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| 1/30/2010 12:00:00 AM

El eterno adolescente

Tras la muerte de J.D. Salinger queda la promesa de publicar los cientos de textos que escribió durante 50 años de encierro.

Con la muerte de Jerome David Salinger termina la adolescencia perpetua de varias generaciones de lectores. "Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer al precipicio", dice Holden Caulfield, el mítico personaje de El guardián entre el centeno, una de las novelas más importantes de la literatura norteamericana que ha superado la cifra de 60 millones de ejemplares vendidos desde su publicación en 1951. Holden Caulfield es un joven desadaptado de 17 años que ha sido expulsado de varios colegios, y el precipicio del cual quiere salvar a los niños -y a sí mismo- es el de la vida "farsante" de los adultos. Aterrado con el éxito de su libro, Salinger decidió huir del mundo y, como si fuera la Greta Garbo de las letras, se recluyó desde 1953 en su casa de madera del pueblo de Cornish, New Hampshire, donde murió el pasado miércoles a los 91 años.

A la leyenda del adolescente incorruptible se le sumó la del escritor aislado: sólo dio una entrevista en todos esos años y tuvo unas pocas publicaciones: Franny y Zooey, Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymur: una introducción. Eran relatos sobre la familia Glass, con una gran influencia de la religión oriental, específicamente del budismo zen y el hinduismo.

Salinger nació el primero de enero de 1919. Provenía de una familia judía acomodada de Manhattan. Entró a la academia militar de Valley Forge y a los 15 años empezó a escribir. Un compañero de estudios lo describe así: "Quería hacer cosas fuera de lo convencional. Pasaba horas sin que nadie supusiese dónde estaba o qué hacía. Aparecía, simplemente, a la hora de las comidas. Era simpático, pero de esos que si organizabas una partida de cartas no se apuntaba". Una vez graduado viajó a estudiar a Viena en 1938. Allí fue testigo de la violencia de los grupos nazis. Alcanzó a salir antes de la entrada triunfal de Hitler. Con cierta culpa por eso, se enroló en el ejército aliado. La guerra lo marcó y, en especial, haber sido de los primeros soldados norteamericanos en conocer un campo de concentración. "El olor a carne quemada no se olvida nunca", le diría años después a su hija Margaret. A la brava, la guerra lo había convertido en un hombre, algo que nunca permitiría que le ocurriera a su eterno adolescente, Holden Caulfield. Participó en el desembarco de Normandía y la liberación de París, donde conoció a su primera esposa, Sylvia Welter, y a Ernest Hemingway.

A su regreso a Estados Unidos, ingresó al Ursinus College, de Collegeville, Pensilvania. A pesar de su espíritu solitario, no pasaba inadvertido para las mujeres: alto, moreno, de abrigo negro y modales refinados. Pero él estaba empeñado en escribir la gran novela americana y empezó con el cuento Un día perfecto para el pez plátano -donde aparece Seymour Glass, un ex soldado suicida- que publicó en 1948 y le dio un prestigio inmediato. Siguió trabajando intensamente y a los tres años apareció El guardián entre el centeno. Incapaz de resistir la ansiedad por la recepción de su novela, prefirió viajar a Gran Bretaña. No hubiera sido necesario: el reconocimiento de la crítica y del público fue inmediato. Regresó a Nueva York y disfrutó de la fama, pero no por mucho tiempo: el lobo solitario que había en él ya quería perderse en el anonimato. Empezaba la leyenda del escritor ermitaño que, en contraste con la época de los escritores mediáticos, iría creciendo cada vez más.

Salinger se llevó a una joven estudiante de Radcliffe, Claire Douglas, a quien le impidió graduarse en la urgencia de la huida, para que lo acompañara en su destierro. Con ella tuvo dos hijos y, después de su divorcio en 1967, se radicalizaron su encierro y su interés por el budismo, siempre motivo de discordia con su segunda mujer y sus amantes. Por cierto, el epígrafe de Nueve cuentos, su primer libro, es un bellísimo koan: "Conocemos el sonido de una palmada de dos manos, pero ¿cuál es el sonido de la palmada de una sola mano?".

No es difícil entender por qué El guardián entre el centeno es y seguirá siendo un libro polémico. Su lenguaje directo, duro, coloquial, y el espíritu rebelde y lúcido de su protagonista, son un motivo de permanente controversia, lo que le ha dado, desde luego, una aureola maldita. Como se trata de un libro que conecta fácilmente con los jóvenes, ha sido a la vez lectura obligatoria en el pénsum escolar de Estados Unidos y prohibido. Y, a partir de una lectura sesgada, ha sido excusa para justificar un famoso crimen: el de Mark David Chapman, quien declaró haber asesinado a John Lennon para promocionar la novela de Salinger. También el hombre que hirió de un disparo al ex presidente estadounidense Ronald Reagan dijo ser un entusiasta lector de esa novela.

Hay que aclarar entonces que una cosa es la rebeldía -de la cual Caulfield es un ícono- y otra muy distinta hacer una apología de la violencia. Que un lector pase del terreno simbólico de la literatura al real es algo que excede las intensiones de cualquier autor.Vale recordar lo que alguna vez escribió Salinger: "Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella".

Sin embargo, no todas las lecturas fueron tan estrechas. En 2008, el cantante Axl Rose, de Guns N' Roses, se inspiró en El guardián entre el centeno para una de las canciones del álbum Chinese Democracy. Una canción polémica, dedicada a los ex compañeros de su banda. La importancia literaria de Salinger, además, fue significativa en su propio país. Autores como Lemony Snicket, John Updike, Harold Brodkey y Philip Roth han hablado de su influencia. Y la película Descubriendo a Forrester, protagonizada por Sean Connery, está basada en Salinger.

Muerto Salinger, queda la puerta abierta para entrar en el refugio del escritor a deshacer el mito. Una labor que inició su hija, Margaret, hace unos años con la publicación de El guardián de los sueños, una biografía en la que ella retrata a su padre como un hombre autoritario -con sus hijos y con sus esposas-; distante, que comía frente a un televisor gigante y lloraba mientras veía la transmisión del funeral de Kennedy, y que bebía de sus propios orines en un inocente ritual de curación. Contraria a la imagen del asceta budista, Margaret pinta a Salinger como un crédulo seguidor de cualquier gurú enfático, aunque desconfiaba de las personas que no lo fueran o que pensaran diferente a él. En fin. La única buena noticia en el libro es que Salinger siguió escribiendo cada día hasta el final en la silla de un carro con su vieja máquina de escribir y que sus textos se podrán publicar ahora, después de su muerte. Si bien se trata de una excelente noticia, hay que estar alerta. Se sabe lo que ocurre cuando se juntan unos herederos, unos cajones repletos de manuscritos y unos editores con cuentas fabulosas.

Entre tanto, la familia, todavía fiel a su manera de pensar, ha pedido seguir con el respeto a su privacidad. Y su representante, Phyllis Westberg, en una parca declaración, dijo que su espíritu permanece en su pequeño círculo familiar y en aquellos que él amaba, independientemente de que fueran figuras históricas, religiosas, amigos personales o personajes de ficción. "Le echarán de menos los pocos que consideraba cercanos y los muchos lectores que amaban su escritura". n
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