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| 9/22/2012 12:00:00 AM

El exótico Hotel Marigold

Esta cinta, que reúne muy buenos actores, desperdicia una muy buena oportunidad de explorar algunos temas cruciales.

Título original: The Best Exotic Marigold Hotel
Director: John Madden
Guión: Ol Parker
Actores: Bill Nighy, Penelope Wilton, Judi Dench, Tom Wilkinson, Maggie Smith, Ronald Pickup y Celia Imrie.

Tres mujeres y cuatro hombres in-gleses, todos mayores, deciden mudarse a vivir al hotel del título en Jaipur, al norte de la India, promocionado en internet como un sitio "para gente anciana y hermosa". No se conocen entre sí y no tienen en común mucho más que el viaje mismo.

Algunos llegan ahí por problemas económicos: una pareja (Bill Nighy y Penelope Wilton) está jubilada y ha perdido sus ahorros en la empresa tecnológica de su hija; una viuda reciente (Judi Dench) debe vender su apartamento para pagar las deudas de su marido.

Otros buscan algo más. Un juez (Tom Wilkinson), que pasó su infancia en India, trata de reencontrarse con una parte dolorosa de su historia que nunca ha querido enfrentar. Una mujer racista y provinciana (Maggie Smith) viaja a que le hagan un implante de cadera. Cierran el grupo un hombre y una mujer (Ronald Pickup y Celia Imrie) que simplemente se sienten solos.

Hay un par de temas importantes que una película así podría haber investigado. Está toda la cuestión de envejecer, del lugar que la gente mayor tiene (o no tiene) en una sociedad utilitaria, hipnotizada por lo nuevo, desconectada de sus tradiciones y su historia.

Está la cuestión, igualmente espinosa, de la relación entre el primer mundo y el tercero, o de países colonialistas con excolonias (India fue colonia británica durante un par de siglos, de mediados del siglo XVIII hasta 1947). O las relaciones entre turistas y nativos, especialmente cuando hay semejante desequilibrio económico.

En fin, el caso es que no investiga nada de esto. Sí dice cosas interesantes sobre pasear por tierras lejanas, sobre cómo los beneficios de un viaje no son cuestión del entorno, sino de lo receptivo que esté el viajero.

Por ejemplo, la mujer de la pareja casada desconfía de todo desde el principio. En un bus camino al hotel, le recuerda a su marido que debería evitar "toda comida que no sea de un vendedor fiable", mientras él saborea felizmente un pedazo de pan que le acaba de regalar su vecino.

La prevención de la mujer es al mismo tiempo comprensible y absurda. ¿Cómo distinguir lo fiable de lo no fiable en un mundo cuya lógica no entendemos? Y la respuesta, que puede verse en distintos matices entre estos siete jubilados, es que el mundo es de los intrépidos, que las cosas alimentan a quienes se abran a ellas.

Sería interesante que la película se preguntara cómo funciona el otro lado de esta ecuación, si los turistas ingleses se sienten felices en su nuevo entorno cuando se abren a él, ¿cómo se sienten los nativos en su papel de catalizadores?

Pero la película no hace ningún esfuerzo por averiguarlo. Los nativos son opacos e impenetrables como rocas milenarias. Tienen solo una función, la de abrirle los ojos a estos hombres y mujeres que se se sienten sin lugar en Inglaterra.

Y es una lástima. Porque las vidas se enriquecen, justamente, cuando se descubre la subjetividad del otro. Pero estos turistas -y esta película- están demasiado concentrados en la contemplación de sus penas y ombligos como para dar ese paso.
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