Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/03/12 00:00

El hombre soviético

El más reciente libro de Svetlana Aleksiévich, premio nobel de literatura, da las claves para entender lo que está ocurriendo en Rusia.

Svetlana Aleksiévich, escritora bielorrusa, Premio Nobel de literatura 2015. Foto: A.F.P.

El fin del ‘Homo sovieticus’

Svetlana Aleksiévich

Acantilado, diciembre 2015

643 páginas

La Unión Soviética se acabó en 1991 pero el Homo sovieticus sigue existiendo. El ‘nuevo hombre’, que quiso inventar el estado comunista durante más de 70 años, aún permanece en la conciencia de muchos rusos. Eso es lo que descubre Svetlana Aleksiévich, la más reciente premio nobel de literatura, en su extraordinario libro El fin del ‘Homo sovieticus’. Un hombre trágico. Y un hombre patético: ‘sovok’ (pobre soviet anticuado), le llaman despectivamente. Pero en todo caso se trata de un tipo de ser humano que no desapareció del todo tras la caída del comunismo: “Tengo la impresión de conocer bien a ese género de hombre. Hemos pasado muchos años viviendo juntos, codo con codo. Ese hombre soy yo. Ese hombre son mis conocidos, mis amigos, mis padres”.

Al Homo sovieticus, se lo distingue de buenas a primeras: tiene un léxico propio, una concepción propia del bien y del mal, de los héroes y los mártires, de la muerte. Es resentido y prejuicioso porque es heredero del gulag, de “la más horrible de las guerras”, de la colectivización, de las deportaciones de pueblos enteros. Se siente orgulloso de la hazaña de Yuri Gagarin y de haber formado parte de un vasto imperio. Le gustaba más el mundo cuando el diario Pravda le decía cuál era la verdad única y no tenía que confrontar varias versiones de la verdad. Más que un cómplice, se ve a sí mismo como una víctima. “¿Y de qué tengo que arrepentirme?”, fue una pregunta que Svetlana Aleksiévich escuchó a lo largo de sus entrevistas. Por cierto, cientos de entrevistas durante varios años, y no solo en Rusia, también en los países que hicieron parte de la Unión Soviética: Bielorrusia, Kazajistán, Turkmenistán, Ucrania. Svetlana pregunta, grabadora en mano, y obtiene unos testimonios impresionantes. ¿Cuál es el secreto? Su manera de preguntar. No pregunta sobre el comunismo, pregunta acerca del amor, los celos, la infancia, la vejez, la música, el baile, los peinados: los detalles de una vida que se fue, las huellas de la civilización soviética. El comunismo ‘doméstico’, ‘interior’. Interroga a la historia como un escritor, no en los grandes acontecimientos sino en los efectos que estos tienen en las personas concretas: “Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo”.

Los diversos testimonios se encuentran organizados en dos grandes partes. La primera, ‘El consuelo del apocalipsis’, empieza en la época de Gorbachov –“el sepulturero del comunismo”, “el traidor de la patria”, según dice un mariscal entrevistado- y empieza en las cocinas, el único lugar donde se podía hacer chistes y criticar al poder sin temor. “Ay, la misteriosa alma rusa… Todos se esfuerzan por comprenderla, buscan desentrañar su esencia en las novelas de Dostoievski. ‘¿Qué hay detrás del alma rusa?’, se preguntan todos. No es más que un alma: nos gusta charlar en las cocinas, leer libros”. Abundan los suicidas, aquellos que no pudieron vivir sin la presencia omnipresente del Estado y no se adaptaron a la nueva libertad y a la nueva sociedad capitalista. Acostumbrados al látigo y a la esclavitud, no supieron qué hacer con una libertad que les llegó sin buscarla, impuesta desde arriba. Aunque la cacareada libertad finalmente no fue gran cosa: la posibilidad de elegir entre más marcas de salchichones y de vodkas. Una libertad de supermercado. Y la tal sociedad capitalista resultó ser una banda de pillos vendiendo islas y recursos naturales. De la utopía fracasada al vacío. ‘El encanto del vacío’ se titula la segunda parte, que da cuenta del desencanto 25 años después. Y continúan los suicidios. Una policía, madre de una niña de 5 años, enviada a reprimir Chechenia, antes de suicidarse, deja la siguiente nota: “No sabía que era tan fácil matar. No puedo vivir con eso”.

Ahora, ha renacido Stalin, la moda soviética, los anhelos imperialistas; Putin es como un zar o un secretario general del partido, que cambió el marxismo-leninismo por la religión ortodoxa. Svetlana nos da las claves de lo que está ocurriendo en Rusia.

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