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| 5/9/2015 10:00:00 PM

“El gran espacio del actor es el teatro”

El mexicano Diego Luna regresa a Colombia con el monólogo ‘Cada vez nos despedimos mejor’. SEMANA habló con él.

En 1998 corría de aquí para allá tras las bambalinas del Teatro Colón de Bogotá. No muchos reparaban en él, un actor más. Tal vez el único que advertía su presencia era Ramiro Osorio, entonces codirector del Festival Iberoamericano de Teatro, quien le decía a sus allegados: “Aquel muchacho será famoso”.

Hablaba de Diego Luna y de su primera vez en Colombia. En ese momento era un intérprete de telenovelas mejor conocido por su padre, el escenógrafo Alejandro Luna, tal vez el mejor de México. Aquel año hacia parte de elenco de El cántaro roto, obra que abrió el FITB de 1998.

Tres años después se volvió famoso cuando coprotagonizó Y tu mamá también, con Gael García Bernal. Desde entonces ha hecho más de 20 películas, no solo como actor, sino como productor y director. Pero el teatro, lo dice hasta la saciedad, es lo suyo. Los próximos 26 y 27 de mayo estará de nuevo en Colombia, en el Teatro Nacional La Castellana, protagonizando la obra Cada vez nos despedimos mejor, dirigida y escrita por Alejandro Ricaño, una comedia de humor negro sobre una historia de amor que trata de subsistir durante 22 años a pesar de las adversidades que se presentan en un México en crisis.

Semana: ¿Por qué decidió participar de esta obra?

Diego Luna: Para satisfacer la necesidad de hacer teatro (en este caso un monólogo), pero también para reflexionar sobre la incapacidad de valorar las relaciones humanas. Diría que es también un intento de reflexionar sobre dónde venimos.

Semana: ¿Por qué esa preocupación?

D. L.: Porque muchos no sabemos quiénes somos. Y por eso con Alejandro Ricaño, el escritor y director de la obra, tomamos los últimos 20 años de México. A mí, generacionalmente, como a muchos, nos faltaba ver en teatro los motivos para entender lo que es hoy México. Pero no se equivoque, no es una clase de historia.

Semana: Entonces, ¿qué es?

D. L.: Es la historia de amor entre Mateo y Sara en el México de los últimos 35 años (tomando desde el día que nacen). Y a partir de allí tienen sus encuentros y desencuentros en medio de un terremoto que devastó al Distrito Federal (D. F.) en 1985, del asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, en 1994 y, entre otros, la elección en 2012 de Enrique Peña Nieto, nuestro actual presidente.

Semana: Pareciera una obra muy crítica…


D. L.:
Mire, es imposible no ser hoy crítico en México, hasta la apatía es una forma de manifestarse. Pero la obra no busca hacer juicios, que el público saque sus conclusiones. Yo prefiero decir que la obra es un ejercicio para la memoria: borramos todo con cada elección, como si todo nos pasara por primera vez. Mateo y Sara son dos personajes distintos, pero cada uno representa una metáfora de nuestro país.

Semana: En México se habla de narcotráfico, corrupción, injusticia. ¿Qué hay de todo esto?

D. L.: Hablar de México nos podría llevar varias horas, atravesamos un momento difícil. Los límites trazados se sobrepasaron, este país es incontenible. Pero me emociona que hay un despertar de la gente con sentido social, que se manifiesta y que se muestra inconforme con lo que pasa. Se mueven energías que antes no se movían. Y eso me da gusto.

Semana: ¿Y qué papel están cumpliendo los artistas en esta crisis?

D. L.: La función de los artistas es la misma que la de cualquier ciudadano: cuestionarnos todos los días si vivimos lo que queremos vivir. Y si no es afirmativo, hacer algo para cambiarlo, pero eso le corresponde a todos. Si no metemos las manos nada va a funcionar, no podemos perder de vista lo que significa ser ciudadano y la responsabilidad que esto implica, hay que ejercerla para exigir.

Semana: ¿Cuál suceso en México lo marcó más?

D. L.:
En la obra vamos justo detrás de esos eventos que marcan no solo al país, sino a Ricaño y a mí. Uno determinante sin duda es el terremoto de 1985 que cobró unas 40.000 víctimas en Ciudad de México. A los que estábamos en el D. F. nos hizo despertar y volcarnos a vernos los unos a los otros, a ver qué le pasaba al prójimo. Ese desastre, como decimos acá, nos zangoloteó.

Semana: ¿Y cómo asumió el asesinato del candidato presidencial Colosio?

D. L.:
Nadie olvidará cómo asesinaron a aquel candidato del PRI en Tijuana, en la zona de Lomas Taurinas. De repente, en frente de todos, del público y de las cámaras de televisión, le dispararon. Tristemente era una época en las que las elecciones no contaban, porque como se dice antes de los mundiales: “El fútbol es un deporte de 11 contra 11 en el que siempre gana Alemania”. En nuestro caso, siempre ganaba el PRI.

Semana: Volviendo a la escena. En Colombia la gente conoce más a Diego Luna como hombre de cine que como de teatro. ¿En dónde se siente mejor?

D. L.: No diría mejor, pero sin duda creo que el espacio del actor es el teatro. La libertad y el control que se tiene en un escenario es enorme comparándolo con la labor de un actor en cine. Además, llevo muchos mas años trabajando en teatro y lo sigo disfrutando mucho. 

Semana: ¿Por qué en algún momento usted dijo “creo que soy muy mal actor y me va mejor como director”?


D. L.:
¡Era un chiste! Pero sin duda en estos últimos años me he enfocado más en la dirección de cine (ha hecho películas sobre el sindicalista César Chávez y sobre el boxeador Julio César Chávez). Dirigir ha representado un nuevo y emocionante reto en mi vida. Pero nunca dejaré de actuar. 

Semana: ¿Cómo explicar el éxito de los mexicanos en Hollywood?


D. L.: Por dos razones: porque en mi país están surgiendo diferentes voces y por la importancia que Hollywood le da cada vez más a la diversidad. Hoy el cine en Estados Unidos se ha enriquecido mucho con creadores que muestran una realidad distinta.

Semana: ¿Qué recuerdos tiene de Colombia y cómo le fue cuando vino con alguna obra?


D. L.: Trabajé como actor en un montaje que fue invitado hace muchos años al Festival de Bogotá, la obra se llamaba El cántaro roto. Tengo muy gratos recuerdos de esa experiencia y estoy muy emocionado de poder volver a Colombia.
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