Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1996/06/10 00:00

EL FANTASMA DE UNA OPERA

EN MEDIO DEL AUGE DE LOS ESPECTACULOS MUSICALES INTERNACIONALES, EL FANTASMA DE LA OPERA RESULTO SER MAS GATO QUE LIEBRE

EL FANTASMA DE UNA OPERA

Cuando uno compra boletas para El barbero de Sevilla, pues espera eso, Barbero de Sevilla, el de Rossini, aun cuando para apenas citar dos nombres Giovanni Paisiello y Luigi Mosca, sus contemporáneos, también se inspiraron en el original de Beaumarchais para escribir óperas que, a duras penas, han pasado a la historia como un punto de referencia del original rossiniano. Lo propio ocurre si en vez de La bohéme de Puccini le dan la de Leoncavallo... pues le están sirviendo gato por liebre. Esto, en parte, es lo que ocurre con El fantasma de la ópera que Show Time está presentando desde la noche del 2 de mayo en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá. Pasa el tiempo y nunca suena la popular música de Andrew Lloyd Weber, porque el Fantasma del Jorge Eliécer no es el del compositor británico, sino el del norteamericano Ivan Jacobs. Y sin temor a equivocación se puede decir que El fantasma es el de Lloyd Weber, así como Barbero es el de Rossini y Bohéme es la de Puccini. Pero independientemente de esto, el problema del Fantasma de Show Times es que la música de Jacobs en ningún momento alcanza a estar tocada de auténtica inspiración y más suena a trabajo rutinario y convencional que a seductora ópera rock, entre otras cosas porque de rock no tiene absolutamente nada. Así, a la hora de la verdad, todo el asunto queda en manos de las voces y de una puesta en escena que resultó decepcionante en relación con las expectativas. Es difícil creer que se trata de artistas de Broadway, de la Metropolitan y New York City Opera, del New York City Ballet y del Joffrey Ballet. El elenco está muy por debajo del mínimo aceptable en términos de calidad, a pesar de que las voces de la soprano, tenor y barítono protagonistas resultan de timbre grato. Lamentablemente un timbre grato no es suficiente cuando hay poca cuadratura en los conjuntos, un gusto de canto dudoso, demasiado imprecisa la afinación y unas condiciones actorales estereotipadas. Del Corps de ballet es mejor no hablar, baste decir que algunos de sus miembros necesitan bajar de peso con urgencia. ¿New York City y Joffrey Ballet? Visualmente la cosa es un desastre. Los viejos telones pintados de esta triste producción de Joyce Agency Inc. de Nueva York son, hoy por hoy, un recurso fuera de circulación, por lo evidente: resultado acartonado y pobre. Y si a ello se suma la baja calidad de la amplificación, los desajustes en el sistema de traducción de los textos y la prolongada duración de un espectáculo cuyo primer acto va más allá de las dos horas _más que cualquier acto de las óperas de Wagner_ resulta apenas lógica la fría recepción de buena parte del público, así los organizadores se hubiesen cuidado de decir que se trataba del 'original americano', con 'música y lírica de Ivan Jacobs' y no del británico Lloyd Weber.

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