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| 12/13/1999 12:00:00 AM

EL FRACASO OPERISTICO DE BOCELLI

En Detroit, Estados Unidos, el tenor italiano volvió a recibir una fría respuesta del público en su <BR>tercer intento por triunfar en la escena

Poner en tela de juicio la belleza de la voz del tenor Andrea Bocelli es una necedad. Como lo
es entrar a compararla con la de cualquiera de sus colegas y contemporáneos del mundo lírico como
Roberto Alagna o José Cura, a quienes ampliamente aventaja en popularidad. Bocelli, un consentido de
los medios y del público, acostumbrado a recibir atronadoras ovaciones de decenas de miles de
espectadores en estadios y auditorios al aire libre, acaba de conocer el sabor del fracaso ante los 2.700 que
llenaron la Opera de Detroit para asistir a su debut operístico en Estados Unidos con la ópera Werther de
Jules Massenet, inspirada en la novela de Goethe. Un fracaso anunciado. Que no se originó en la ceguera del
cantante _hábilmente manejada por los medios de comunicación y mejor sorteada por el director de escena
Mario Corradi y por el diseñador de los decorados_ sino en su voz. Porque el capital vocal de Bocelli es la
dulzura del timbre, la calidez de su interpretación y su instinto expresivo, que fueron los grandes ausentes de
la noche. El tenor italiano de 41 años, al no contar con el beneficio de la amplificación del sonido, tuvo que
hacer de lado lo mejor de su arte para concentrarse en producir el volumen que exige imponerse sobre una
orquesta en un teatro de ópera. En tanto, por su invidencia, no pudo establecer contacto visual con el
director de la orquesta, con las fatales consecuencias de inseguridad en su canto. Quien llevó el trabajo
más complicado fue el director Steven Mercurio, quien permanentemente trataba de equilibrar la
orquesta, entre las exigencias del compositor, la débil voz de Bocelli y el apoyo que exigía el exuberante
instrumento de la mezzosoprano Denyce Graves quien consiguió una interpretación excepcional de
Charlotte, la protagonista, amor imposible que lleva a Werther finalmente al suicidio. Tercer fracaso del
italiano al intentar ingresar al exigente medio operístico. El primero ocurrió el pasado año en Italia con su
participación en la ópera La Bohème de Puccini. El segundo el pasado verano en la temporada lírica de la
Arena de Verona, cuando su participación como Camille de Rossillon en la opereta La viuda alegre de Lehár
debió sustituirse por uno de los papeles de reparto, y este Werther de Detroit. Quien ha llevado la peor parte
de este fracaso ha sido David DiChiera, director general del Michigan Opera Theatre, a quien se le acusa de
tinglar un peligroso juego entre la lírica y el arte popular, y no entender que el lugar de Bocelli era el Estadio
de béisbol de los Tigres, y no la exigente Opera House de Detroit. n Novedades EDEN Sarah Brightman
Angel La soprano británica Sarah Brightman, inolvidable intérprete del estreno de El fantasma de la ópera de
Lloyd-Weber, en una recopilación que reúne toda clase de criaturas musicales. Al lado de logradas
canciones contemporáneas, bellamente interpretadas en su voz de soprano leggero, la selección alcanza
increíbles cumbres del mal gusto, como la desafortunada e innecesaria transposición para soprano de
Nessun Dorma de Turandot de Puccini y el Baïlèro de los Chants d'Auvergne, en un arreglo que logró borrar
por completo la magia de la colorida y original orquestación del original de Canteloube. Para no citar el Lascia
chi'io pianga de Händel. Schoenberg · Berg · Webern Neue Wiener Schule La Salle Quartet Deutsche
Grammophon En medio del peligro que implica entrar en el juego de cursilerías 'lo mejor del siglo' y cosas por
el estilo, este álbum de cuatro discos reúne uno de los legados más importantes de la música de cámara
del siglo XX para cuarteto de cuerdas: la quintaesencia de la música vienesa de las primeras décadas del siglo:
Arnold Schoenberg, Anton Webern y Alban Berg, interpretados por La Salle Quartet de manera extraordinaria.
Con la prudente distancia estética que imponen las décadas corridas desde la revolución musical de la
llamada Segunda escuela vienesa hasta nuestros días, estos cuatro discos compactos traen la frescura de
todo lo innovador que tuvo y sigue teniendo el serialismo, y también permiten una sutil afirmación del
pasado, por el amplio lapso que cubre la selección (1897-1938). Magnífica interpretación y formidable
calidad de sonido. Punto aparte merecería el magnífico libreto que acompaña la grabación que ofrece, además
del necesario contexto histórico, todas las pautas musicales para entender la propuesta dodecafónica sobre
la cual se construyó este discurso musical. Contrario a lo previsible, la interpretación por parte del cuarteto La
Salle parece deliberadamente evitar el sonido aterciopelado y prefieren más el metal escueto.
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