Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1982/07/05 00:00

El Inca que se quedó aquí

Amigo de Arguedas, de Guayasamín, de García Márquez, Armando Villegas "gambeteó" con ellos la pobreza.

El Inca que se quedó aquí

Desde las montañas quechuas de Mocumas llegó un día a la fría y desolada Bogotá de los cincuentas un jovencito bruno y desconocido, de 25 años. Había hecho el azaroso viaje por tierra después de obtener una beca de la Universidad Nacional para estudiar en su Escuela de Bellas Artes. Con los pocos amigos con que contaba en la Bogotá que vivía los efectos del abril del 48, pudo instalarse en una modesta pensión que quedaba justo frente a la Casa de Nariño. Vivían allí muchos inquietos estudiantes de derecho y medicina que con el tiempo llegaron a ser ilustres. Tan ilustres como ese bruno y desconocido jovencito que lleva un setenta y cinco por ciento de sangre indígena, como él mismo lo dice con modestia.


Vista a la distancia, aquella época adquiere un tono romántico. Pero Armando Villegas, el bruno y desconocido jovencito, tan indígena como ese otro gran pintor americanista, Oswaldo Guayasamín, la recuerda como un tiempo en que "gambeteábamos la pobreza", igual que en el tango. Con todo fue una edad dorada. Los artistas parecían contar con un tema y tener algo que decir. Las perplejidades sicológicas eran con frecuencia más una impostura "snob" que un sentimiento auténtico. Y quienes sobrevivieron a la búsqueda de una identidad propia son quienes constituyen hoy el punto de partida más valioso de lo que han aportado las artes latinoamericanas a la cultura universal.

CUADROS A 25 PESOS

El fenómeno artístico de los cincuentas es curioso y vale la pena reseñarlo. En un principio se hablaba de Colombia como el país de la vanguardia en las artes plásticas en América Latina. Sin embargo, el arte que se producía hasta ese momento era más un reflejo de las tendencias modernistas de Europa y los Estados Unidos, que un arte que correspondiera a una genuina sensibilidad de esta zona del mundo. Ocurre entonces la aparición de una novelística y una poesía con raíces en la historia latinoamericana, pero que sorpresivamente comienza a ser vista por la crítica mundial como una literatura de proyecciones mucho más amplias. El "boom" García Márquez:, Vargas Llosa, Carpentier, Cortázar y unos cinco más, es tan apabullante y unitario en lo que se propone que todos los demás artístas, pintores y escultores, sienten que su comodidad "snob" tiene que ser revisada.

Entre estos últimos se encontraba Villegas, quien por esas fechas se desempeñaba como el marquetero oficial de la Librería Central y en los ratos que le robaba al descanso pintaba incesantemente. Y pintaba de todo. Desde esos sofisticados paisajes sabaneros que un amigo visitador médico le ayudaba a vender por 25 ó 30 pesos, hasta esa tendencia abstracta que caracterizó sus primeros trabajos propiamente conocidos. Villegas, arriba ya de los 30, casado y con hijos, piensa que es hora de hacer un retiro voluntario y profundizar más en la creación de una cosmovisión propia.

Cuando vuelve a hacer su aparición, sus colegas y algunos de los pocos críticos existentes y pontificales de Colombia, descubren un Villegas diferente. Un Villegas que se ha fugado del abstracto es decir, de la escuelilla predominante de la época --para pasar sin aspavientos a una contemplación intimista y mágica de una realidad más cercana al continente.

Sus personajes mitológicos, como láminas arrancadas de cuentos y leyendas quechuas e incaicas, van aflorando con la maestría y la solvencia de alguien que conoce el oficio y sabe para qué es.

LA ORDEN DE SAN CARLOS
Con todo, Villegas sabe que el tema es lo que menos cuenta. Su pintura, como el Macondo de García Márquez, es un "estado de ánimo". El lirismo narrativo que se plasma en sus óleos hace aparentes referencias a las raíces precolombinas y de la conquista, pero en cuanto al arte no interesan para nada. Surgen así como una "cosmovisión de la sangre", como una vuelta estética a la identidad americanista, pero son estas más funciones de la crónica que del arte plástico. Y consciente de este riesgo, Villegas centra su interés en los problemas propios de la pintura como son la composición y la armonía del color.

Una constelación de pintores precedentes van influyendo, sin duda, en su búsqueda, pero reconoce dos influencias inevitables como son Picasso y Klee. En los años sesenta y setenta el nombre de Villegas llega a ser conocido por los colombianos al lado de maestros de su misma generación como Obregón, Botero, Grau, Negret, Ramírez Villamizar y otros. Villegas, el jovencito desconocido de la población peruana semi-indígena de Poma bamba. ha encontrado una identidad y un camino propios que le describen como uno de los más talentosos artistas que hayan residido en el país.

Desde entonces han transcurrido cerca de 20 años y Villegas se ha hecho un punto de referencia cuando se trata de hablar de arte producido en Colombia y América Latina. Con su frente amplia y las hondas arrugas que surcan su rostro como el de uno de sus guerreros de leyenda, el pintor quechua ha acentuado su vocación por una pintura de raíces americanistas, fuertemente ligadas a la literatura y a los rasgos propios del ser de quienes habitan este continente.

En días pasados, mientras inauguraba su última exposición en el salón de Skandia en Bogotá, Villegas fue condecorado con la más alta mención que confiere el gobierno, la Orden de San Carlos en la categoría de Comendador. Fue el tributo y el reconocimiento público a sus treinta años de actividad artística y ante todo a su aporte a las artes plásticas en el país. Cuando SEMANA le preguntó que planes tenía para el futuro, Villegas contestó. "Por ahora seguir pintando en Colombia hasta que se acabe la magía."

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