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| 1/14/1991 12:00:00 AM

EL HABITO NO HACE AL MONJE

Luis Alfonso Ramírez disfraza la realidad violenta con figuras sacras.

EL HABITO NO HACE AL MONJE EL HABITO NO HACE AL MONJE
En cualquier otro momento histórico, seguramente las pinturas de Luis Alfonso Ramírez que expone en estos días la Galería Duque Arango, de Medellín no serían más que una bien lograda recreación de los grandes motivos de maestros como Carvaggio, Velásquez o Zurbarán.

Pero la violencia, la angustia, el desánimo y, por supuesto, la esperanza que ronda ahora por los rincones del alma de los colombianos hacen que estas acuarelas con figuras en tono sacro se conviertan en un punto para la reflexión profunda.

A primera vista el espectador se encuentra con pinturas que muestran frailes sombríos, casi nunca con sus ojos expuestos, realizando algunas de las actividades cotidianas y de las obras de caridad que suelen encargarse al buen espíritu de los hombres que han dedicado su vida por entero a Dios. Se los ve rezando, meditando, preparando la lectura del día en el santoral y recogiendo hombres caídos. Pero muy pronto se adivina que sus rostros tapados, que su ubicación en el espacio y su posición frente al ojo que los admira muchas veces están de espaldas son los encargados de transmitir un mensaje. Fondos oscuros y sombras indescifrables contrastan con los tonos claros de los primeros planos, y resulta un juego que enfatiza la comunicación visual.

Cuando se comprende que hay una intención premeditada, se descubre que cada fraile es un fraile distinto. Si bien la caracterización los hace casi iguales, porque de hecho se trata de establecer un hilo conductor en el propósito analítico, es indudable que el monje que se ha sentado a las puertas del convento en aparente oración no es el mismo que ha preferido ponerse de espaldas a la realidad que se vive. El primero tal vez ha optado por encomendar a Dios la solución de algo que parecería no tener remedio. El segundo no puede entender porqué le ha tocado vivir en un momento de tanta tensión:

Seguramente se sentiría mejor en el medievo, internado en el más recóndito de los monasterios, de manera que pudiera escapar a la desagradable experiencia de observar cómo decae una sociedad.

Por medio de sus acuarelas, trabajadas a la manera del óleo, Luis Alfonso Ramírez logra una atmósfera teatral con suficiente aire, por cierto, como para dar cabida a los fantasmas de la realidad, en la cual instala personajes que a veces más parecen seres inanimados, colocados en un punto exacto. Lo cierto es que, en este caso sí, la procesión va por dentro.

Parecen inconmovibles, por ejemplo, en esa "Flagelación", en la que el mártir no es otro que alguno de los torturados de la actualidad. Pero, así mismo, el mártir tampoco está identificado con masacre alguna ni parece rescatado de una vulgar balacera callejera. Su cuerpo también está intacto. No hay sangre que ruede sobre la piel. Ni si quiera aparece despeinado. Entonces, dramáticamente, se comprueba que ese hombre puede ser cualquiera de los que ha sufrido la violencia del país: la mayor tortura se ha aplicado sobre su espíritu, sobre sus sentimientos, y no en sus carnes.

Exposición ésta, de la Duque Arango, muy adecuada para el final del año, cuando muchos hombres emprenden un balance y entregan algunos momentos a la meditación. Las acuarelas de Ramírez se prestan, como pocas, para este propósito. Es imposible pasar de largo sobre ellas.

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