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| 1/18/2014 2:00:00 AM

Ecos del festival

El Festival Internacional de Música de Cartagena que terminó la semana pasada fue un éxito total en asistencia y organización, pero dejó algunas decepciones musicales.

Que el Festival Internacional de Música de Cartagena exista y haya llegado a su VIII edición es, en un medio cultural tan frágil como el colombiano, un milagro. Que no es gratuito, porque es una empresa que trabaja a lo largo de todo el año para que todo funcione con precisión de relojería. Y no es fácil que los conciertos, talleres y encuentros se realicen, casi sin excepción, con boletería agotada.

Pero no siempre las cosas resultan como han sido planeadas, y el que acaba de terminar la noche del pasado domingo 12 ni colmó del todo las expectativas ni estuvo a la altura de la pasada edición dedicada al barroco italiano.

La interesante iniciativa de las Fábulas y la narración fantástica en la música del siglo XX como hilo conductor, en la realidad no fue tan interesante. Además, la nómina de artistas internacionales invitados fue demasiado desigual. Porque la presencia de figuras de renombre mundial, como el dúo pianístico de las hermanas Katia y Marielle Labèque, la Orquesta de Cámara Orpheus, el cuarteto Borodin y el director italiano Rinaldo Alessandrini, no logró equilibrar el desastre del pianista armenio Sergei Babayan, los anodinos recitales del dúo de guitarristas Sergio y Odair Assad y la inexplicable presencia del grupo Geza y los virtuosos bohemios, con actuaciones mediocres, faltas de seriedad y cambiando en el último momento los programas anunciados. Para rematar, el

desempeño del director teatral Omar Porras (Historia del soldado de Stravinsky y Pedro y el lobo de Prokofiev) fue un fracaso.

También hubo aciertos que no hay que ignorar, como la ejemplar actuación de los músicos colombianos (Cuarteto Manolov, Christian Guerrero, Gabriele Mirabbasi, Mario Criales y Guillermo Ospina) al lado de las Labèque en el Carnaval de los animales de Saint-Saëns y, por encima de todo, haber conseguido hacer de la puesta en escena de la ópera La cenerentola de Rossini un absoluto éxito, musical y escénico, quizás una de las mejores producciones de ópera que se hayan realizado en el país en los últimos años, fruto del trabajo apasionado de Rinaldo Alessandrini, de un elenco inteligentemente articulado y de la Filarmónica Joven de Colombia, que con un esfuerzo casi sobrehumano logró estar a la altura.

Donde sí definitivamente no se ven progresos es en el público, en su inmensa mayoría desinteresado por la música, demasiado propenso a los aplausos a destiempo y manifestaciones exageradas y a veces inmerecidas, más preocupado por la agitada vida social cartagenera que por la música misma.

Porque el auditorio está compuesto, casi en su totalidad, por el jet-set criollo, lo cual no tiene nada de malo, todo lo contrario, pero la presencia de las celebridades nacionales copa por completo los aforos de las salas y monopoliza las mejores localidades, sin dejar campo a los melómanos, que en Cartagena brillan por su ausencia. Y si es cierto que el concierto es un diálogo donde los músicos hacen de mediadores entre los compositores y el auditorio, en Cartagena eso no se produce.

Si la VIII edición no colmó las expectativas, a favor de la organización juega el éxito de los festivales anteriores. Su importancia no se puede desconocer y no se equivoca Julia Salvi, la fundadora y presidenta de la Fundación Salvi, cuando afirma: “El festival es un patrimonio de toda la nación, y como tal es un bien precioso”.
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