Lunes, 27 de febrero de 2017

| 2003/10/27 00:00

El fantasma entre los árboles

La sociedad mercantil y el retorno a la naturaleza, es el gran tema de esta historia del escritor paisa Tomás González.

'Los caballitos del diablo' es la cuarta novela de Tomás González.

Tomas Gonzalez

Los caballitos del diablo

Norma, 2003

178 paginas

El hombre tenía 34 años cuando compró la propiedad. Una casa y cuatro cuadras en un flanco de la cordillera. Se la compró a una señora que vivía allí con su hijo, quien luego fue acusado y condenado por violación de niños. Desde la finca se ve una ciudad que se extiende por un valle donde "un río podrido se mueve sobre un lecho de cemento y el humo a veces se encajona". Al poco tiempo de estar solo, se llevó a Pilar, una mujer liviana, parecida a un ave. Había decidido que ese era el lugar en el que iba a vivir, y tal vez morir.

Esta es la historia básica, a la que se le irá agregando, lentamente, nueva información. Poco a poco iremos conociendo datos importantes sobre el hombre (a lo largo del libro no se menciona su nombre y lo distinguimos como "el que le gusta desaparecer en el abigarramiento de sus jardines y cafetales") que ayudarán a trazar su perfil, el cual, no obstante, siempre quedará incompleto. Sabremos que es alguien frío, de pocas palabras y tenaz para el trabajo. Que les compró a sus hermanos su parte en el negocio del padre fallecido y que tiene una relación conflictiva con ellos. J., personaje en otra novela de Tomás González, Primero estaba el mar, y el único que no vende sus derechos a cambio de una minúscula renta mensual, terminará acusándolo de simular una falsa quiebra con la intención de robarlo.

El ritmo de la historia lo va dando la adecuación de la finca. El hombre siembra árboles, pone a producir la tierra, la llena de animales, amplía la casa que su esposa decora con tapices y bellos murales. Mientras tanto, el relato avanza en pequeños cuadros, en pequeñas unidades autónomas que se comunican entre sí. Hablan sus hermanos, habla su madre, el narrador nos deja oír los pensamientos del hombre. Se alternan una prosa depurada y sobria con una oralidad en los diálogos marcadamente paisa. El campo, regido por el crecimiento y la exuberancia, se opone a la ciudad: "Bajo el humero brillante se movían en la ciudad, abajo, las letras de cambio, las deudas, los cobros. En los cafés la gente hablaba de cheques devueltos, utilidades, porcentajes".

En circunstancias no muy claras es asesinado su hermano mayor, Emiliano, quien vivía en una hacienda en el Valle del Cauca. La misma suerte corre J., en Urabá (ambos se habían entregado a la bebida). Regresa de Francia, David, el menor, diletante e improductivo. Los crímenes y la inseguridad en la ciudad y en las fincas vecinas se multiplican. La sociedad parece venirse abajo. Su familia también y, además, en forma tácita lo quiere hacer culpable de su derrumbe. Pero el hombre sigue aferrado a su trabajo, a su paraíso privado. Produciendo frenética y obsesivamente cantidades de comida que no alcanza a consumir porque, además de tener frugales costumbres alimenticias, padece serios problemas estomacales. En su actitud escapista, hay sin embargo algo oscuro y atractivo.

Tomás González, uno de los escritores colombianos vivos más interesantes (injustamente desconocido a la hora de las grandes listas y de los balances), ha escrito con Los caballitos del diablo, otra novela para tener en cuenta. Como toda buena literatura, su historia nos persuade por sí misma, por su lenguaje intenso y contenido y por la fuerza de sus personajes. También por su densidad (ahora en desuso y desdeñada a plena conciencia por los escritores jóvenes) que invita a múltiples interpretaciones.

El innombrado personaje de su relato es emblemático de la cultura antioqueña y de su crisis (una cultura que, por cierto, sigue siendo decisiva para la nacionalidad colombiana). A la violencia y al afán de lucro, al ocaso del patriarcado y de la familia tradicional, no puede oponérsele un ingenuo modelo colonizador con su idílico amor a la tierrita, a los valores del trabajo y de la familia. No hay vuelta de hoja. La naturaleza, con sus encantos y sus seducciones -con sus peligros-, ya no es el camino. Constituye apenas, otra desesperada e ilusoria borrachera.

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