Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/02/23 00:00

El hombre que le agregó cuerdas a la bandola

Se conmemoran los 150 años del nacimiento del compositor Pedro Morales Pino.

En Cartago funciona el Conservatorio de música Pedro Morales Pino creado en honor al maestro. Foto: Luis Ángel Murcia.

Sin temor a exagerar, podría decirse que el maestro Pedro Morales Pino es el ‘científico de la música’. Compositor, arreglista, bandolista y hasta pintor, figuran entre las bondades de este artista innato que nació hace 150 años en Cartago, Valle, un pequeño municipio ubicado al sur occidente del país.

Precisamente, en esa ciudad se dieron a la tarea por sacar del olvido a semejante artista y recuperar su memoria y el valor histórico de su legado. Este viernes 22 de febrero se cumplió el sesquicentenario de su nacimiento, “los actos conmemorativos se extenderán hasta el 4 de marzo, día de su muerte”, explicó Libardo Díaz, sociólogo que coordina el homenaje.

Pese a que existen decenas de libros con su biografía y el inventario de sus obras, en la práctica su nombre se mueve más entre especialistas que reconocen en el maestro Morales a un artista integral.

Semejante calificativo no es para menos, ya que Morales Pino llevó lamúsica colombiana a la escritura, es decir al pentagrama, en una épocaen la que todo se hacía al oído. Además, sus dotes investigativas lepermitió experimentar con los instrumentos, y entre las grandestransformaciones figura el agregarle cuerdas a la bandola y cambiar suforma física, alejándola de la tradicional cintura, típica en lasguitarras.



Foto Luis Ángel Murcia.

Jaime Monsalve, jefe musical de la Radio Nacional, recordó en una entrevista reciente que gracias a esas cuerdas, “la bandola logró más temperamento y permitió explorar nuevos sonidos”.

Según escribió William Atehortúa Almanya en una de las tantas biografías que existen sobre el maestro, “uno de sus aportes fundamentales fue haber llevado el aire del bambuco al pentagrama. Por otra parte, la historia de la música colombiana no registra otra persona que haya divulgado en forma tan amplia y original nuestros sonidos, en una época marcada por la limitación de los medios de comunicación. Sus varias excursiones artísticas por el país y por América Central y Estados Unidos a principios del siglo XX, y por Suramérica años más tarde, son muestra fehaciente de ello”.

En efecto, el bambuco fue uno de los géneros musicales que más avanzó en Colombia de la mano del maestro Morales Pino. Algunos creen que la internacionalizó, gracias a sus viajes.

En una de esas giras por Guatemala conoció a la pianista Francisca Llerena, con quien se casó y tuvo cuatro hijos (Alicia, Rebeca, Raquel y Augusto) este último es el único que dejó descendencia. Su hija Eugenia Morales está viva y reside en Bogotá, “lamentablemente nadie en la familia siguió su vena musical, tal vez por el impacto que les causó a mi padre y mis tías, la agonía de su muerte”, dijo doña Eugenia a Semana.com.


Foto Luis Ángel Murcia.

Pero no fue necesaria la semilla musical en la familia, ya que según registros biográficas sus conocimientos fueron bien heredados en “una lujosa nómina de discípulos”: Ricardo Acevedo Bernal, Emilio Murillo, Fulgenio García, Carlos Escamilla, Luis A. Calvo, Alejandro Wills, Max y Pedro Concha, Jorge Rubiano y los Romero.

Gracias a ellos y muchos más hoy los colombianos tienen la posibilidad de saber con certeza que el centenar de producciones y composiciones del maestro Pedro Morales Pino, van desde intermezzos, valses, danzas, pasillos, gavotas, bambucos y otros.

En ese inventario reposan piezas artísticas conocidas como los pasillos Joyeles, Reflejos, Lejanía, Pierrot, Confidencias, Intimo, Una vez y los bambucos El Fusagasugueño y Cuatro Preguntas; valses como Ana Elisa, Mar y cielo, Voces de la Selva y Los Lunares.

Ahora, 150 años después de su nacimiento, los cartagueños quieren que el ‘científico de la música’ que le agregó cuerdas a la bandola y puso los bambucos en el pentagrama, ocupe el lugar que se merece en la historia musical de Colombia, y de paso resarcir el penoso calvario que padeció días antes de morir a los 64 años de edad, víctima de una cirrosis y en completo olvido.

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