Domingo, 22 de enero de 2017

| 2007/01/13 00:00

El ilusionista

Edward Norton interpreta a un mago con poderes de brujo en una entretenida aventura que salvará estos primeros días de enero.

El ilusionista

Título original: The Illusionist.
Año de estreno: 2006.
Guión y Dirección: Neil Burger.
Actores: Edward Norton, Paul Giamatti, Jessica Biel, Rufus Sewel, Eddie Marsan, Jake Wood, Tom Fisher, Aaron Johnson.

En la Viena de comienzos del siglo XX, donde la gente aún cree en un par de cosas, un ilusionista llamado Eisenheim usa su magia, que roza lo sobrenatural, para ponerlos a todos en su sitio: al amor de su vida, Sophie, le recuerda que ha vivido una vida prestada durante muchos años; al príncipe Leopoldo, heredero del imperio austrohúngaro, le demuestra que no siempre los trucos están detrás de los hechos; al jefe inspector que lo persigue, Uhl, un hombre bueno que pretende escalar la pirámide de la aristocracia vienesa, le advierte que no se puede ascender en la sociedad sin pagar unos cuantos peajes morales, y a la gente de la ciudad, la gente de la asustadiza Viena de carruajes, le devolverá, ni más ni menos, ideas románticas como el heroísmo, la justicia y el amor que nunca muere. El ilusionista es, como se puede intuir, una película sumamente entretenida. Si no fuera por su cursilería, si no fuera por el aura dorada de sus imágenes y por sus cortísimas ambiciones, no dudaría tanto en recomendársela a todos los espectadores.

Porque los espectadores como yo, que valorarán las actuaciones teatrales (con ese falso acento vienés) de Paul Giamatti, Jessica Biel y Rufus Sewel, que disfrutarán el clasicismo de la narración, que se sentirán cómodos en esa atmósfera que no nos deja olvidar que es "sólo una película", se desanimarán ante una trama policíaca que no se reserva sorpresas para el final, se desencantarán cuando la historia de amor se vaya, más de la cuenta, por los senderos de las canciones de los Bukis, y se desilusionarán frente a esos efectos especiales tramposos, nada artesanales, que sacan de problemas a su director en los momentos en los que se requería más ingenio. El ilusionista no es, en ningún momento, una experiencia perdida. Es, eso sí, una manera insustancial de pasar una tarde insustancial. Y, para bien o para mal, hay tardes en que les exigimos mucho más a las películas.

No he mencionado a Edward Norton hasta el momento porque quería dedicarle al menos unas líneas a su talento para hacernos creer, incluso, en un relato tan absurdo como este. En un mundo de estrellas sobreexpuestas en los medios de comunicación, en un mundo en el que no se toleran los misterios, Norton, el escalofriante acusado de La raíz del miedo, el torpe galán de Todos dicen te quiero, el estupendo neonazi de Historia americana X, nos recuerda que un actor, un buen actor, es un hombre que tratamos de descifrar, sin mayor éxito, de obra en obra. Su contenida interpretación del mago Eisenheim (un buen tipo que es también un gran misterio) no nos deja salirnos de una historia que avanza sin mayores contratiempos, invita a especular sobre lo que habrá detrás de esta aventura sobre las bondades de la fe y enaltece las más sencillas secuencias de El ilusionista.

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