Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 1998/06/01 00:00

EL HIJO DE BROOKLYN

A 10 años de su muerte Jean Michel Basquiat, el niño genio de los 80s, vuelve a ocupar la atención del mundo artístico.

EL HIJO DE BROOKLYN

Los 14 años Jean Michel Basquiat dibujaba grafitos en las estaciones del metro de Nueva York y en los muros de las calles de Brooklyn. A los 28 lo encontraron tirado en el piso de su apartamento, aniquilado por una sobredosis de heroína. Bastaron tres lustros para llamar la atención del mundo. En realidad sólo necesitó de ocho años, los ocho desenfrenados años de la era Reagan, durante la cual la economía estadounidense vivió una época de prosperidad sólo equiparable a la de los años 20. Por aquel entonces la danza de los millones invitó a bailar por igual a los magnates de la banca y la bolsa, de la finca raíz y las finanzas, en medio de un delirio dirigido bajo la batuta de Wall Street. El arte no sería la excepción. Cobijados por una dinámica que no parecía conocer límite, galeristas y dealers aprovecharon la ocasión para disparar los precios de la pintura a niveles ridículos. Las obras de Picasso y las de algunos de sus contemporáneos; las de impresionistas y expresionistas, habían pasado de venderse en miles de dólares a cotizarse en montos que superaban los seis ceros, mientras los artistas jóvenes, buenos y malos no importaba, se unían embriagados y dichosos a la celebración del mercado libre y la especulación.
El pop art conoció su mayor esplendor en el mercado y, de alguna forma, sería visto como el símbolo de la pródiga era de los 80. Sin embargo ningún artista pudo definir y resumir con su vida el período de manera tan escalofriante como Basquiat.
Tímido y pasional, rebelde y depresivo, Basquiat cruzó la década con una intensidad inusitada para un joven de su edad. Hijo de madre puertorriqueña y padre haitiano, había nacido en Brooklyn en 1960, en el seno de una familia de clase media en ascenso. Atropellado por un carro a los seis años, tuvo que soportar la extirpación de medio páncreas, pero su convalecencia le serviría para descubrir a Gray, cuyo famoso libro de anatomía iría a constituirse en apoyo primigenio en su precoz incursión por el arte. A partir de entonces no hizo otra cosa que dibujar sin que alguien sospechara los reveladores dictámenes de su mente. No por otra razón nadie pudo explicar los mecanismos que llevaron a Basquiat a enviarle al jefe de la FBI a los nueve años un dibujo de una Colt, esperando con impaciencia una respuesta que nunca llegaría. O por qué decidió tiempo después, a los 15 años, embadurnarle la cara al director de la secundaria con crema de afeitar, un incidente que determinó la salida del plantel y la renuncia de Basquiat a completar sus estudios.
También abandonaría el hogar, y una vez suelto en el distrito de Soho, comenzaría a crear su mundo alrededor del movimiento grafitero, cuyas manifestaciones empezaban a asomar a finales de la década del 70 en los puentes, avenidas y estaciones de metro en Nueva York. Muy pronto los peatones identificarían los mensajes de SAMO_, seudónimo cuyo significado literal era el de "la misma mierda de siempre". Su signo de copyright (_) llamó de inmediato la atención de galeristas e independientes. No sólo respondía al afán de un hombre por la figuración sino que reproducía fielmente el espíritu artístico de la época. El descubrimiento estaba hecho. Basquiat trasladó su técnica de los muros a los lienzos, a los papeles reciclados e incluso a la madera. La rebeldía de su espíritu y su temperamento primitivo contribuyeron a dispararlo. Su raza y su origen antillano le permitirían conectarse con sus ancestros antillanos por medio de lo que él mismo reconocería como su "memoria genética". A los ojos de críticos y galeristas era un niño prodigio, la demostración de que el talento y la fama artística podían surgir del natural, sin necesidad de formación alguna.
Contaba apenas con 20 años de edad y el alba de los 80 lo recibía como al esperado hijo de los dioses. Sólo en 1982 realizó 13 exposiciones colectivas y seis individuales en importantes galerías de Los Angeles, Roma, Zurich y Rotterdam. En apenas 24 meses su trabajo había superado las expectativas y sus obras se vendían literalmente como pan caliente; primero en 35.000, luego en 100.000 y más tarde en precios que sobrepasaban los 250.000 dólares. Lo demás es historia. El fenómeno crecería como bola de nieve hasta su muerte.
La manera de convertir sus impulsos en arte, de dirigir sus instintos hacia alucinantes despliegues de improvisación, lo hicieron comparar con Rimbaud y con Charlie Parker. En cierta forma se comportaba igual, algo que los mercaderes de arte sabrían aprovechar muy bien. Al igual que Parker y Rimbaud, Basquiat se servía de las drogas para ingresar a sicodélicos estados de inspiración. Andy Warhol, a quien conoció en 1983 y se transformó desde entonces en una especie de padre adoptivo _incluso realizaron trabajos conjuntos_, le advirtió de los peligros de la heroína, pero su ritmo de trabajo le impidió salir del infierno.
Insoportables momentos de depresión eran alternados con jornadas laborales que se extendían hasta por tres días. Sus compromisos de mercado lo exigían, pero también las deudas contraídas por el vicio. Sus entradas eran escandalosas, pero igual de escandaloso era su derroche. Al fin y al cabo antes que la plata le importaba era la figuración. Y figuración tuvo de sobra. Se había convertido en una moda en una época en que la moda era en sí misma una moda; mientras su nombre no dejaba de aparecer, para mal o para bien, en las plumas de los críticos.
Hasta que sucedió lo inevitable. Una sobredosis de heroína lo despojó de la vida una madrugada de agosto de 1988, en el momento de mayor efervescencia de su obra. Pocas semanas antes había intentado desintoxicarse en Hawai, pero su destino estaba sentenciado. Su temprana muerte, como el silencio poético de Rimbaud, lo transformó en mito. La danza de los millones de Wall Street había estallado un año antes. Basquiat, su paradigma artístico, no podía terminar de otra manera.
Diez años después de su muerte Basquiat ha vuelto a ponerse de moda. Una polémica película alrededor de su vida y una gran retrospectiva, que será inaugurada en las primeras semanas de mayo en la galería de Tony Shafrazi, uno de sus más significativos representantes, son apenas dos signos de su resurrección. Con la perspectiva de los años transcurridos y los precios del arte encarrilados en sus justas proporciones, los críticos han decidido desempolvar su obra con un propósito definido: saber si Basquiat fue un artista por sí mismo, o simplemente un símbolo de la especulación.
Independientemente de la respuesta, lo único cierto es que Basquiat logró construir en torno suyo un mito que difícilmente podrá evadir la historia del arte contemporáneo.

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