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| 8/10/1998 12:00:00 AM

EL JUEGO DEL ILUSIONISTA

Cien años han pasado desde el nacimiento de M.C. Escher, el hombre que hizo estallarla realidad en múltiples probabilidades matemáticas.

Los críticos de arte no fueron muy benévolos con Maurits Cornelius Escher. Muchos de sus analistas siempre se preguntaron si en realidad sus grabados podrían considerarse como tal y entre ellos varios argumentaron que sutrabajo era demasiado frío e impersonal como para alcanzar a ubicarlo dentro de las grandes expresiones artísticas. Sus dibujos y estructuras se ceñían más a los criterios del diseño gráfico _un arte que para muchos es a la plástica en general lo que la zarzuela es a la ópera_ , eran en exceso intelectuales y, en todo caso carecían de pasión, un rasgo que él mismo reconoció antes de morir no sin antes aclarar que la pasión no era algo que tuviera que expresar en su trabajo.Y sin embargo pasión era lo que le sobraba. No por otra razón Escher pasó más de la mitad de su vida en el empeño de acceder a realidades matemáticas que él mismo nunca entendió en abstracto pero que dibujadas en el papel adquirieron toda la dimensión que el mundo habría de reconocerle. Imposible de clasificarA 100 años de su nacimiento y más de 25 después de su muerte, la obra de Maurits Cornelius Escher sigue siendo inclasificable. Ajeno a las vanguardias e, inclusive, al conocimiento intensivo de las bellas artes, Escher se caracterizó por ser, sobre todo, un investigador cuyos descubrimientos serían suficientes para deslumbrar a artistas, arquitectos, matemáticos y físicos por igual, al mismo tiempo que a un público cada vez más numeroso que sentía el deseo de dejarse transportar por sus ilusiones gráficas hacia mundos imposibles en la realidad, pero perfectamente aplicables en el plano. Nacido en Holanda en 1898 en la localidad de Leeuwarden, Escher no llamó especialmente la atención durante su infancia por su destreza para la pintura. Fue en general un mal estudiante al que, incluso, le tocó repetir la materia de dibujo en dos ocasiones sin que ni siquiera pudiera obtener la aprobación del curso. Sin embargo su padre alimentó en él la idea de convertirse en arquitecto, para lo cual Escher ingresó a la Escuela de Arquitectura y Artes Decorativas de Haarlem a los 21 años. Aunque a todas luces comenzó a crecer en él una profunda inquietud por las estructuras, cada vez se fue haciendo más evidente que a pesar de amar la arquitectura, su interés esencial se inclinaba hacia las artes decorativas. Samuel Jesserun de Mesquita, profesor de la materia en la facultad, lo incentivó entonces para que continuara por ese camino. La habilidad de Escher para aprender el oficio del grabado en madera sorprendió al propio Mesquita, quien a partir de entonces se transformó en el motor de su trabajo y en su maestro más amado. El problema del espacioTras un largo período por Italia, durante el cual se dedicó a hacer grabados paisajístios sin mayor trascendencia que la de sus estudios estructurales y volumétricos, fue a partir de 1937 que Escher comenzó a madurar sus investigaciones. Sus obsesiones eran básicamente tres: la posibilidad de que dos mundos pudieran compenetrarse; el hecho de poder simular la ilusión de tridimensionalidad en un plano de apenas dos dimensiones y la división regular de la superficie. La primera le brindaría la posibilidad de realizar algunos trabajos que podrían ser netamente surrealistas si no fuera porque sus intensiones no tenían nada que ver con ese movimiento artístico. A pesar de ello, para muchos no deja de sorprender el hecho de que corran paralelos a la obra de un surrealista tan reconocido como René Magritte. Sin embargo, el fuerte de Escher estaría más asociado a la concepción borgiana de la multiplicación de los mundos, esa maravilla provocada gracias a un espejo y que permite que dos realidades confluyan. La segunda obsesión es complementaria y tiene que ver con la ilusión óptica de reproducir figuras tridimensionales en un plano bidimensional. Las investigaciones de Escher en este sentido ocuparían buena parte de su trayectoria artística. El conflicto entre una realidad de tres dimensiones reducida a dos en su representación pictórica le generó más de un problema de perspectiva pero le abrió las puertas a la construcción de sus famosas figuras imposibles, mundos en los cuales la realidad dista mucho de lo que parece y no hacen sino enunciar las relaciones ambiguas entre cóncavo y convexo, arriba y abajo, delante y detrás, lejano y cercano.La división de la superficieLa tercera y última obsesión de Escher fue el problema de la división regular de la superficie, un concepto que él mismo había comenzado a esbozar en sus primeros trabajos al lado de su maestro Mesquita, pero que tuvo su realización definitiva poco tiempo después de su segunda visita al palacio de La Alhambra en Granada, España, en 1936. La edificación le había llamado la atención en un primer viaje por la serie de figuras geométricas que se repetían sucesivamente sobre la superficie sin dejar ningún vacío en el plano. Sin embargo, la idea de Escher era imitar el efecto pero con figuras reconocibles: caballos, peces, aves, hombres. Sus estudios sobre el tema y la solución práctica que plasmó en sus láminas no sólo se convirtieron en su obra más reconocible en el mundo entero sino en objeto de análisis y admiración de parte de connotados matemáticos de su tiempo. Un resultado sorprendente si se tiene en cuenta que Escher nunca entendió lo que era una ecuación.Sus elocuentes metamorfosis, la más famosa de las cuales es quizás Día y noche, así como sus aproximaciones al infinito, sus construcciones poliédricas, sus mundos imposibles y en general todos sus planteamientos alrededor del espacio y la superficie constituyen un valioso documento gráfico que incluso algunos críticos de arte terminaron por reconocerle, así fuera tardíamente."Todo lo que he querido hacer es jugar un juego, apurar hasta las heces ciertos pensamientos visuales, con la sola intención de investigar los medios de representación pictórica. Todo lo que ofrezco en mis láminas son los informes de mis descubrimientos", dijo Escher alguna vez. Y a juzgar por el creciente interés sobre su obra, sus seguidores no sólo aceptaron el juego sino que, 100 años después del nacimiento de su inventor, siguen dejándose llevar por sus ilusiones ópticas.
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