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| 5/12/2003 12:00:00 AM

El experimento

La película más 'interesante' del pasado festival de Eurocine no confía del todo en la historia real en que se inspira.

Director: Oliver Hirschbiegel
Protagonistas: Moritz Bleibtreu, Justus von Dohnanyi, Christian Berkel, Oliver Stokowski, Danny Richter, Maren Eggert El adjetivo es cobarde, es cierto, pero lo mejor que puede decirse sobre El experimento es que se trata de una película 'interesante'. Verla no es una experiencia satisfactoria: no sólo porque asistimos a todas las bajezas que cualquier hombre es capaz de cometer cuando recibe un uniforme, sino porque descubrimos, desde las primeras escenas, que hay algo falso en la dirección que se le ha dado a la narración. Quizá sea culpa de aquella confusa e innecesaria trama secundaria que al final convierte al protagonista, un arrogante periodista llamado Tarek Fahd, en un improbable superhéroe romántico. Tal vez se trate de la sospecha de que su realizador, el alemán Oliver Hirschbiegel, lo ha sacrificado todo a cambio de imágenes de impacto y le ha dado tratamiento de relato de espías a un drama que no necesitaba gafas computarizadas, destornilladores salvadores y afilados cuchillos de cocina para resolver sus conflictos de vida o muerte. La película, como la novela en la que se basa, se inspira en el famoso 'experimento de la prisión' que se llevó a cabo en agosto de 1971, bajo la dirección del profesor Philip G. Zimbardo, en la prestigiosa Universidad de Stanford. La idea del estudio era encerrar en una cárcel simulada, durante dos semanas, a un grupo de hombres comunes y corrientes, y pedirles, después de dividirlos en dos grupos, que interpretaran al pie de la letra los papeles de vigilantes y prisioneros para observar en detalle todos sus comportamientos. El profesor Zimbardo, que en www.prisonexp.org ha consignado los objetivos, los hechos y las conclusiones de su escalofriante investigación, asegura que sólo pretendía responder a la pregunta "¿qué ocurre cuando una buena persona es encerrada en un lugar malvado?", pero acepta que, seis días después del inicio del proyecto, los participantes estaban a punto de enloquecer: los guardias se habían transformado en monstruos sádicos y autoritarios y los reclusos se habían convertido en seres sumisos y acorralados. El experimento, como un reality show salido de las manos, tuvo que ser suspendido. Pero no, no es esa apasionante historia la que vemos. Nunca, durante las dos horas de la proyección, conocemos a un científico que confirme sus peores intuiciones sobre el hombre o a un falso vigilante que descubra los rincones más oscuros de su educación. En cambio soportamos a un periodista astuto que alcanza el esquemático paraíso de las películas comerciales después de superar el infierno de turno. Sí, claro, lo que hemos oído de El experimento es verdad -no se pierde el tiempo viéndola: la cabeza nos queda llena de preguntas y de imágenes terribles-, pero sería muy arriesgado decir que se trata de un largometraje coherente y necesario. Habría que aceptar, acaso, que mantiene nuestro interés hasta el final. Y recordar, de paso, que en las películas 'interesantes' el mérito siempre es de uno.
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