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| 9/1/2012 12:00:00 AM

El fin de los sentidos

Esta película melancólica aborda el tema del fin del mundo desde unaperspectiva poco usual.

Título original: Perfect Sense
Año: 2011
Director: David Mackenzie
Guión: Kim Fupz Aakeson
Actores: Ewan McGregor, Eva Green, Lauren Tempany

Personalmente, siento debilidad por las películas apocalípticas. Hasta las malas me gustan. Y las buenas, como esta, me dejan con una inquietud pertinaz. Es una sensación fácil de localizar en el cuerpo, mezcla de nudo en la garganta y presión en el esófago, y una de sus peculiaridades es que sigue ahí cuando la película termina. A veces por días.

Este fin del mundo particular lo vemos desde Glasgow, ciudad en donde viven los dos protagonistas. Michael (Ewan McGregor) es cocinero en un restaurante elegante, encantador aunque malo con las mujeres. Lo vemos echando a una de su apartamento porque, dice, "no puedo dormir con alguien más en la cama".

Susan (Eva Green) es una médica epidemióloga que vive justo al frente del restaurante donde él trabaja y que se refiere a los desconocidos como "marinero", séanlo o no. La vemos por primera vez tirándole rocas a las gaviotas con su hermana. Parece encontrar algún consuelo a su soledad agrediendo así a las aves marinas.

Pero luego está en su rol profesional. Un colega la busca para que opine sobre un caso extraño. Un hombre, aislado detrás de un vidrio, ha perdido el sentido del olfato. Antes de perderlo sufrió un ataque de tristeza paralizante, y cuando se le pasó, el olfato ya no estaba. Luego, le dicen, hay decenas de casos similares en Escocia y cientos en el mundo.

Esa es la estructura básica del fenómeno: ataques de tristeza, de odio, de rabia, de amor concentrado, seguidos de la pérdida de un sentido.

La película tiene un tono de desesperanza melancólica. No estamos acá ante una historia de científicos heróicos inventándose una vacuna que lo solucione todo tras pasar una noche frenética entre pipetas y cultivos de agaragar. Tampoco tiene la espectacularidad de unos marcianos haciendo saltar en pedazos el Capitolio de Estados Unidos (eventualmente hay, en su lugar, calles vacías y sucias).

Es un fin del mundo "no con un estallido sino con un sollozo", como dice el poema de T. S. Eliot, y es un sollozo que dura un rato. Por ahí se cuela lo dulce. Porque después de cada pérdida de un sentido hay una pausa. La gente rearma sus vidas, supera la pérdida, vuelve a encontrar gozos y gustos, recupera su humanidad.

Lo que descubren los personajes de la película es que este movimiento en dos fases les permite verlo todo de otra forma, que el mundo toma otro sentido cuando no lo damos por sentado, cuando entendemos que no seguirá ahí por siempre.

Paralelo a este fin de los sentidos está el romance entre ella y él. Él logra por fin dormir al lado de alguien, aunque ella resulta ser la que quiere que la dejen sola. La química entre los dos funciona y Eva Green es una estrella de cine formidable, especialmente cuando frunce el seño.

Es una película poco usual porque estamos acostumbrados a que la acción de los protagonistas solucione las cosas o, al menos, altere en algo su curso y acá no sucede así. El resultado es un plato melancólico y poético, un apocalipsis discreto y disfrutable.
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