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| 3/16/1998 12:00:00 AM

EL ESPIRITU DE UNA EPOCA

Sorolla y Santa María: puntos de contacto con propósitos distintos.

El Museo Nacional presenta una muestra de 58 trabajos del pintor valenciano Joaquín Sorolla (1863-1923), considerado entre los más destacados representantes del impresionismo español y quien ha sido calificado como 'el pintor de la luz'. La muestra, conformada por obras de mediano y gran formato, complementa la exposición de pequeñas pinturas que presentó hace algunos años el Museo de Arte Moderno, y permite apreciar más ampliamente las características e implicaciones de su estilo. La presentación de la obra de Sorolla en Bogotá estimula además una comparación con el trabajo del 'impresionista colombiano' Andrés de Santa María (1860-1945), puesto que aparte de ser contemporáneos, se trata de pintores que pusieron de presente una actitud alerta a las definiciones del arte de su tiempo. El espíritu creativo de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX es reconocible en ambas obras, y a pesar de las enormes diferencias de sus propósitos, no dejan de existir puntos de contacto en sus trabajos.
Para comenzar, tanto Sorolla como Santa María hicieron pinturas de interés social en los últimos años del siglo XIX; ambos representaron gente humilde en sus labores cotidianas (pescadores el español, lavanderas y areneros el colombiano), pero con claras intenciones de enriquecer el colorido oscuro y opaco característico de las obras de ese tipo. El retrato de sus respectivas familias es asimismo una diciente coincidencia en el trabajo de los dos artistas, al igual que el tratamiento del desnudo, que fue explorado con más frecuencia por Sorolla, pero que Santa María logró implantar en el currículo de la Escuela Nacional de Bellas Artes. La obra de Sorolla, sin embargo, revela influencias de la pintura española y en especial de la valenciana (Marqués, Pinazo), mientras que el trabajo de Santa María es más cercano a las tradiciones del arte francés (Roll, Millet).
Ambos artistas se percataron en la década de los 80 de los planteamientos del impresionismo, posiblemente a través del trabajo de Bastien-Lepage, pero los dos evolucionaron de manera particular a partir de esa temprana influencia. Sorolla y Santa María comparten con los impresionistas la pasión por representar la luz, el agua y los reflejos, así como la atención a la apariencia temporal de las cosas y el desinterés por sus posibilidades emotivas. La espontaneidad en la ejecución de las obras es también un aspecto que acerca su trabajo a los designios del impresionismo. Y en algunas pocas pinturas de uno y otro se puede identificar cierta incli-nación por el divisionismo, técnica desarrollada por Watteau que Renoir difundió entre los impresionistas, mediante la cual los colores no se obtienen mezclando los distintos tonos en la paleta sino por su aplicación en pequeñas áreas de manera que se combinan ópticamente en la retina del observador. Pero para Sorolla las formas no se tornan imprecisas ni la naturaleza pierde peso y densidad, y para Santa María el transcurso del tiempo y los cambios atmosféricos no son prioritarios en sus representaciones. A pesar de estas convergencias, su trabajo de las décadas anterior y posterior al cambio de siglo no puede ser más diferente: Sorolla hace del instante lumínico el principal motivo de sus lienzos y define las formas con la estrecha colaboración del sol y el óleo, en tanto que Santa María toma un rumbo más sosegado en sus figuras y otro más suelto en los paisajes. Los dos ejecutan retratos y marinas, pero en las obras de Sorolla la pincelada se vuelve más notoria, cobra preponderancia el color blanco, y se hace perceptible una reafirmación de sus valores, mientras en las obras de Santa María se patentiza una evolución constante, se multiplican los colores y la materia se aplica por medio de la espátula.
Las diferencias en las miras y talante de los dos artistas se hacen aún más notorias en la segunda década de este siglo, cuando Santa María regresa a Europa donde permanece hasta su muerte, mientras Sorolla viaja a las distintas provincias españolas con el ánimo de producir los grandes paneles que se le encargaron para ornamentar la Biblioteca de la Sociedad Hispánica de Nueva York. El valenciano se dedica a realizar cuadros costumbristas sin mayor profundidad y sin la fuerza de sus trabajos anteriores, y el bogotano se maravilla ante la intensidad cromática de los fauves y comienza el desplazamiento de su obra hacia ese posimpresionismo tan particular en el que la materia se acumula con fruición y las figuras brotan del pigmento hacia el observador. El pintor español muere dos décadas antes que Santa María, en los años 20 y 30, al tiempo que oscurece su paleta, demuestra a plenitud la originalidad de sus intenciones. La exposición de la obra de Sorolla es una magnífica oportunidad de apreciar sus logros en estos momentos en que ha perdido vigencia el argumento vanguardista en cuyo nombre fue en muchas ocasiones descalificada su producción, pero también de valorar la pintura de Santa María en el contexto del arte internacional, de comprender su fuerza y sus alcances.
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