profundas. "Uno puede identificarse con sus personajes, muy humanos, muy cercanos, que tratan de vivir en medio de un paisaje y de una violencia reconocibles. Son muy convincentes cuando hablan. Su prosa tiene un ritmo envolvente, muy sutil". Schultze-Kraft complementa: "Tomás sabe demostrar, a veces en una sola imagen, que lo bello está al lado de lo feo, lo bueno al lado de lo malo, la luz al lado de la sombra, y que la muerte es parte de la vida. Tiene un lenguaje muy sencillo y plástico. Dice mucho con pocas palabras. Nos muestra 'la espinosa belleza del mundo' y esto hace su literatura universal".
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