Martes, 17 de enero de 2017

| 2010/11/20 00:00

El fin del silencio

El libro de Íngrid Betancourt, muy bien escrito y narrado, revive en los lectores la experiencia de su cautiverio.

El fin del silencio

Íngrid Betancourt
No hay silencio que no termine
Aguilar, 2010
710 páginas


Hay que dejar los prejuicios y leer este libro extraordinario. Sí, solo hay que darle una oportunidad para quedar atrapado por su narración, que es un relato detallado de un cautiverio, por supuesto, pero es también una crónica de resistencia moral y una recuperación del tiempo perdido a través de la palabra.

Un narrador -o una narradora- puede tener una imagen pública repelente o favorable. Y vaya si Íngrid Betancourt ha tenido de las dos. Pasó de ser odiada (culpable de su secuestro por soberbia) a ser amada: las fotos y las cartas de su última prueba de supervivencia conmovieron a los más duros. Conmoción que llegaría a su clímax con su cinematográfica liberación, para luego caer de nuevo en el oprobio: desagradecida, se atrevió a demandar al Estado, que finalmente lo dio todo por su liberación. Un narrador -o una narradora- puede tener la imagen que sea, pero no puede mentir a la hora de escribir. Y No hay silencio que no termine es en esencia un libro honesto, autocrítico, escrito no para impresionar a otros -inventando una predecible heroína- sino para sí misma. Es un ajuste de cuentas para decirse en voz baja las verdades podridas del corazón: "Allí residía mi fuerza. No tenía ningún dominio sobre mí, pues yo había aceptado la posibilidad de morir. A lo largo de toda mi vida me creí eterna. Mi eternidad terminaba allí, en ese pútrido hueco, y la presencia tan cercana de la muerte me llenaba de una quietud que saboreaba. Ya no necesitaba nada, no deseaba nada. Mi alma había quedado desnuda…".

Es decir, una mirada interior que nos concierne por dos razones. Una: está muy bien escrito, porque nos hace vivir la experiencia del secuestro; el horror y la fascinación de la selva; la impiedad, la injusticia, la vileza humana que aflora en las condiciones extremas y, claro, el amor filial, la bondad, la solidaridad, la esperanza y la fe. Como en la buena literatura: no nos importa saber qué pasó sino cómo pasó. Su ritmo es parejo, la narradora parece baquiana en la selva de las historias. Aunque, es necesario decirlo, la traducción tiene varios errores: frases mal redactadas, galicismos increíbles, palabras que no aparecen en el diccionario español. En vez de pagar dos traductores -tres, si contamos "la colaboración de la autora"- hubiera sido mejor no ahorrarse el gasto de un buen editor.

La segunda razón: el retrato de las Farc. El testimonio que ofrece Íngrid es un documento de inmenso valor. Cómo operan en su cotidianidad; cómo son sus mecanismos de poder; cuáles son sus códigos de comportamiento, las debilidades y las fortalezas de sus miembros. Cada cual sacará sus propias conclusiones: desde los sociólogos hasta los agentes de los servicios de inteligencia. A través del lente minucioso de la más incómoda de sus testigos, las Farc han quedado al descubierto ante el mundo. "Isabel había terminado su turno de vigilancia y había venido a almorzar. Miraba con ganas la ropa interior roja de encajes negros que permanecía intacta en sus bolsas. Se la regalé. Les daba vueltas a las prendas con felicidad infantil y las volvía a poner en su lugar, como alejando una tentación demasiado grande. Finalmente se levantó, en un impulso repentino, y dijo en voz alta: 'Voy a plantearle a la comandante Sonia'. Plantear, tal como me enteré entonces, era parte fundamental de la vida de las Farc. Todo estaba bajo control y vigilancia. Nadie podía tener ningún tipo de iniciativa, nadie podía dar o recibir un regalo sin pedir permiso".

En la película francesa La gran ilusión, de Jean Renoir, cuando a un personaje que acaba de ser encarcelado por los nazis le preguntan qué va a hacer, responde: "Lo único que debe hacer un preso, tratar de escapar". El cautiverio de Íngrid no habría sido tan doloroso sin su obsesión permanente -y sin mucho porvenir- por fugarse. Nunca se doblegó y eso fue la causa de un maltrato permanente. ¿Por qué no trató de acomodarse, como los otros, cuando era lo más fácil? Un anhelo irrenunciable de libertad respira en este libro.

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