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| 9/5/2004 12:00:00 AM

El gran provocador

Se cumplen 10 años de la muerte de Charles Bukowski, un mito de la literatura del siglo XX. ¿Cuál es el legado del controvertido escritor?

Me gustan los hombres desesperados, hombres con los dientes rotos y los destinos rotos. También me gustan las mujeres viles, con las medias caídas y arrugadas y con maquillaje barato. Me gustan más los pervertidos que los santos. Me encuentro bien entre los marginados porque soy un marginado. No me gustan las leyes, ni morales, religiones o reglas. No me gusta ser modelado por la sociedad". Así se definía Charles Bukowski en una entrevista que concedió en 1987. Y fue por declaraciones como esta que se convirtió en un ícono de la rebeldía, en un heredero de los poetas malditos, en uno de esos escritores que muchos citan pero que pocos leen de verdad.

Bukowski siempre fue un sobreviviente. Nació en Andernach, Alemania, un pequeño pueblo a orillas de Rin, y desde los tres años vivió en Los Ángeles con su padre, un alcohólico que lo golpeaba constantemente. A los 16 años sufrió una enfermedad en la piel que le dejó unas impresionantes cicatrices en la cara y la espalda, lo que lo convirtió en un adolescente aislado. Se refugiaba entonces en la librería pública donde leía a Céline, D.H Lawrence y Chejov.

Después de pasar unos meses en la universidad descubrió que lo suyo era la bebida y las apuestas. Durante largo tiempo vivió del dinero que se ganaba en el hipódromo de Santa Anita y, cuando tenía mala suerte, dormía en los parques. Lo único que le importaba en ese momento de su vida era beber. A los 25 años comenzó a escribir relatos cortos que enviaba a revistas literarias como Harper's y The New Yorker. Pero los editores de estas prestigiosas publicaciones, un poco aterrados por la crudeza de los cuentos, ignoraban sus textos. Él entendió estos rechazos como una falta de talento y prefirió dedicarse a buscar trabajos temporales como portero y cartero. En las noches se iba a emborrachar a los peores bares de Los Ángeles y por lo general terminaba envuelto en peleas callejeras. Neeli Cherkoski, autor de Hank: la vida de Charles Bukowski, afirma que durante ese período Bukowski pasó varias noches en la cárcel y trató de suicidarse tres veces.

En 1942 se fue a vivir con Jane Cooney Baker, una prostituta que conoció en un bar. Durante una década se dedicaron a vagar por la ciudad y a tomar cantidades enormes de alcohol. Pero esta primera historia de amor no tuvo un final feliz: ella murió intoxicada y él, con sólo 35 años, estuvo a punto de morir a causa de una úlcera. Esta experiencia quedó registrada en Barfly, una película del cineasta francés Barbet Schroeder basada en un guión del mismo Bukowski.

Después de la muerte de Jane, Bukowski se quedó solo y se dedicó a escribir sobre todo lo que odiaba del mundo, todo lo que lo obsesionaba. Esa sería la actividad que ocuparía la mayoría de su tiempo en los siguientes 40 años. Sus primeros textos eran una mezcla de poesía y relato breve que siempre sucedían en el bajo mundo y giraban en torno a los mismos seres oscuros: prostitutas, borrachos, jugadores empedernidos y delincuentes. Bukowski describió con detalle lo más decadente de la sociedad estadounidense y fue uno de los primeros que se atrevió a hacer literatura a partir del mundo underground: sus personajes eran los hombres y las mujeres que no estaban invitados a hacer parte del 'sueño americano'.

En 1960, en pleno auge de la sicodelia, Bukowski publicó su primera obra con la pequeña editorial Hearse Press. El libro de poemas Flower, Fist and Bestial Wail (algo así como Flor, puño y gemido animal) lo convirtió de inmediato en una voz importante de la escena de la poesía underground. Los editores de revistas literarias de vanguardia lo llamaban para que publicara sus textos y las librerías lo invitaban para que diera recitales. Bukowski empezó a convertirse en mito. Pero a él sólo le importaba beber.

A pesar de la fama, nunca cambió su estilo de vida. Cuando lo invitaban a recitales llegaba borracho e insultaba al público, y cuando daba entrevistas se burlaba del periodista. Siempre evitó los ambientes literarios y académicos y se escondía en los bares y en habitaciones de moteles. Pero su comportamiento sólo servía para aumentar su fama.

Durante la década de los 60 y 70 publicó libros tan exitosos como Escritos de un viejo indecente (1969), Cartero (1970), Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones (1972), La máquina de follar (1972), Factótum (1975) y Shakespeare nunca lo hizo (1979). Estos libros no se pueden clasificar bajo ningún género preciso. Bukowski sólo escribía sobre las cosas que conocía, sin ninguna pretensión de hacer "gran literatura". Según él, porque encontraba toda la literatura pálida y sin vida. De hecho, sus textos no se parecen a nada de lo que se publicaba en ese momento. Algunos tratan de ver similitudes con los poetas de la generación Beat (Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs, entre otros); pero en realidad sólo hay algunas coincidencias: Bukowski nunca quiso pertenecer a ese grupo. Es más, varias veces se quejó de lo que publicaban: "Me parece que no se arriesgan demasiado, se están conteniendo demasiado, no afrontan la realidad".

Pero poco a poco Bukowski se convirtió en el personaje principal de su obra. De hecho, el protagonista de casi todas sus narraciones es Henry Hank Chinaski, un álter ego que tiene sus mismos vicios y gustos. La mayoría de lectores comenzaron a buscar novelas sobre Bukowski y no novelas de Bukowski. Esto le quitó mucho brillo a su trabajo de los años 80. Durante ese período publicó muchos menos que en los años anteriores. Sin embargo quedan grandes obras como La senda del perdedor (1982), Música de cañerías (1987) e Hijo de Satanás (1990). Además empezaron a aparecer miles de imitadores: escritores mediocres que querían hacer carrera insultando a todo el mundo y escribiendo sobre su sexualidad y sus peleas.

Bukowski murió en 1994, a los 74 años, una edad sorprendente para alguien que llevó semejante estilo de vida. Su gran aporte a la literatura estadounidense, y a la literatura en general, fue su honestidad y su búsqueda de una literatura menos artificial, más viva.
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