Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1993/08/09 00:00

EL HOMBRE DEL BODEGON

Alberto Iriarte, "Mefisto", fue un pintor relativamente desconocido, cuya obra será quizá más conocida después de su muerte.

EL HOMBRE DEL BODEGON

POCOS RECONOcen su nombre. Incluso su muerte, ocurrida hace algunos días, pasá prácticamente inadvertida. Pero aunque no se haya oido hablar mucho de Alberto Iriarte Rocha, "Mefisto", entre los coleccionistas un bodegón de "Mefisto" es una verdadera joya.
Este aristócrata cachaco, nacido en Bogotá en 1920 y graduado de arquitecto en la Universidad Nacional en 1941 con sobradas razones para convertirse en un profesional sobresaliente en su campo, decidio un buen día abandonarlo todo en aras de dedicarse a una pasión que sentía latir desde sus épocas de adolescencia: la pintura. Tal vez esta osadia -la de retirarse a hacer lo que le daba la gana-fue la que ocasionó que sus amigos y admiradores tejieran alrededor de su exótica vida toda una leyenda. Iriarte inició sus trabajos profesionales en Bogotá. Más tarde, a finales de los años 40, tuvo la oportunidad de ingresar a la agencia de José Luis Sert, una de las más prestigiosas firmas de arquitectos de Nueva York.
Cinco años más tarde viajó a Caracas. una ciudad en plena expansión, donde practicó su profesión en algunos de los más importantes proyectos de la época durante 16 años. Fue entonces cuando tomó la determinación de abandonarlo todo y huir a un rincón tranquilo de Colombia que le permitiera dedicarse a hacer lo que todo el mundo sueña: leer, escuchar música y pintar, olvidandose de la cotidianidad agobiante del trabajo y la ciudad. Casado con una elegante dama de la sociedad antioqueña, se fue a vivir a una finca en Envigado, de donde no se apartaría jamás.
Tenía 50 años en el momento de transformar su vida.
Durante las dos décadas posteriores sólo salió de su finca para realizar algunos viajes a Europa, Estados Unidos y Caracas.
En Envigado nació la totalidad de las obras que se conocen de Mefisto: una serie de bodegones sobre hortalizas, frutas, floreros y pequeños animales que hacían remitirse a la época dorada del bodegón en España, el siglo XVII, y en especial al maestro Zurbarán.
Quizá sus tradicionales temas en el óleo provocaron que los críticos lo consideraran un caso aislado en la historia del arte nacional, que no ofrecía necesariamente un aporte a la pintura contemporanea. Al fin y al cabo, que Mefisto estuviera obsesionado por pertenecer a lageneración del siglo XVII español, mientras los artistas contemporaneos a el -Grau, Obregón y Negret- se dedicaban a ser vanguardistas, fue algo que desconcertó siempre a la crítica. Sin embargo no dudaron en reconocer que era un pintor muy diestro en su género: la naturaleza muerta hiperrealista pintada a la manera de Zurbarán. Tan parecido era al maestro español que García Márquez escribió en 1982 la siguiente anécdota al respecto: "Hace algunos años entré en una casa de Bogotá, y me quedé sin aliento ante la belleza de un bodegón colgado en el muro de un comedor. "Que Mefisto tan estupendo", dije. "No es un Mefisto" me dijo la dueña de casa. "Es un Zurbarán". Tengo muy desarrollado el sexto sentido, que es el sentido del ridículo, y sin embargo esta vez no me hizo ninguna señal, porque la confusión era comprensible. Aquellos limónes sevillanos que en realidad eran de Zurbarán, no tenían por que avergonzarse de haber sido pintados por Mefisto, el más codiciado y secreto de los pintores actuales en Colombia".
Mefisto trabajaba sus óleos casi exclusivamente para sus amigos. Pero la aparente escasez de su obra le bastó para alcanzar a exponer en la galería Claude Bernard, en París, en 1982, con el texto de presentación firmado por el propio García Márquez. Decían que pintaba un cuadro por año, lo cual generaba que sus más fervientes seguidores tuvieran que hacer colas interminables para comprar alguna de sus obras.
En realidad, algo de esnobismo había en la valorización de sus cuadros, tal vez porque había logrado crear una leyenda alrededor de su vida. En realidad Alberto Iriarte era un pintor de sociedad. Y entre los mecenas que tienen algunas de sus obras se encuentran personalidades como Elvira Martínez, Hernando Santos, la familia Echavarría y Julio Mario Santo Domingo.
Con su muerte, causada por un cáncer descubierto hace menos de tres meses, se pierde, sin duda, a uno de los más importantes exponentes del bodegón: un pintor del siglo XVII que le tocó vivir en una generación que no le pertenecía. -

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