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| 8/7/1995 12:00:00 AM

EL INGENIOSO HIDALGO

Más que como humanista, catedrático, historiador o lingüista, Ramón de Zubiría le dejó a Colombia su legado como hombre.

QUIZAS NO HAY UNA FRASE QUE haya caracterizado tanto a Ramón de Zubiría como aquella que le repetía de tanto en tanto a su amigo del alma, el ex diplomático cartagenero Lácides Moreno, cada vez que a alguien se le ocurría ubicarlo en las cumbres de la erudición: "Yo no soy oráculo de nada". Por eso, a pesar de haber recorrido durante toda su vida los más diversos caminos de la cultura, de ser catedrático, lingüista, embajador, rector universitario, conferencista, historiador y poeta, a la hora de definirlo cualquiera de estos apelativos siempre le incomodó.
Para quienes lo vieron desarrollarse en el mundo de la intelectualidad, estos títulos sólo habían sido consecuencia de su virtud intrínseca: ser un caballero. Y más que un caballero, un hidalgo cuyo espíritu parecía haber sido cultivado en los mejores escenarios del Siglo de Oro español. La hidalguía de su genio, mezclada con la picardía, el humor y la transparencia de la sangre caribe de su Cartagena natal, no sólo lo hicieron querer a todo el mundo sino ganarse el cariño unánime de América y Europa.

LA DUALIDAD DEL DESTINO
De muchacho quería ser bacteriólogo, pero en el fondo perseguía a los grandes poetas. La curiosidad científica lo había dominado desde pequeño, pero pasaba horas leyendo en la biblioteca sobre literatura. Amaba tanto los microscopios como los libros y no era posible saber quién le atraía más: Luis Pasteur o Sor Juana Inés de la Cruz. En realidad él no sabía muy bien qué quería, pero por fin, a los 17 años y luego de terminar el bachillerato en el colegio La Salle, Ramón de Zubiría optó por la ciencia.
No había salido de la adolescencia cuando un signo trágico marcó su vida. Un accidente en un río le ocasionó la fractura de tres vértebras y la casi total inmovilidad de su cuerpo. Sus dotes de atleta y nadador quedaron truncadas, y con ellas su carrera de bacteriología en la Universidad de Johns Hopkins, Baltimore, adonde había viajado para hacerse profesional. Lo imposible se hizo realidad durante los tres años siguientes. A punta de tratamientos en Estados Unidos y de fisioterapia en Cartagena, y con la ayuda de una compañera que lo habría de acompañar hasta el último día, su esposa Carmen Vélez, De Zubiría logró pararse y caminar con ayuda de un bastón. Pero para entonces ya la pasión por las ciencias había cedido su terreno a las humanidades, y con Eduardo Lemaitre habían fundado el periódico El Fígaro, alrededor del cual se conglomeró la intelectualidad cartagenera de los años 40. En sus páginas afloró la inclinación de De Zubiría por la poesía española y la generación del 27.
El destino trágico hahía sido, de alguna manera y con todos los inconvenientes del caso, un alumbramiento. "La vida de Tito ilustra, mejor que ninguna otra, cómo una parálisis bien llevada puede servir para enriquecer la cultura de un hombre. Mente sana en cuerpo enfermo era la lección que se desprendía de la vida de este hombre que conoció como nadie la poesía española y latinoamericana", escribiría el historiador Germán Arciniégas en su columna de El Tiempo, con motivo de la muerte de su amigo.
Este afán de enriquecimiento espiritual hizo que Ramón de Zubiría regresara a Baltimore para graduarse en filosofía y lenguas romances de la Universidad de Johns Hopkins, con Dámaso Alonso, Jorge Guillén y Pedro Salinas como sus profesores. Sus especializaciones en España y París hicieron de él un hombre culturalmente amplio. Hablaba tan bien el inglés y el francés como el español, y dominaba al mismo tiempo el latín, el griego y el italiano. Dotado de una memoria prodigiosa, recitaba pasajes enteros del Quijote o La Divina Comedia.
La altura intelectual de De Zubiría, respaldada por la humildad de quien no quiere ser erúdito sino aprender para enseñar, le valió su nombramiento como decano y más tarde como rector de la Universidad de los Andes, cargo que ocupó de 1962 a 1967, cuando fue seleccionado por el presidente Carlos Lleras para representar a Colombia como embajador en los Países Bajos. En ambos oficios, Tito se desempeñó con honor y maestría, sin dejar de lado la sensibilidad que lo había convertido en una de las mentes más brillantes de Colombia. "En contraste con muchos humanistas que hacen de su saber un coto cerrado en trance doctoral, comenta Lácides Moreno, Tito Utilizó su sabiduría para ser artista de su propia vida". Esa sabiduría quedó esparcida por sus conferencias, su cátedra, sus libros, su programa El pasado en presente, uno de los acervos más importantes de la televisión nacional. Pero sobre todo quedó esparcida gracias a su calidez humana, a su bondad ilimitada para compartir su espiritualidad.
Tal y como lo expresó la historiadora Pilar Moreno de Angel, con la partida de este hidalgo del siglo XX "Colombia ha perdido a un ser extraordinario, preocupado por rescatarlos valores fundamentales del espíritu y por transmitirle a las nuevas generaciones las reglas de oro del honor, la dignidad y la integridad moral".
Por eso, más que el prototipo del humanista, Ramón de Zubina fue un Hombre. Ese fue el legado para sus discípulos.
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