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| 7/4/2004 12:00:00 AM

El gran salto

Como nunca antes, los periodistas colombianos se están aventurando en el campo de la literatura. ¿Es posible que los dos oficios convivan con buena calidad?

Todo escritor contemporáneo debe pasar por el periodismo", afirmó en alguna oportunidad el escritor italiano Alberto Moravia, refiriéndose a la polémica sobre si es posible ser a la vez un buen periodista y un buen escritor. ¿Son indisolubles estos dos oficios? Emile Zola, Alejo Carpentier, Norman Mailer, Ernest Hemingway, Carlos Fuentes, Truman Capote y, por supuesto, Gabriel García Márquez son algunos de los más claros ejemplos de que un hombre puede hacer buen periodismo y buena literatura al mismo tiempo. Son casos que permiten pensar que quien escribe una buena crónica o un gran reportaje también puede producir una novela destacada o un cuento memorable.

España y México, en tiempos más recientes, han visto muchos casos de periodistas que publican novelas, como Arturo Pérez Reverte, Maruja Torres, Rosa Montero, Paco Ignacio Taibo II y Elena Poniatovska, entre otros. Ellos han alcanzado un importante reconocimiento en ambos campos, aunque con ciertos altibajos y en más de una ocasión han debido soportar duras críticas.

En Colombia este fenómeno se hace cada vez más frecuente. Periodistas de amplia trayectoria en los principales medios de comunicación del país han cedido ante la tentación de la literatura: desde Antonio Caballero (columnista de SEMANA), Laura Restrepo (reportera y editora de SEMANA en los primeros años 80), Daniel Samper Pizano (reportero y columnista de El Tiempo), Juan Gossaín (director de RCN Radio), Javier Darío Restrepo (Noticiero 24 Horas) , Fernando Quiroz (cronista y reportero, director de la revista Jet Set), hasta ejemplos más recientes como Mauricio Vargas (director de Cambio), Patricia Lara (ex directora de Cambio 16 Colombia), Juan Carlos Garay (periodista cultural de radio y crítico de música de SEMANA), Jimmy Arias (redactor y crítico de cine de El Tiempo), quienes tienen en proceso o están a punto de terminar sus libros. Estos son apenas algunos ejemplos de una tendencia cada vez más evidente, a la que se suman otros casos particulares, como los de Germán Castro Caycedo y Antonio García. A pesar de que Candelaria salió a la venta bajo el rótulo de novela, Germán Castro Caycedo insiste en que el libro no es una novela. Él mismo dice no escribir ficción, y por eso no se considera parte de esta lista. Como tampoco entraría Antonio García, ex jefe de redacción de la revista SoHo, quien ante todo quiso ser escritor y no periodista. De hecho, García ya trabaja en su nueva novela.

Periodismo y literatura son muy afines por su misma esencia: la escritura y la necesidad común en ambos de contar bien una historia. Pero las diferencias son enormes y quienes han hecho las dos cosas dicen que prácticamente son oficios incompatibles si se quiere hacer buena literatura. "La dificultad que yo le veo es eminentemente práctica, es una cuestión de tiempo. Lo deseable sería que el escritor se dedicara de tiempo completo a eso, a su investigación, a pulir la redacción, a discutirla, a reelaborarla. Todo ese proceso penoso cuando se quiere hacer algo que valga la pena. El periodista que está alternando eso con su ejercicio profesional no lo puede hacer bien pues trabaja a ratos", dice Javier Darío Restrepo.

Algo similar opina Juan Gossaín, autor de las novelas La mala hierba, publicada en 1980, la más reciente La Balada de María Abdalá y de un libro de cuentos que está próximo a terminar: "Siempre he tenido la impresión, un poco gráfica, de que la vida es un tren. La gente se monta en el tren del periodismo esperando que los lleve a la estación de la literatura y entonces salen mal ambas cosas, la literatura y el periodismo. Yo me puse a escribir en serio cuando dejé de escribir periodismo, es decir, cuando me dediqué a la radio. Yo tenía claro que escribir para un periódico era muy diferente a la ficción. Veo con mucha preocupación que en los muchachos periodistas de hoy no hay afán por contar lo que está pasando sino en echar su propia literatura, generalmente mala, y perjudicial para el periodismo. Todo lo que uno está leyendo son unas crónicas de mala literatura y de mal periodismo. Es absolutamente imposible hacer las dos cosas al tiempo".

El tiempo y los géneros como tal son dos dificultades evidentes. Restrepo confiesa que después de terminar los dos primeros capítulos de Edad de sangre, María Teresa Herrán los leyó y le preguntó: "¿Qué quieres escribir exactamente: ¿una novela o una crónica?". "Yo sabía que esos capítulos tenían un acento de crónica -dice Restrepo- y sentía miedo de entrar en otro campo donde no se tiene que ser veraz como en el periodismo, pero sí verosímil. En el periodismo a veces uno trata de evitar los adjetivos porque es una manera de opinar. Pero en la literatura son necesarios. La dificultad de quitarse esa naturaleza del periodista que está acostumbrado a comprobar todo dato, a no permitir vuelos de imaginación, es muy compleja. Al entrar al campo de la ficción te sientes muy extraño, muy ajeno, estás en otro país, en otro mundo".

Qué decir y cómo decirlo

Muchos periodistas sienten que van acumulando historias y personajes que han recogido a través de su trabajo como testigos de la realidad del país y que, probablemente, podrían tener un mejor desarrollo en la ficción. "La ficción puede ser la continuación de la no ficción. Lo que más empecé valorando en este ejercicio fue la libertad, hasta que me di cuenta de que es más esclavizante ser fiel a la historia que se le viene a uno a la cabeza que a los datos que uno recopila como reportero. En la ficción se tiene que garantizar que cuando algo ocurre ocho años después, esa cifra coincida. El rigor debe ir tan lejos como en el reportaje periodístico de profundidad. En un reportaje la ventaja es que los hechos están dados y uno los escribe. En la ficción todo lo que uno escriba, así sea fantástico, debe ser creíble. Eso es mucho más exigente. Cuando se escribe no ficción nadie le pide que se introduzca en el alma de un personaje. Si acaso en la mente. En la ficción hay que construir un alma. Y la única manera es explorando la propia alma. Ese ha sido un sacudón personal bastante fuerte. Aunque suene a lugar común, aparecen los fantasmas y la única manera de matarlos es contando la historia o poniéndoles el vestido de algún personaje", opina Mauricio Vargas, quien publicará su novela en septiembre.

Germán Castro Caycedo piensa que el periodismo, entendido como 'literatura-no ficción', es el género que hay que seguir. "Cuando estamos viviendo en una realidad como la colombiana, con una dinámica tan impresionante, ¿para qué la ficción? ¿para qué la novela? García Márquez, Camus, Hemingway o Zola, por ejemplo, son ante todo cronistas de realidades. Son cronistas y ahí está la genialidad. Yo creo más que nada en el periodismo hecho con el alma, el periodismo de largo aliento, de trabajarlo durante un año o dos, yo no creo en la ficción pero sí en la literatura no-ficción".

Antonio García, autor de Su casa es mi casa, opina: "A mí me gusta más la literatura porque para mí son oficios distintos aunque ambos se hagan escribiendo y utilizando el idioma de una forma plástica. Pero si consideramos al arte como los predios donde se podrían ejercer ambos oficios, la literatura es propietaria mientras el periodismo escrito vive en arriendo". Para Patricia Lara, quien publicará su primera novela el próximo año, es entendible que los periodistas se sientan cada vez más cerca de la literatura. En su caso ha trabajado mucho la investigación periodística que le ha permitido conocer a fondo a varios personajes. "La literatura es un estado superior y permite decir más la verdad que en un reportaje periodístico", dice.

Muchas veces los lectores reciben con escepticismo libros de quienes han ejercido principalmente en los medios de comunicación. ¿Cuántos de estos libros formarán parte de la gran literatura colombiana? ¿Hasta qué punto los periodistas escritores se benefician de que sus nombres ya sean familiares para el público cuando incursionan en la literatura? ¿O será este un ejemplo más de una tendencia universal en el ámbito de la cultura, donde cada día son más sutiles las fronteras entre técnicas y géneros?
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