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| 2/13/2016 12:00:00 AM

El hijo de Saúl

La ópera prima del húngaro László Nemes, nominada a mejor película extranjera en los Oscar, retrata opresivamente la vida de un judío que trabaja en un campo de exterminio. ***

Título original: Saul Fia

País: Hungría

Año: 2015

Director: László Nemes

Guion: László Nemes y Clara Royer

Actor: Géza Röhrig

Duración: 107 min

Primo Levi en Si esto es un hombre, la crónica sobre su paso por el campo de exterminio de Auschwitz, detallaba una clase especial de detenido con el que, dice, no valía la pena interactuar: “Aunque sumergido y empujado sin cesar por la multitud innumerable de seres como ellos, sufren y se arrastran en una opaca soledad interior, y en soledad mueren o desaparecen, sin dejar ningún rastro en la memoria de nadie”.

Es una definición que encarna a cabalidad el rostro del protagonista de esta película, Saúl Auslander (Géza Röhrig), con sus ojos hundidos, la quijada prominente, las cejas escasas que le dan a su mirada algo extraviado e ilegible. Es un rostro al que la película vuelve con insistencia, como si su inexpresividad y opacidad ofrecieran un misterio que puede abrirse si se lo mira con la intensidad suficiente.

Es una película sobre el Holocausto y sobre los horrores cometidos en los campos de exterminio y, como tal, es una experiencia desgarradora. ¿Cómo enfrentar en imágenes a ese horror sin banalizarlo, sentimentalizarlo, sin minimizarlo y volverlo un folletín de tres pesos?

La respuesta de El hijo de Saúl es pegarse a su protagonista tan de cerca que lo que lo rodea queda apenas sugerido, convertido en una serie de imágenes desenfocadas, que oprimen el encuadre (está filmada con las proporciones más cuadradas de las televisiones antiguas), pero que resuenan en la imaginación gracias a lo poco que alcanza a mostrar y a un diseño de sonido espeluznante.

Saúl es un judío húngaro que hace parte de un sonderkommando, un escuadrón de prisioneros encargado de procesar el flujo de personas que llegan a morir en las cámaras de gas, es decir, uno de los tipos que los recibe y los apura mirando al piso mientras algún oficial explica en alemán que solo van a ducharlos, que hay trabajo para todos, que después del baño les espera un té caliente, que no se preocupen por nada.

Es como si el peso de saber lo que sucede y que no puede compartir con los recién llegados a riesgo de morir hubiera hecho colapsar a Saúl, dejando apenas el andamiaje exterior. En una de las sesiones de horno, aparece un niño sobreviviente. Y aunque un doctor lo despacha ahí mismo, Saúl queda convencido de que se trata de un hijo suyo y que necesita enterrarlo dignamente, con un rabino que entone el Kaddish (la oración funeraria judía) por él.

Acá, el apretujamiento de las imágenes se vuelve también apretujamiento dramático, con la película intentando balancear el retrato de la vida cotidiana de estos hombres en su oficio terrible y envilecido, con la historia del niño y la de un plan de alzamiento por parte de los otros sonderkommandos.

Es un abigarramiento efectivo pero que, en cierto sentido, minimiza la enormidad del rompimiento con lo humano que sucedió en estos campos de exterminio. Quizás menos sucesos simultáneos, menos historias tan dramáticas, menos búsquedas frenéticas habrían transmitido una mejor idea del horror frío y sistemático que se encarnó como nunca antes en la “solución final”.

Cartelera

**** Excelente ***½ Muy buena *** Buena **½ Aceptable ** Regular * Mala

El niño *

Una niñera llega a una casona inglesa a cuidar un niño que resulta ser un muñeco de porcelana, en esta película de terror sin lógica ni sobresaltos.

El renacido ***

Alejandro González Iñárritu continúa sus crónicas de hombres sufridos en la historia de venganza de un tipo dejado por muerto.

Carol ***

Todd Haynes regresa al cine tras ocho años de ausencia con un retrato elegante y frío de un amor prohibido entre dos mujeres en los cincuenta.

Conspiración y poder **

Recreación tediosa y sin gracia de un escándalo periodístico real que desperdicia un elenco de primera.

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